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Libres del pecado, esclavos de la justicia

Romanos 6:15-23
5 Jul 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 6:15-23

La semana pasada estuvimos abordando la majestuosa exposición de Pablo sobre cuál es nuestra verdadera aposición delante de Dios y como el resultado de nuestra unión con Cristo es que hemos muerto al pecado y que no podemos vivir en él. Que si, que el pecado es una realidad que debemos enfrentar de este lado de la eternidad, que es u gran rio a cruzar, pero que no es lo que determina nuestra condición o posición delante de Dios. NO estamos muerto en Adán, estamos vivos en Dios y por lo tanto, no podemos vivir en el pecado, sino en la vida de Cristo.

Hay una pregunta que quiero dejar sobre la mesa desde el principio, porque de ella depende todo lo que sigue. Alguien podría salir con esta conclusión: “Muy bien, ya entendí. Morí con Cristo, ya no hay condenación para mí, así que ahora lo único que me queda es vivir para Dios.” Y eso es verdad. Pero se queda a mitad de camino, porque hay un asunto más en el fondo y es ¿Cuál es mi relación con el pecado ahora?
Y son dos cosas distintas. Una es mi posición delante de Dios, y la respuesta ahí es que estoy vivo, declarado justo, sin condenación. La otra es mi relación con el pecado, y la respuesta ahí es que estoy libre, que ya no soy su esclavo. La vez pasada Pablo respondió sobre todo la primera. Hoy responde la segunda.
Aquí alguien podría pensar que Pablo se está repitiendo. Otra vez la pregunta sobre si vamos a pecar, otra vez el “de ningún modo”, otra vez la gracia y la ley de por medio. Pero no se está repitiendo, y hay un detalle en las mismas preguntas que lo confirma.
Al comienzo del capítulo, en el versículo 1, Pablo preguntó si “perseveraremos” en el pecado. Esa palabra apunta a algo continuo, a permanecer, al que vive instalado en el pecado como forma de vida.
Aquí, en el versículo 15, la pregunta es si “pecaremos”, y esa palabra apunta más bien al acto concreto, al pecado ocasional. No son la misma pregunta. La primera es “¿voy a seguir viviendo en el pecado?”. La segunda es “¿puedo darme el lujo de pecar de vez en cuando, ahora que estoy bajo la gracia y no bajo la ley?”. Y a las dos Pablo responde que no.
Son, entonces, verdades de distinto alcance. En el pasaje anterior la imagen fue la muerte, morimos al pecado. Aquí la imagen es la esclavitud, fuimos sacados de un amo y puestos bajo otro. Lo primero habla de mi estado; lo segundo, de a quién pertenezco. Y todo creyente necesita considerar las dos, porque es muy fácil quedarse solo con la primera.
Lo que quiero que veamos hoy es que el creyente no solo ha recibido la vida, también ha recibido la libertad.
Haber muerto al pecado significa que ya no somos sus esclavos. Vivir para Dios significa que ahora abandonamos el pecado y escogemos practicar la justicia.
Y no se trata solo de que en teoría sea posible vivir para Dios. Es que de verdad es posible practicar la justicia, dejar el pecado, obedecer. No podemos quedarnos únicamente con la idea posicional de que el Señor nos libró y detenernos ahí. Porque si nos libró, fue para hacernos suyos. Él es ahora nuestro amo, a él pertenecemos, y el pecado no tiene por qué seguir gobernándonos.

Ese es el argumento de hoy:

Somos libres de la esclavitud del pecado y ahora podemos vivir para la justicia que da vida eterna.

Y lo vamos a ver en tres pasos, siguiendo a Pablo. Primero, que pasamos de un amo a otro, en los versículos 15 al 18. Segundo, que ahora vamos del pecado a la justicia, en el versículo 19. Y tercero, que ese camino va de la muerte a la vida, en los versículos 20 al 23.

1. De un amo a otro (vv. 15-18)

¿Entonces qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo! ¿No saben ustedes que cuando se presentan como esclavos a alguien para obedecerle, son esclavos de aquel a quien obedecen, ya sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque ustedes eran esclavos del pecado, se hicieron obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fueron entregados, y habiendo sido libertados del pecado, ustedes se han hecho siervos de la justicia.

