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Libres de la ley, unidos a Cristo

Romanos 7:1-6
12 Jul 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 7:1-6

Estamos todavía dentro del mismo hilo que Pablo viene tejiendo. A lo largo de este bloque nos ha estado mostrando los efectos de nuestra justificación, y sobre todo una esperanza segura para la eternidad. La garantía de esa esperanza, lo vimos, es que Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores; y si hizo eso por sus enemigos, mucho más nos asegurará el bien de la vida eterna por ese mismo amor.

Pero esa esperanza se topa con un obstáculo grande, y es nuestra lucha contra el pecado. Una lucha que no viene de la nada. Está enmarcada en tres realidades: una condición caída que heredamos de Adán, una esclavitud natural al pecado, y en algunos casos también una esclavitud al imperio de la ley. Y lo que Pablo ha venido haciendo en todo este bloque es mostrarnos que el estar unidos a Cristo, el ser justificados y perdonados, nos libera de todas ellas. Nos libera de la condenación en Adán, como vimos hace unos capítulos. Nos libera de la esclavitud del pecado, como vimos el sermón pasado. Y ahora nos va a mostrar que también nos libera de la esclavitud de la ley.

Hay que admitir de entrada que este no es un tema fácil de abordar. El papel de la ley en la vida del cristiano ha sido objeto de debate durante siglos, en buena parte por el desafío que representa entender a qué se refiere exactamente la Biblia cuando dice “ley”. Así que vamos a ir con cuidado.

Lo que veremos hoy es que hemos sido librados de la ley por causa de la muerte de Cristo, y que eso significa que ahora podemos vivir para un “nuevo esposo” y cumplir, por tanto, una nueva ley. Ese es el argumento:

En Cristo somos libres del yugo de la ley para servir a la ley de Cristo.

Y todo esto parte de una afirmación que Pablo ya había hecho en el capítulo 6 pero que hasta ahora no había desarrollado, una idea que dejó flotando y que ahora retoma, y es que si estamos en Cristo, ya no estamos bajo la ley sino bajo la gracia. A partir de este capítulo 7, lo que hace el apóstol es describir cuál es la relación del creyente con la ley.

Lo vamos a ver en dos partes. Primero, la realidad de haber sido libertados de la ley. Y segundo, las implicaciones de esa libertad.


1. La realidad de haber sido libertados de la ley (vv. 1-4)

¿Acaso ignoran, hermanos, (pues hablo a los que conocen la ley), que la ley tiene jurisdicción sobre una persona mientras vive? Pues la mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive; pero si su marido muere, queda libre de la ley en cuanto al marido. Así que, mientras vive su marido, será llamada adúltera si ella se une a otro hombre; pero si su marido muere, está libre de la ley, de modo que no es adúltera aunque se una a otro hombre. Por tanto, hermanos míos, también a ustedes se les hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que sean unidos a otro, a Aquel que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.

Pablo abre con una pregunta que da por respondida. “¿Acaso ignoran, hermanos, que la ley tiene jurisdicción sobre una persona mientras vive?” Es un principio que ellos ya conocían, sobre todo porque, como él mismo aclara, les habla a quienes conocen la ley. La idea es sencilla. La ley manda sobre alguien mientras esa persona está viva. Cuando muere, la ley ya no tiene nada que reclamarle. Un muerto quedó fuera de su jurisdicción.

Antes de seguir, tenemos que aclarar a qué se refiere Pablo con esa palabra, “ley”, porque de eso depende que entendamos todo el pasaje. Su audiencia era mayormente de trasfondo judío, y su referencia directa es la ley de Moisés. Pero el principio va más allá de eso. Aplica a cualquier sistema de reglas y obras que pongamos como requisito para ganarnos el favor de Dios, cualquier código que nos diga “cumple esto y serás aceptado”, y que, si fallamos, nos condene. Guardemos esta idea, porque más adelante la vamos reutilizar.

