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El llamado del Reino: dos caminos

Mateo 7:13-14
8 Feb 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Mateo 7:13-14

El Evangelio, tristemente, en muchos púlpitos y en boca de muchos cristianos, ha quedado reducido a algo sencillo, a una simple profesión de fe: “confiesa que Cristo es tu Señor y Salvador” y “ya eres parte de la familia de Dios”. Se vive convencido de que, por esa mera profesión, sin cultivar una relación con el Señor, sin mortificar el pecado, sin reflejar el carácter de Cristo, sin haber nacido realmente de nuevo, se podrá hacer parte del Reino de los cielos.

Al llegar al final del Sermón del Monte, nuestro Señor y Rey hace la aplicación de lo que ha venido enseñando. Él no asume que todos los que le escuchan hacen parte del Reino. Sabe que muchos tienen apariencia de piedad, pero por dentro son lobos rapaces. Por eso, luego de todas sus enseñanzas, hace un llamado a la conciencia, que va desde lo externo —el camino que escogemos— hasta lo interno —en quién está puesta mi confianza, el fundamento de la fe—.

Comencemos el recorrido de este pasaje, pidiendo al Señor que nos confronte y ayude a permanecer firmes en su camino, si ya estamos en Él, o a entrar por la puerta angosta si aún no lo hemos hecho.

Mateo 7:13-14 – Dos puertas y dos sendas

“13 »Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. 14 Pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.

Argumento:
Los ciudadanos del Reino son llamados a entrar por la puerta estrecha que lleva a la vida.

El Señor Jesús presenta contrastes claros. Podemos agrupar el mensaje en tres encabezados:

  1. El llamado a la estrechez
  2. El llamado a la vida
  3. El llamado que pocos atienden

1. EL LLAMADO A LA ESTRECHEZ

El Señor dice: “Entren por la puerta estrecha”, y añade: “angosta es la senda”. Aquí hay un imperativo, una orden, un mandato. No es una opción entre varias.

Debemos entrar porque nacemos fuera. Nadie es cristiano de nacimiento. En Romanos se nos recuerda que en Cristo somos adoptados, y en Juan que Cristo es el unigénito del Padre, el único Hijo natural de Dios; todos los demás lo somos por adopción. Por eso, no debemos engañarnos pensando que, por haber nacido en la iglesia, asistir a los cultos, bautizarnos o hacernos miembros, ya hemos pasado por la puerta estrecha. Esto pensaban los religiosos de la época, que por ser hijos de Abraham según la carne ya tenían la fe de Abraham, pero la Escritura enseña que son hijos de Abraham los que comparten su fe, la fe que reconoce que solo hay una forma de llegar al Padre: nuestro Señor Jesucristo.

Cristo se presenta como el buen pastor y como la puerta del redil:

Juan 10:1-5, 7: “En verdad les digo, que el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador. 2 Pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. 3 A este le abre el portero, y las ovejas oyen su voz; llama a sus ovejas por nombre y las conduce afuera. 4 Cuando saca todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. 5 Pero a un desconocido no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. (…) 7 Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad les digo: Yo soy la puerta de las ovejas»”.

La puerta es estrecha y la senda angosta porque todo el Sermón del Monte muestra la radicalidad del carácter del Reino:

  • Es estrecha porque quienes tienen el carácter de Cristo mostrado en las bienaventuranzas son perseguidos.
  • Es difícil ser sal en una cultura libertina, luz en medio de tinieblas; es más fácil pasar desapercibidos.
  • Es estrecha porque la justicia de Cristo no es superficial; nace del corazón.
  • No basta con evitar el asesinato físico; el odio al hermano ya nos hace culpables.
  • No basta con evitar el adulterio externo; la mirada y el deseo ilícito ya son adulterio.
  • Dios honra el pacto matrimonial; tomarlo a la ligera es deshonroso.
  • Es estrecha porque exige que nuestro “sí” sea sí y nuestro “no” sea no, sin necesidad de juramentos.
  • Es estrecha porque nos llama a renunciar a la venganza y responder con amor, mostrando que somos hijos del Padre que amó a sus enemigos.
  • Es estrecha porque prohíbe practicar la religiosidad para ser vistos por los hombres; recompensa al que busca la aprobación del Padre.
  • Nos lleva a orar buscando primero la gloria de Dios, confiando en un Padre que suple nuestras necesidades y nos llama a perdonar como hemos sido perdonados.
  • Nos enseña a atesorar en el cielo y no en la tierra, a buscar primero el Reino de Dios y su justicia.
  • Es estrecha porque exige juzgar rectamente, conscientes de nuestro propio pecado, cuidando nuestra santidad y la de nuestros hermanos.
  • Nos recuerda que Dios juzgará incluso nuestras palabras.
  • Nos llama a pedir, buscar y llamar, reconociendo el carácter bueno y santo de Dios.