Pablo lanza su pregunta y la responde en el acto. “¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo!” Y enseguida da la razón, con una verdad tan sencilla que parece un dicho de sentido común. Si te sometes a alguien para obedecerle, eres esclavo de aquel a quien obedeces. Eso lo sabe cualquiera. Pero en esa frase tan simple hay algo que derrumba una idea muy metida en nosotros.

Nosotros tendemos a pensar que somos neutrales. Que estamos en un punto medio, libres, y que desde ahí elegimos cuándo servir al pecado y cuándo servir a Dios, como quien escoge de un menú. Pablo dice que eso no existe. No hay terreno neutral. Solo hay dos amos, y todo ser humano le está sirviendo a uno de los dos. O eres esclavo del pecado, y ese camino termina en muerte, o eres esclavo de la obediencia, y ese camino lleva a la justicia. No hay una tercera casilla. Nadie está sin amo.

Pero hay una buena noticia, la que hace que Pablo interrumpa el argumento para dar gracias. “Pero gracias a Dios, que aunque ustedes eran esclavos del pecado, se hicieron obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fueron entregados, y habiendo sido libertados del pecado, ustedes se han hecho siervos de la justicia.”

Noten el tiempo de los verbos, todo está en pasado. Eran esclavos, obedecieron, fueron libertados, se hicieron siervos. La transferencia ya ocurrió. No es algo que estemos tratando de lograr, es algo que Dios ya hizo. Nos sacó de las manos de un amo y nos puso bajo otro. Antes pertenecíamos al pecado; ahora pertenecemos a la justicia.

Y noten que ese cambio no fue una decisión que tomamos desde la neutralidad, fue una liberación que recibimos. Pablo dice que “fuimos entregados” a esa enseñanza, en pasiva. Fue Dios quien nos entregó, quien nos trasladó de dueño.

Esto es interesante porque presenta una capacidad para obedecer que no estaba ahí. No como quien obedecía la ley, sino como alguien a quien ahora se le da una capacidad que no tenía. Hemos sido entregados a un nuevo amo a partir de un nuevo entendimiento y una nueva capacidad para obedecer la enseñanza de Dios.

Hermanos, déjenme aterrizar esto en dos cosas.

La primera tiene que ver con el mundo que nos rodea. El mundo presume de su libertad. Dice que cada quien es amo de su propio camino y dueño de su propio destino. Pero no se da cuenta de algo, y es que en realidad es esclavo del pecado, que no tiene control sobre su propio pecado por más que lo intente. Y noten qué astuto es este amo. Supongamos que alguien logra, a pura fuerza de voluntad, abstenerse de un pecado, dominarlo, dejarlo. En el momento en que lo muestra como un logro suyo, como un mérito del que enorgullecerse, ya fue dominado por otro pecado, el orgullo. Porque así es el pecado, un amo astuto que muta, que cambia de cara, pero que no nos deja fuera de su influencia. El que se cree libre del pecado por sus propias fuerzas, solo ha cambiado un pecado visible por uno más escondido. La libertad de la que presume el mundo es la peor de las esclavitudes, la del que ni siquiera sabe que está encadenado.

El pecado tiene esclaviza, tiene la facultad de ser progresivamente cautivador y por eso debe ser resistido.

Y la segunda es el otro lado de la moneda. Si nadie se libera a sí mismo, entonces solo la gracia de Dios nos puede libertar. Pablo lo dice con ese “gracias a Dios” del versículo 17, y en otra carta lo explica todavía más. En Efesios 2 nos recuerda lo que éramos, esclavos de nuestros delitos y pecados, por naturaleza hijos de ira, exactamente igual que todos los demás. No había en nosotros nada que nos distinguiera ni nos hiciera merecedores. Pero entonces aparecen dos palabras que le dan un giro completo a la historia. Dos palabras: “pero Dios”. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó”, nos dio vida y libertad por medio de Cristo. No nos soltamos nosotros de la cadena. Vino Alguien que pagó por ella y nos hizo suyos.

2. Del pecado a la justicia (v. 19)

Hablo en términos humanos, por causa de la debilidad de su carne. Porque de la manera que ustedes presentaron sus miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad, para iniquidad, así ahora presenten sus miembros como esclavos a la justicia, para santificación.

