Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 8:14-17
Corría el año 44 antes de Cristo. Julio César, el hombre más poderoso de Roma, acababa de ser asesinado a puñaladas en el senado. Y cuando se abrió su testamento, Roma entera se llevó una sorpresa. César no tenía un hijo varón legítimo que continuara su nombre, así que en ese documento hizo algo que transformaría por completo la vida de un joven de dieciocho años. Adoptó como su hijo y heredero a su sobrino nieto, un muchacho llamado Cayo Octavio.
Con la firma de ese testamento, y bajo la ley romana, la vida de aquel joven cambió de un día para otro. Sus deudas quedaron canceladas, borradas por completo; ante la ley, su vida anterior dejó de existir. Recibió un nombre nuevo, el nombre de César, con toda su dignidad y su reputación. Y no fue adoptado como un pariente de segunda, sino como el heredero principal de todo lo que César tenía. Aquel muchacho llegaría a ser, años después, César Augusto, el primer emperador del Imperio Romano. Porque en Roma un hijo adoptado no tenía ni un solo derecho menos que un hijo de sangre. La adopción, de hecho, era irrevocable.
Les cuento esto porque “adopción” es justamente la palabra que Pablo va a usar hoy para describir lo que Dios hizo con nosotros. Un cambio de identidad, una deuda cancelada, una herencia recibida. Pero, como veremos, la adopción de Dios va mucho más lejos que la de Roma, y por una razón que Roma nunca conoció, y es el amor.
Y para que veamos la maravilla de esto, recordemos de dónde venimos. Al comienzo de esta carta, en los capítulos 1 al 3, Pablo nos mostró lo lejos que estábamos de Dios, separados de él, bajo su ira, sin esperanza. Y ahora, veamos dónde estamos. Ya no somos enemigos, y ni siquiera somos solamente perdonados. Somos hijos. Hijos amados de Dios, con derecho a llamarlo Padre. De la condenación a la adopción. Aleluya.
Y ese es el argumento de hoy:
El Espíritu Santo en nosotros es el testimonio de que somos hijos de Dios y herederos con Cristo.
Lo vamos a ver en dos partes. Primero, que somos hijos de Dios, en los versículos 14 al 16. Y segundo, que somos herederos con Cristo, en el versículo 17.
1. Somos hijos de Dios (vv. 14-16)
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!» El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.
El versículo 14 funciona como una bisagra. Mira hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Hacia atrás, retoma todo lo que veníamos diciendo sobre la vida en el Espíritu, esa que hace morir el pecado. Y hacia adelante, abre el tema nuevo, el de ser hijos. Escuchen cómo lo dice: “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios.”
Ahí está la conexión. El que es guiado por el Espíritu, ese es hijo de Dios. La presencia y la dirección del Espíritu en una vida son la prueba de que esa persona pertenece a la familia.
Pero, ¿qué significa exactamente ser guiados por el Espíritu? Porque esto se puede malentender. No se trata de esa idea que a veces usamos, la de sentirnos guiados a tomar tal o cual decisión, eso de “el Espíritu me guio a hablar con esta persona”. Puede que eso sea verdad, pero no es lo que Pablo tiene en mente aquí. Ser guiados por el Espíritu tiene que ver con la orientación de fondo de toda la vida, con quién la gobierna día tras día. El comentarista William Hendriksen lo explica de esta manera:
“¿Qué significa, entonces, la dirección del Espíritu Santo? […] Significa la santificación. Se trata de la influencia constante, efectiva y beneficiosa que el Espíritu Santo ejerce en los corazones y vidas de los hijos de Dios, capacitándolos cada vez más para aplastar el poder del pecado que mora en ellos y para andar libre y alegremente por el camino de los mandamientos de Dios.”
Es decir que ser guiados por el Espíritu es, ni más ni menos, esa obra de santificación que él hace en nosotros, dándonos poco a poco la fuerza para vencer el pecado y el gozo para caminar en obediencia. Y esa dirección constante del Espíritu en tu vida es la señal de que eres hijo de Dios. No un sentimiento pasajero, sino un rumbo sostenido.
Y enseguida Pablo describe qué clase de Espíritu es el que recibimos. Ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos.
Noten el contraste. Hay una manera de relacionarse con Dios que es la del esclavo. El esclavo obedece por miedo al castigo, vive encogido, temiendo al amo. Y muchos viven su religión justamente así, aterrados, tratando de aplacar a un Dios que sienten siempre enojado. Pero no es ese el Espíritu que recibimos. Recibimos el Espíritu de adopción, el que nos hace hijos. Y un hijo no se relaciona con su padre desde el terror, sino desde la confianza.