Cristo no mintió al decir que su yugo es fácil y ligera su carga (Mateo 11:28-30), porque la justicia propia es imposible de llevar; no podemos cumplir perfectamente la ley. Pero su yugo es fácil porque consiste en depender de Él, descansar en su justicia y vivir en arrepentimiento. No podemos vivir sin pecado, pero sí podemos confesarlo y clamar por misericordia, guiados por el Espíritu Santo que nos lleva a confiar en la obra de Cristo en la cruz.

Cristo habla principalmente a religiosos, a gente que lo escuchaba, que lo seguía externamente, pero que no por ello eran ciudadanos del Reino. Hay dos puertas. Para el camino angosto es necesario pasar por la puerta estrecha. Para el camino ancho, en cambio, se puede entrar por la puerta ancha de la religiosidad o simplemente permanecer allí donde nacimos, lejos de Dios.

Quien pasa por la puerta ancha puede cambiar algunas conductas, adoptar un sistema religioso, pero no cambiar el corazón. El corazón solo lo cambia la Palabra, el Verbo, Cristo. Solo Él nos despoja de la carga de nuestra propia justicia para permitirnos pasar por la puerta estrecha. En la senda ancha todo parece valer: creer o no creer, pecar o no pecar, confiar en las propias fuerzas.

La puerta estrecha es exclusiva; no admite ídolos ni una vida de pecado sin lucha legítima con el pecado. No enseña “soy salvo, siempre salvo, así que vivo como quiero”, sino que quien es salvo es también santificado. Si el pecado no duele, no hay vida espiritual.

Hay dos puertas: la ancha, que conduce al camino ancho, donde se puede vivir engañado con apariencia de vida espiritual, y la estrecha, que exige una decisión personal. No se entra con la familia, ni por ser hijo de creyentes, ni por tener amigos cristianos; se entra porque Dios llega a ser nuestro Padre por medio de Cristo.

Vivir como ciudadanos del Reino, por causa de nuestro pecado, es humanamente imposible. Naturalmente, no podemos entrar por la puerta estrecha, pero lo que es imposible para el hombre es posible para Dios. Por eso el llamado es: “Entren por la puerta estrecha”.

2. EL LLAMADO A LA VIDA

Al inicio del sermón vemos un paralelo entre Jesús y Moisés: ambos hablan desde un monte y presentan la voluntad de Dios. Sin embargo, Moisés es un siervo; Cristo es Dios encarnado. Ahora, al aplicar sus enseñanzas, Cristo se presenta como quien coloca dos caminos delante del pueblo, igual que Moisés, pero con autoridad superior.

Deuteronomio 30:15: “Mira, yo he puesto hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal”.

Jeremías 21:8: “Así dice el Señor: ‘Ahora pongo delante de ustedes el camino de la vida y el camino de la muerte”.

Cristo, el Rey del Reino, declara: “Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición… pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida.”

La puerta es estrecha porque requiere renuncia:

Mateo 16:24-25: “Entonces Jesús dijo a Sus discípulos: «Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará»”.

Entrar por la puerta estrecha implica morir a uno mismo para que Cristo viva en nosotros, despojarnos de todo peso y del pecado que nos asedia.

Hebreos 12:1-2a: “Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”.

Pasar por la puerta estrecha no nos conduce a un camino amplio, sino a un camino de santidad. No es fácil, porque somos pecadores. Cada día debemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle. El mundo no ayuda; se opone, nos presiona a transigir, a conformarnos a sus valores.

El camino angosto puede parecer duro, pero es el único que lleva a la vida. El camino ancho, en cambio, es cómodo, parece derecho, pero su fin es muerte.

Proverbios 14:12: “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero al final es camino de muerte”.

El camino de la vida es un camino de santidad:

Isaías 35:8: “Allí habrá una calzada, un camino, y será llamado Camino de Santidad. El inmundo no viajará por él, sino que será para el que ande en ese camino. Los necios no vagarán por él”.

Este camino ancho es un espejismo que nos engaña para hacernos caer por el precipicio. Por el otro lado, el angosto es un camino seguro para el alma, tal vez no para el cuerpo caído. Ese camino estrecho, duro, difícil, vale la pena porque nos lleva a la vida eterna.

Este camino estrecho vale la pena porque conduce a la vida eterna. Las aflicciones del presente no se comparan con la gloria venidera:

2 Corintios 4:16-18: “Por tanto, no desfallecemos; antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día. Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”.

Hay dos puertas, dos caminos y dos destinos. Al camino que lleva a la vida solo se accede por una única puerta: Cristo.

Juan 10:7-10: “Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad les digo: Yo soy la puerta de las ovejas. (…) Yo soy la puerta; si alguno entra por Mí, será salvo; y entrará y saldrá y hallará pasto. El ladrón solo viene para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia»”.

La Escritura no habla de una tercera opción ni de un purgatorio.

Hebreos 9:27: “Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio”.

El veredicto es uno de dos: eternidad con Cristo o eternidad separados de Él. Muchos se encaminan a la perdición, engañados y pensando que su propia justicia basta y que Dios hará un “balance” entre lo bueno y lo malo. Pero así como esperamos que un juez humano no absuelva al culpable por algunas obras buenas, mucho menos el Juez justo pasará por alto el pecado sin la justicia de Cristo.