Para ilustrar el principio, Pablo usa el ejemplo del matrimonio. Una mujer casada está ligada por ley a su marido mientras él vive. Si se une a otro hombre mientras su marido vive, es adúltera. Pero si el marido muere, ella queda libre de esa ley y puede casarse con otro sin culpa. La muerte disolvió el vínculo.

Aquí hay que ir con cuidado, porque es fácil malentender esta ilustración. Pablo no está dando una enseñanza sobre el matrimonio, ni está armando una alegoría en la que cada pieza tenga un significado escondido que debamos descifrar. No perdamos el tiempo buscando a quién representa el marido, a quién la mujer, a quién el segundo esposo.

La idea es una sola y es simple, y es que así como la muerte libera a una mujer casada de su obligación con el marido y la deja libre para volver a casarse, así también nosotros, al estar unidos con Cristo en su muerte, quedamos liberados del imperio de la ley y libres para unirnos a otro.

Y noten un detalle, porque si no, la ilustración se hace confusa. En el ejemplo, el que muere es el marido. Pero en la aplicación, el que muere no es la ley, somos nosotros. El versículo 4 lo dice sin rodeos: “también a ustedes se les hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo”. No fue que la ley se murió y por eso quedamos libres. Fuimos nosotros los que morimos a la ley, y morimos en la muerte de Cristo, en su cuerpo crucificado.

Es lo mismo que vimos con el pecado en el capítulo 6, porque morir a algo significa quedar liberado de su dominio. Morimos a la ley, y su jurisdicción sobre nosotros terminó.

¿Y para qué? El versículo 4 señala dos propósitos.

Primero, para que seamos unidos a otro, a Aquel que resucitó de entre los muertos, es decir, a Cristo. Quedamos libres del primer vínculo para poder pertenecer a un nuevo esposo.

Y segundo, a fin de que llevemos fruto para Dios. No quedamos libres para andar sueltos, sino para dar un fruto que antes no podíamos dar.

Los rabinos tenían un dicho, que los muertos quedan libres de la Torá y de sus mandamientos (pero ellos no contemplaban que alguien volviera a vivir). Pablo toma esa idea y la lleva a Cristo. En su muerte, morimos a la ley; y en su resurrección, quedamos unidos a él.

Hermanos, es posible que alguien esté viendo esto todavía muy aéreo.

Tal vez pienses que todo esto no tiene mucho que ver contigo, que tú no eres judío y que por lo tanto no cargas con ninguna obligación de la ley. Pero pensémoslo un momento. La mayoría de las personas que se declaran creyentes en Dios saben que hay cosas que él prohíbe, como no matar, no robar, no codiciar, no mentir. Y algunos van más lejos, y se muestran a sí mismos como justos en la medida en que cumplen algunos de esos mandamientos. “Yo no mato, yo no robo”, como si con eso bastara.

Pero la verdad es que nuestra relación con Dios nunca estuvo pensada para reducirse al cumplimiento de un código de reglas. Dios busca una obediencia que nazca del Espíritu, de un corazón regenerado, una forma de vida entera que le agrade.

Y hay algo más. Si de verdad pretendes justificarte por esa ley, entonces tienes que cumplirla toda, sin fallar en nada, porque su propia palabra dice que el que falla en un solo punto ya se hace culpable de toda ella. Y eso incluye el mandamiento más grande de todos, amar a Dios sobre todas las cosas y con todo el corazón. ¿Quién ha cumplido eso? Nadie. Por ese camino no se salva nadie.

Y hay otro grupo, quizás con un poco más de entendimiento, gente que hasta puede ser verdaderamente creyente, pero cuya relación con Dios se sostiene sobre un montón de reglas que los hacen sentir más santos. Y muchas veces son reglas que ni siquiera están en la Biblia. Reglas sobre qué comer, cómo vestir, a qué lugares no ir, qué cosas hacer y cuáles no.