Llegamos al corazón del párrafo. Después de establecer que cambiamos de amo, Pablo por fin da la orden que se desprende de todo eso. Y empieza con una especie de disculpa: “Hablo en términos humanos, por causa de la debilidad de su carne.” Es como si dijera que la imagen de la esclavitud se queda corta, que ninguna analogía humana alcanza a describir del todo lo que Dios hizo, pero que la usa porque es la que mejor podemos entender.

Hecha la aclaración, el texto dice: así como antes presentaban sus miembros para servir a la impureza, ahora presenten sus miembros para servir a la justicia.

Hay algo en la forma de este mandato que quiero que veamos, porque cambia la manera de pelear. Pablo no dice solamente “dejen de presentar sus miembros al pecado”. Dice “preséntenlos ahora a la justicia”. No es solo un “no” a lo viejo, es un “sí” a lo nuevo. Y esa diferencia es enorme para la vida práctica.

La mejor manera de mantenernos libres del pecado no es quedarnos todo el día resistiendo, apretando los dientes contra la tentación, sino ocuparnos activamente en practicar el bien que se le opone. Porque tenemos un amo nuevo y una ley nueva que nos gobierna, y no basta con decirle “no” al antiguo. Hay que decirle “sí” al presente.

Pablo mismo enseña así en otras cartas. A los efesios les escribe que el que hurtaba no vuelva a hurtar, pero no se detiene ahí. Le dice que trabaje y que reparta con el que tiene necesidad. El ladrón no se cura solo con dejar de robar; se cura convirtiéndose en alguien que trabaja y da.

La mano que tomaba lo ajeno ahora se ocupa en producir para compartir. El pecado se vence llenando su lugar con la práctica contraria. Y a los tesalonicenses les dice que quien batalla con la lujuria, estando casado, aprenda a tener su propio vaso en santificación y honor, es decir, que canalice ese deseo por el camino que Dios honra en lugar de por el que lo destruye.

Y aquí está lo que hace posible todo esto. Antes, cuando éramos esclavos del pecado, no teníamos otro camino, la justicia sencillamente no estaba a nuestro alcance. Pero ahora que pertenecemos al Señor, sí tenemos la opción. Podemos presentarnos como instrumentos de justicia, y de verdad podemos hacerlo, no es una consigna imposible. La puerta que antes estaba cerrada ahora está abierta.

Así que déjame proponerte algo muy concreto para esta semana. Piensa en el pecado con el que batallas, ese que conoces bien. Y ahora piensa cuál es la práctica de piedad que se le opone, qué virtud ocuparía su lugar.

Si batallas con la mentira, proponte cultivar la verdad de forma deliberada. Si batallas con la avaricia, ponte a dar. Si batallas con la pereza, sirve. Pídele a Dios que te ayude en eso, porque sin él no podemos, y al mismo tiempo apóyate en otros hermanos, cuéntales, deja que te acompañen y te sostengan mientras aprendes a caminar por ahí. Así se vence, no peleando solos y solo a la defensiva, sino avanzando hacia el bien y acompañados.

3. De la muerte a la vida (vv. 20-23)

Porque cuando ustedes eran esclavos del pecado, eran libres en cuanto a la justicia. ¿Qué fruto tenían entonces en aquellas cosas de las cuales ahora se avergüenzan? Porque el fin de esas cosas es muerte. Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por su fruto la santificación, y como resultado la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Y ahora, para cerrar el capítulo, Pablo sube el tono, porque quiere que entendamos que nada de esto es opcional. Es un asunto de vida o muerte, en el sentido más literal de la expresión. Y para dejarlo claro pone frente a frente las dos vidas, la que teníamos y la que tenemos, cada una con su destino.

Cuando éramos esclavos del pecado, dice, éramos libres respecto de la justicia. Suena casi a elogio, pero es todo lo contrario. Era la peor de las libertades, la de andar sueltos de todo lo bueno. ¿Y qué sacábamos de esa vida? Pablo lo responde con una pregunta que apela a nuestra propia memoria. ¿Qué fruto teníamos de aquellas cosas de las que ahora nos avergonzamos? Noten ese dato, la vergüenza. Aquella vida vieja dejó un rastro de cosas que hoy no queremos ni recordar. Y su desemboque final es la muerte. En cambio, ahora que fuimos libertados del pecado y hechos siervos de Dios, el fruto es la santificación, y el fin es la vida eterna. Dos amos, dos frutos, dos destinos.