Es necesario que nuestra justicia sea superior a la de los escribas y fariseos. Esa justicia es la de Cristo, atribuida a los que creen en Él. El verdadero ciudadano del Reino se reconoce pobre en espíritu, dispuesto a ser sal y luz, deseoso de glorificar a Dios desde el corazón.

3. EL LLAMADO QUE POCOS ATIENDEN

“Ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.

Cristo contrasta dos poblaciones: los muchos y los pocos. Muchos andan cómodamente por la senda ancha, conscientes o no del destino trágico que les espera. Pocos andan por la senda angosta, y aunque les cueste, saben que al final hay recompensa.

Pocos hallan la senda angosta porque no la buscan. El hombre natural no busca a Dios. Pero cuando Dios llama, hace que le deseemos, que le busquemos, que clamemos por Él. Él promete responder, dejarse hallar, abrir la puerta a quienes llaman con fe. La puerta es angosta, pero real; no es invisible ni inexistente.

Aunque la Escritura dice que son pocos los que la hallan, también dice que la multitud redimida será incontable:

Apocalipsis 5:11-12: “Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres vivientes y de los ancianos. El número de ellos era miríadas de miríadas y millares de millares, que decían a gran voz: «El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza»”.

Conclusión

El camino en el que andamos se parece a la puerta por la que entramos. Si alguien se pregunta por qué puerta ha entrado, puede mirar su andar. El camino que tomamos se parece a la puerta por donde ingresamos. Si se ha escogido la puerta estrecha, si se ha escogido a Cristo, la vida debe reflejar cada vez más su carácter. De lo contrario, se corre el riesgo de ir camino al infierno pensando que se va hacia el cielo.

A la luz de Mateo 7 y de la realidad del juicio final, nadie puede presentarse delante de Dios con su propia justicia, con sus obras o con su lista de actividades religiosas.

El Señor advierte:

Mateo 7:21-23: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?’. Entonces les declararé: ‘Jamás los conocí; apártense de Mí, los que practican la iniquidad”.

La pregunta decisiva es si reconocemos nuestro pecado, nuestra merecida condenación, y si hemos confiado en que Cristo pagó lo que era imposible para nosotros, de modo que solo en Él somos aceptados por el Padre. Quien así lo ha hecho ha hallado la puerta estrecha y camina por el camino angosto.

Entrar por la puerta estrecha y seguir la senda angosta no es bautizarse, ni hacerse miembro, ni ofrendar, ni congregarse, ni servir en un ministerio. Lo que permite hallar la puerta, atravesarla y seguir hasta la meta —la gloria con Cristo— es Cristo mismo. Él es la puerta, el camino y el destino. Él derramó su sangre justa por nosotros, los injustos.

Como creyentes, atravesar la puerta estrecha y vivir por el camino angosto es lo que Cristo modeló al encarnarse y al morir en la cruz. Confiar en Él nos habilita, por la fe, para seguirle. Cristo murió y resucitó para que, muriendo a nosotros mismos, vivamos para Él y con Él por la eternidad.

Amigo, visitante, oyente. La puerta estrecha es Cristo. El Señor en su misericordia no nos dejó en oscuridad. No nos dejó sin salida, nos mostró la puerta. Así como en los tiempos de Noé, de toda la humanidad se salvó una sola familia, entrando por la única puerta que tenía el arca, hoy el Señor sigue llamando a los de su familia y su familia entra por la única puerta que lleva al Padre, Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador. Te suplico que entres por la puerta estrecha; Cristo no dijo “mira la puerta”, dijo “entra”, no dijo “observa el camino angosto”, no es “mira a otros hacerlo”, es “camina por la senda angosta que te lleva a la vida eterna”. Tienes que tomar una decisión.

Cristo es de aquel de quien Moisés habló en Deuteronomio 30:11-14 y por eso, nos invita a esforzarnos para entrar, como dice en Lucas 13:24-38.

Delante de esa puerta estrecha hay una señal inconfundible: la cruz de Jesús. El camino hacia el destino majestuoso está marcado por la sangre del Cordero.

Si buscamos su Reino y su justicia, si llamamos, Él abrirá la puerta y nos acompañará por toda la senda angosta hasta llevarnos al destino glorioso: la vida eterna. Al llegar delante de Dios, si nos presentamos justificados, nunca podremos decir que fuimos nosotros; fue Cristo. El Evangelio nos permite reconocernos como pecadores, depender de Cristo para ser salvos, vivir cada día en arrepentimiento, extender misericordia a otros y caminar en santidad, conscientes de que no podemos descuidar una salvación tan grande.

Entrar por la puerta estrecha, seguir la senda angosta, andar con los pocos hacia la patria celestial fue el propósito de la ley y los profetas. Esforcémonos por entrar por la puerta estrecha y seguir la senda angosta que lleva a la vida, pero conscientes de que, si lo hacemos, es porque Cristo, nuestro Camino, nos guio. Así aprendimos que los ciudadanos del Reino son llamados a entrar por la puerta estrecha que lleva a la vida.