Arman una lista blanca de lo permitido y una lista negra de lo prohibido, y meten toda su relación con Dios dentro de esas dos listas. Pero eso no es libertad, hermanos. Eso es volver a levantar la misma jaula de la que Cristo nos sacó. El evangelio no se reduce a una lista de permisos y prohibiciones, y la vida cristiana es muchísimo más grande que eso.

Nuestra obediencia a Dios no puede estar determinada por la cantidad de leyes que logramos cumplir, sino por un impulso genuino de agradarle. Y esa diferencia es enorme.

Cuando vivimos solamente al amparo de la ley, contando cuántas casillas marcamos, terminamos olvidando para quién vivimos, y todo se convierte en una carga pesada. Por eso vemos a tantos creyentes haciendo cosas de creyentes, cumpliendo por fuera, y aun así sin una gota de gozo. Hacen lo correcto, pero lo cargan como un peso y no como un privilegio (El hijo mayor de la parábola del Hijo Pródigo). Y es que la obediencia que Dios busca no nace del miedo a una lista, nace del amor a una persona.

Ahora bien, que seamos libres de la ley no significa que ya no tengamos ninguna obligación, que podamos vivir como se nos antoje. No es eso. Lo que ocurrió es que fuimos trasladados a una nueva ley, la ley de Cristo.

Una ley que, como veremos, no anula la de Moisés sino que la recoge de otra manera, y que sobre todo ya no tiene el poder de condenarnos, porque ahora estamos en Cristo. Y de ese nuevo vínculo es de lo que trata la segunda parte.

2. Las implicaciones de haber sido libertados de la ley (vv. 4-6)

Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte. Pero ahora hemos quedado libres de la ley, habiendo muerto a lo que nos ataba, de modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra.

Ya vimos la realidad, que fuimos hechos morir a la ley y unidos a Cristo. Ahora Pablo nos muestra qué implica esa nueva relación, y lo hace en tres pinceladas.

La primera es el propósito de todo esto, y ya apareció al final del versículo 4. Fuimos unidos a Cristo “a fin de que llevemos fruto para Dios”. Detengámonos ahí, porque cambia por completo el tono de la obediencia cristiana.

No fuimos trasladados a la ley de Cristo para volver a lo mismo, a cumplir por miedo un montón de requisitos y así librarnos de la condena. Fuimos unidos a él para dar fruto. La diferencia entre una cosa y otra es la diferencia entre un empleado que trabaja con el reloj en la mano por temor a que lo despidan, y un hijo que sirve en la casa de su padre porque la ama y quiere verla florecer. El primero cumple; el segundo da fruto. Y a nosotros se nos llamó a lo segundo.

La segunda pincelada responde a una pregunta que quizás quedó rondando. Si la ley nos condenaba, si nos ataba, ¿entonces la ley era mala? Y la respuesta de Pablo, que desarrollará en detalle en los versículos que siguen, es que no, de ningún modo. El versículo 5 nos da la clave. “Mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la ley actuaban en los miembros de nuestro cuerpo llevando fruto para muerte.” Noten dónde está el problema. No está en la ley, está en nosotros, en lo que Pablo llama “la carne”, nuestra naturaleza caída. La ley es buena, Dios la dio. Pero cuando esa ley santa se topa con un corazón rebelde, produce un efecto extraño. En lugar de frenar el pecado, lo despierta. Es algo que todos conocemos por experiencia. Basta que nos digan “no toques” para que sintamos unas ganas enormes de tocar. La prohibición no crea el deseo torcido, pero lo saca a la luz, lo provoca. Y así, para el que está en la carne, la ley terminaba siendo un muro contra el que nos estrellábamos, y ese choque nos dejaba en muerte y condenación. El problema nunca fue el mandamiento. Fuimos nosotros.

Y la tercera pincelada es la mejor, porque describe el régimen nuevo en el que ahora vivimos. El versículo 6 dice que quedamos libres de la ley “de modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra”.