“la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Noten las dos palabras que Pablo escoge, porque no son iguales. Al pecado le corresponde una paga, un salario, algo que se gana y se merece.

El que sirve al pecado cobra exactamente lo que trabajó, y ese salario es la muerte. Pero de parte de Dios no viene un salario que nosotros le arranquemos, sino una dádiva, un regalo.

La vida eterna no se gana, se recibe. Y eso mantiene todo el pasaje en equilibrio. La santidad es el camino de los que pertenecen a Dios, pero la vida que hay al final de ese camino es un regalo suyo, no un sueldo que le cobramos.

Pero no perdamos de vista lo serio del asunto. No podemos jugar con el pecado. A veces lo tratamos como si fuera apenas una lucha de gustos, un tira y afloja de preferencias sin mayores consecuencias. La verdad es que si no somos radicales con el pecado, eso trae consecuencias, y consecuencias reales. El pecado no es un juego al que podamos asomarnos sin quemarnos.

El mismo Jesús habló de esto, dijo que si tu mano te es ocasión de caer, la cortes, y que si tu ojo te es ocasión de caer, lo saques, porque mejor te es entrar en el reino de Dios manco o con un solo ojo, que teniendo todo tu cuerpo ser echado al infierno (Marcos 9:43-47). No lo dijo para que nos mutilemos, sino para que midamos la seriedad del asunto.

Es mejor perder cualquier cosa que amemos, por valiosa que sea, antes que dejar que nos arrastre a la perdición. Esa es la radicalidad con la que Jesús trató el pecado, y esa es justamente la que nos falta.

Por eso la vida de santidad es una cuestión de vida o muerte. Y no lo digo solamente en el sentido de que sea la evidencia de que pertenecemos al Señor, aunque también lo es. Lo digo en un sentido más hondo. Son dos caminos, y llevan a dos lugares distintos.

No podemos ver la vida santa como un lujo al que aspiran unos pocos cristianos muy dedicados, mientras el resto se conforma con entender cómo funciona la doctrina y ahí quedarse tranquilo. Necesitamos una vida de justicia. No es un extra para avanzados, es el camino de todo el que es de Cristo.

Y les confieso un temor, hermanos. Me temo que no estamos viendo nuestra lucha con la carne con la seriedad que merece. La tratamos con demasiada ligereza. Así que no te conformes con una vida cristiana mediocre, tibia, a medias.

Cultiva la vida eterna, camina de verdad hacia ella. Como dice la carta a los Hebreos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Esa carrera tiene una meta, y la meta es la vida.

Hermanos, recojamos todo en una sola idea. El evangelio no solo nos declaró vivos delante de Dios, también nos hizo libres del pecado. Recibimos las dos cosas, la vida y la libertad. Ya no estamos bajo el antiguo amo. Fuimos comprados, trasladados, puestos bajo un Señor nuevo al que ahora pertenecemos.

Y eso significa que la neutralidad no existe. Nadie flota libre en el aire, sin dueño. O servimos al pecado, y esa paga es la muerte, o servimos a Dios, y esa dádiva es la vida eterna. Esas son las únicas dos opciones que hay sobre la mesa, y cada uno de nosotros está hoy caminando por uno de los dos caminos.

Si eres de Cristo, entonces vive como quien de verdad cambió de amo. No le devuelvas las llaves al que ya fue echado de tu casa. No trates tu lucha con el pecado como un asunto menor, porque no lo es. Preséntate cada día, con tu cuerpo y con todo lo que eres, al servicio de la justicia, y hazlo con la misma entrega con que antes servías al pecado. No para ganarte la vida eterna, que es regalo y no salario, sino porque ya eres libre y ahora sí puedes. Y si todavía no estás en Cristo, quiero decirte una última cosa, y te la digo con cariño. Tú te sientes libre, pero la Palabra dice que estás sirviendo a un amo que paga con muerte. Esa es la verdad, por más real que se sienta esa libertad. Pero hay una salida, y no depende de tus fuerzas. Dios ofrece, como regalo, la vida eterna en Cristo Jesús. No tienes que ganártela, ni podrías. Solo tienes que dejar al viejo amo y venir al que da vida. Vuélvete de tu pecado, entrégate a Cristo, y pasa hoy mismo de la muerte a la vida.