Vamos a detenernos un poco en esa palabra, “adopción”. Ya vimos al comienzo lo que significaba en el mundo romano. Bajo la ley de Roma, el padre tenía lo que se llamaba la patria potestad, una autoridad total y absoluta sobre su familia. Cuando alguien era adoptado, pasaba por completo a una familia nueva. Su vida anterior quedaba borrada, sus deudas se cancelaban, recibía un nombre y una identidad nuevos, y adquiría todos los derechos de un hijo legítimo. Y algo más, la adopción era irrevocable, no había vuelta atrás.
Esa es la fuerza de la palabra que Pablo escoge para describir lo que Dios hizo contigo. No te te introdujo en su familia para siempre.
Por eso Pablo dice que ese Espíritu nos hace clamar “¡Abba, Padre!”. “Abba” era una palabra aramea, la que un niño pequeño usaba para llamar a su papá. Es tan tierna y tan cercana que es la misma que usó Jesús en el huerto de Getsemaní, cuando, en su hora más angustiosa, se dirigió a su Padre (Marcos 14:36).
En esa sola palabra se juntan la ternura, la confianza y el amor de un hijo. El Espíritu nos capacita para hablarle a Dios con esa misma cercanía con que le habló su propio Hijo. Ya no es el amo del que queríamos correr porque teníamos miedo, ahora es el Padre al que corremos.
Cuando el Señor uso esta palabra estaba en una angustia mortal en su alma, fue en Getsemaní, sudando como grandes gotas de sangre, a las puertas de la cruz. Justo ahí, en su hora más oscura, clamó “Abba”. Y eso nos enseña que “Abba” es, sobre todo, el clamor del hijo en medio del dolor. Cuando el alma se encuentra en quebranto, cuando llega el sufrimiento, cuando ya no nos quedan fuerzas, no gritamos hacia un juez lejano, clamamos a un Padre cercano que nos sostiene.
Podemos correr a él en la angustia, con la certeza de que el mismo Padre que sostuvo a su Hijo en Getsemaní nos sostiene también a nosotros. Esa palabra, “Abba”, es el idioma del que sufre confiando, del que se sabe hijo amado por Su padre.
Y hay todavía más, porque esto no se queda en una posición legal sobre un papel. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.” No es solamente que Dios nos declare hijos. Es que su Espíritu obra dentro de nosotros dándonos la certeza, la convicción interior, de que de verdad lo somos. Hay una seguridad que el Espíritu produce en el corazón del creyente, un saber hondo de que somos amados por el Padre, y esa seguridad no nace de nuestros sentimientos ni de nuestro desempeño, sino de él.
Y esto era muy relevante para la iglesia en Roma. Como hemos visto, allí convivían judíos y gentiles, y siempre rondaba la tentación de pensar que unos eran más hijos que otros, que los judíos, por su herencia, tenían un lugar de privilegio. Pablo lo desarma por completo. Todos los que son guiados por el Espíritu son hijos de Dios. Todos reciben el mismo Espíritu de adopción. Todos claman al mismo Padre. En la familia de Dios no hay hijos de primera y de segunda categoría; la adopción nos iguala a todos.
Así que el Espíritu dentro de nosotros nos guía, nos controla, nos da testimonio de que somos y ojos, pero eso no es todo, también nos afirma como receptores de una herencia gloriosa en Cristo, lo cuan nos conduce al tercer encabezado
2. Somos herederos con Cristo (v. 17)
Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él.
El versículo 17 saca la conclusión lógica de todo lo anterior, y lo hace con una cadena que va subiendo. “Si somos hijos, somos también herederos.” Es la consecuencia natural. En cualquier familia, el hijo es también heredero; lo que es del padre termina siendo del hijo. Y ya vimos que la adopción le da al adoptado todos los derechos del hijo legítimo, incluido el de heredar. Así que, si Dios nos hizo sus hijos, entonces también nos hizo sus herederos.
Pero noten hasta dónde llega Pablo. No dice que somos herederos de algo, de un montón de bienes o de bendiciones. Dice algo mucho mayor, somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Herederos de Dios mismo. Nuestra herencia no es una cosa, es una persona, es el Señor mismo y todo lo que él es. Y somos coherederos con Cristo, es decir, compartimos la herencia del Hijo. Todo lo que por derecho le pertenece a Jesús, por pura gracia, llega a ser también nuestro. Es difícil imaginar una dignidad más alta que esta.