Escuchen ese contraste. Antes servíamos en “la letra”, una ley escrita afuera, en tablas de piedra, que nos decía qué hacer pero no nos daba ninguna fuerza para hacerlo, y que encima nos condenaba cuando fallábamos. Ahora servimos “en la novedad del Espíritu”.

Lo que nos mueve ya no es el temor a la condena, ni la obediencia de mala gana a una ley que en el fondo odiamos. Es el Espíritu Santo obrando dentro de nosotros, dándonos el querer y el poder, como vimos el sermón pasado.

Dios no se limitó a librarnos de Adán, del pecado y de la ley. Nos puso en una condición nueva y nos dio una capacidad nueva. La ley señalaba desde afuera; el Espíritu transforma desde adentro. La piedra no puede cambiar un corazón. El Espíritu sí.

Este es el corazón de la libertad cristiana. No es que ya no obedezcamos, es que obedecemos de otra manera y desde otro lugar. Antes, obedecer era cargar un peso; ahora es dar fruto. Lo que antes hacíamos por miedo, ahora lo hacemos por amor a Aquel a quien pertenecemos. Dejó de ser un “tengo que” y se volvió un “quiero”.

Y si eres cristiano y sientes que tu vida con Dios sigue siendo pura obligación pesada, pura lista, puro reloj en la mano, quizás necesites volver aquí, a recordar que ya no estás casado con la ley, estás unido a Cristo. Pídele a su Espíritu que reavive en ti ese impulso de agradarle, porque para eso te hizo libre.

Muchas veces pensamos que si se nos quita la lista de cosas que debemos hacer para obedecer con rigor nos vamos a quedar en el aire a merced de nosotros mismos y nos da miedo fallar, ese es un miedo válido. Pero piensa que morir a la ley no es saltar al vacío, es caer en los brazos de una nueva, la de Cristo, impulsada por el Espíritu Santo y su obra permanente en nosotros.

Hermanos, juntemos todo. Estábamos atados a una ley que nos exigía todo y no nos daba fuerzas para nada, una ley que, cada vez que fallábamos, nos condenaba. Vivíamos casados con ese régimen, y era un matrimonio sin gozo, puro deber y puro temor. Pero Cristo murió, y en su muerte nosotros morimos a esa ley. El vínculo quedó disuelto. Y quedamos libres, no para andar sueltos y sin dueño, sino para unirnos a un nuevo esposo, a Cristo mismo, el que resucitó de entre los muertos. Ahora le pertenecemos a él, y de esa unión brota una vida nueva que da fruto para Dios, movida no por la letra que mata sino por el Espíritu que da vida.

Ese es el argumento de todo el pasaje. En Cristo somos libres del yugo de la ley para servir a la ley de Cristo.

Y quiero terminar hablándole a dos clases de personas. Si eres creyente, pero te has dado cuenta hoy de que has estado viviendo como bajo la vieja ley, arrastrando reglas, midiendo tu valor por lo que cumples, obedeciendo con el reloj en la mano y sin una gota de gozo, escucha bien esto. Cristo no te salvó para eso. Tú ya no estás casado con la ley. No vuelvas a esa jaula. Vuelve a tu verdadero esposo, descansa en él, y deja que su Espíritu convierta tu obligación en amor y tu carga en fruto.

Y si todavía no estás en Cristo, quizás llevas años intentando estar bien con Dios a fuerza de esfuerzo, cumpliendo lo que puedes, cargando una lista que nunca alcanzas a completar. Déjame decirte que por ese camino no hay libertad, solo una condena que se va acumulando. Pero hay una salida. La misma muerte de Cristo que nos libró a nosotros puede librarte a ti. Ven a él, muere a esa ley que te aplasta, y únete al único que puede darte una vida nueva. Deja de trabajar para que Dios te acepte, y ven a Aquel que ya te recibe en Cristo.