Ahora bien, en la última parte del versículo dice “si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él”. Aquí aparece, casi de golpe, la palabra padecer, sufrir. No estaba en nuestro radar hasta ahora, pero no puede ser más relevante.
Pablo está diciendo que ser coheredero con Cristo significa heredar las dos cosas, su gloria, sí, pero también sus sufrimientos. El camino del heredero hacia la gloria pasa por el sufrimiento con Cristo. No hay atajo que lo rodee.
Y esto necesita decirse con claridad, porque hoy anda dando vueltas un evangelio mal llamado “de la prosperidad”, que parece sugerir todo lo contrario, que el creyente no debería sufrir, que si tienes suficiente fe la vida te irá bien en todo, sin dolor y sin pruebas. Pero no es eso lo que enseña la Escritura. Pablo, aquí mismo, pone el sufrimiento dentro de nuestra herencia, no fuera de ella.
Sufrir con Cristo no es la señal de que Dios nos abandonó, es parte de lo que significa ser suyos. Es más, es un privilegio. En el sufrimiento nos identificamos con la humanidad y el dolor de nuestro Señor, que también sufrió; y en la glorificación que viene, nos identificaremos con su carácter y su gloria. Las dos caras van juntas. Compartimos su cruz, y compartiremos su corona.
Los creyentes de Roma. Ellos conocían el sufrimiento de cerca. Sobre esa iglesia ya soplaban vientos de rechazo y de persecución, y venían tiempos todavía más duros. Para gente así, esta verdad era un tesoro. Necesitaban recordar que su dolor no contradecía su condición de hijos, sino que los ponía en el mismo camino que su Señor recorrió, el que va del sufrimiento a la gloria.
Esa misma verdad la necesitamos nosotros. Cuando el creyente sufre, y todos vamos a sufrir de un modo o de otro, la tentación es pensar que algo salió mal, que Dios se olvidó de nosotros. Pero no. El sufrimiento del hijo de Dios no es un callejón sin salida, es el camino del heredero hacia su herencia. Por eso, si estamos en Cristo podemos tener esperanza, incluso llorando. Y esa esperanza, la que nace de saber a dónde nos lleva todo esto, es justamente el tema que Pablo va a desarrollar en lo que sigue del capítulo.
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Hermanos, volvamos a Roma por última vez, porque el contraste nos ayudará a ver la grandeza de lo que tenemos. La adopción romana, con todo lo impresionante que era, tenía un fondo egoísta. Un hombre adoptaba para perpetuar su nombre, su propiedad, su poder político. Adoptaba para sí mismo, para su propia honra. Y solo adoptaba varones, porque las mujeres no servían a ese propósito.
Ahora miremos a nuestro Padre. Él no tenía ninguna necesidad de adoptarnos. Ya tenía un Hijo, un Hijo perfecto y amado, y ya le había dado toda la herencia. No le faltaba nada, no ganaba nada con nosotros. Y aun así, por puro amor, decidió extender su paternidad hasta alcanzarnos y recibirnos como recibió a su propio Hijo. Y no solo a unos pocos, sino a todos, hijos e hijas, judíos y gentiles, los que nada teníamos para ofrecerle. Roma adoptaba por conveniencia; Dios adoptó por amor.
H algo más que ni el romano más poderoso llegó a tener nunca. El padre romano era una figura legal, formal, casi siempre distante, alguien a quien se le rendía respeto. Pero el Padre del que habla Pablo nos invita a algo completamente distinto, a acercarnos a Él como un niño pequeño que extiende los brazos hacia su papá. Por eso puso en nuestros labios esa palabra, “Abba”. Es la palabra de la dependencia total, de la confianza del que sabe que de su padre depende todo lo que es.
Y si hoy has venido cansado, si estás sufriendo, si cargas el dolor del abandono de alguien que debió cuidarte y no lo hizo, escucha esto, si estás quebrada o quebrado por a veces no tener a quien correr para que te proteja o te ame. Tú puedes clamar “Abba, Padre”. Tienes en Él la fuente de todo tu sustento, y él te sostiene, como sostuvo a su propio Hijo en la noche más oscura. Y si todavía no estás en Cristo, la puerta de esta familia está abierta hoy. Ven al Padre.
Y para terminar, por favor, no pierdan de vista de dónde venimos. Al comienzo de esta carta éramos enemigos de Dios, bajo su ira, sin esperanza y sin excusa. Y hoy el texto nos encuentra aquí, guiados por su Espíritu, llamándolo Padre, hijos amados y herederos de Dios, coherederos con Cristo, en camino a la gloria. De la condenación a la adopción. Ya no esclavos, sino hijos. Aleluya.



