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Muertos al pecado

Romanos 6:1-14
28 Jun 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 6:1-14

Todo lo que hemos escuchado hasta ahora sobre el amor de Dios, la justicia de Cristo y el evangelio nos suena fantástico y por demás sobrecogedor. Después de todo, éramos pecadores, sin ninguna esperanza de salvación y sin poder recomponer nuestro irremediable destino. Pero tenemos esta buena noticia del evangelio, la de un Dios que ha enviado a su Hijo como propiciación por todos nuestros pecados, que entregó su vida movido por un amor desbordante para tomar nuestro pecado sobre sus hombros, y que ahora nos permite ser declarados justos ante el Padre. Y no solo eso. Por ese mismo sacrificio nos ha asegurado la vida y una esperanza eterna.

Pero todavía hay una realidad grande que necesitamos enfrentar, y es la realidad del pecado.

Es como si pudiéramos ver un gran paisaje al otro lado, con todas las cosas hermosas de la vida que hacen que se nos ilumine el rostro, hasta que bajamos los ojos y vemos un río ancho y caudaloso cuya agua se desborda y nos moja los pies.

Es de eso de lo que se va a ocupar Pablo en los capítulos 6 y 7, de la odisea del pecado. De cómo, si bien el sacrificio de Cristo nos asegura la esperanza y el ser justos ante el Padre, todavía tenemos que batallar con el pecado, y de cómo también Cristo, con su muerte, ha provisto lo necesario para vencer y llegar a la otra orilla.

Y este es justamente el argumento que quiero proponerles:

En Cristo tenemos también victoria sobre el pecado.

Y lo vamos a ver en tres pasos, siguiendo el avance de Pablo.

  1. Con Cristo morimos al pecado (1- 4)
  2. Con Cristo vivimos para Dios (5 – 10)
  3. Vivamos para Dios (11-14)

1. Con Cristo morimos al pecado (vv. 1-4)

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

Para entrar bien en este capítulo, ubiquémonos. Pablo acaba de decir algo enorme al final del capítulo 5, que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y sabe que una frase así se presta a malentendidos, así que vuelve a hacer lo que ya le hemos visto hacer varias veces en la carta. Se inventa un interlocutor, le pone en la boca una objeción, y la responde. Solo que esta vez el que objeta no es un judío defendiendo la Ley. Es un cristiano. Es alguien que ya escuchó el evangelio y saca una conclusión torcida. Piensa que si su pecado hace resaltar la gracia de Dios, entonces que peque más, total, más gracia recibirá.

Detrás de esa pregunta hay algo más de fondo, y es una idea que sigue muy viva en nuestro tiempo. Alguien podría razonar de esta manera. Ya fui justificado, ya soy amado, ya tengo una esperanza segura de vida eterna, así que el pecado dejó de ser un problema. Lo que yo haga de aquí en adelante con mi vida es lo de menos, porque el asunto de fondo ya quedó resuelto. Y esta, hermanos, es una de las cuestiones más importantes que tenemos que enfrentar hoy, porque hay mucho creyente viviendo justamente con esa idea.

Para responderla bien, tenemos que distinguir dos cosas que van siempre juntas pero no son lo mismo, la justificación y la santificación.

La justificación es lo que hemos venido viendo en los capítulos anteriores. Es el acto por el cual Dios, como Juez, nos declara justos de una vez, nos perdona, nos cambia de posición delante de él. Ocurre en un momento y no se repite. Pero la salvación no termina ahí. Junto a eso, Dios empieza en nosotros otra obra, una que sí toma tiempo y va avanzando a lo largo de la vida. Nos va haciendo santos, nos va librando del poder del pecado, nos va dando la forma de Cristo. A eso le llamamos santificación.

En la justificación el pecador es perdonado; en la santificación el pecador es transformado. Una nos cambia la posición delante de Dios, la otra nos cambia la vida. Y el error de la pregunta del versículo 1 está en quedarse solo con la primera, como si Dios perdonara para dejarnos igual. Pero Dios no nos justifica para abandonarnos en el pecado. Nos justifica, y además nos santifica.

Por eso la respuesta de Pablo es tan tajante. Le preguntan si perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde, y contesta: “En ninguna manera.” En el original es una expresión fuerte, casi de espanto, como quien dice “ni se les ocurra”. Y la razón que da es la premisa que va a desarrollar en todo el capítulo: “los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” Ahí está el corazón del asunto.

La muerte de Cristo no solo nos justifica. Al estar unidos con él, morimos con él y resucitamos con él. Eso lo va a explicar en detalle en los versículos que siguen, con la imagen del bautismo, pero desde ya lo deja planteado: algo murió en nosotros cuando vinimos a Cristo, y no tiene ningún sentido volver a vivir en aquello a lo que ya morimos.

Hermanos, esto es importante:

Uno de los grandes males de nuestro tiempo es ver creyentes que toman su santidad a la ligera. Confiesan a Cristo con la boca, pero en el fondo creen que esa confesión no los compromete a nada en su manera de vivir. Como si la fe fuera un trámite que arregla el cielo y deja la tierra igual. Y esa es una conclusión trágica, profundamente trágica, porque desconoce la mitad de lo que Dios hace en la salvación.

Pero hay también el peligro contrario, y hay que nombrarlo. A veces, los que vienen de un sistema legalista, cargado de reglas y de presión, de una salvación que se gana por desempeño, cuando por fin entienden la gracia salen corriendo al otro extremo, al del libertinaje. A eso se le llama antinomianismo, que es la idea de que ya no necesitamos nada más, que basta con creer en Cristo y lo demás da igual. Se entiende como reacción, pero está igual de equivocado. Del legalismo no se sale hacia el libertinaje. Se sale hacia la gracia, que no es ni lo uno ni lo otro.

Si alguien de verdad ha sido justificado por Dios, eso se va a notar en un compromiso genuino con su santidad. No un compromiso perfecto, ni alcanzado de un día para otro, pero sí genuino visible, que crece con el tiempo. Porque la justificación nunca llega sola, trae de la mano la santificación.

De modo que cualquier persona que confiesa a Cristo y al mismo tiempo vive cómoda en sus pecados, sin lucha y sin deseo de cambiar, tiene buenas razones para examinarse, porque podemos afirmar que en realidad todavía no ha muerto al pecado. Y qué es eso de morir al pecado es justamente lo que vamos a ver ahora.

2. Con Cristo vivimos para Dios (vv. 5-10)

Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.

Ahora Pablo necesita ampliar la idea que ya dejó planteada. Dijo que morimos al pecado, pero, ¿qué significa eso exactamente?, ¿qué implica morir en Cristo y vivir con él? Eso es lo que desarrolla aquí, y lo hace en un orden muy cuidado. Primero explica la muerte, y después la vida.

Empecemos por la muerte. Morir en Cristo es morir al viejo hombre, y aquí hay algo importante que aclarar.

El “viejo hombre” no es una parte de nuestro ser, una especie de zombi interior que de vez en cuando despierta y nos hace pecar, mientras otra parte de nosotros sigue intacta. No es eso. El viejo hombre es lo que éramos en Adán, ese ser entero que estaba bajo condenación, del que hablamos en el sermón pasado. Es toda mi persona tal como era antes de venir a Cristo. Eso es lo que fue crucificado.

Y esa muerte ocurrió en unión con Cristo. Pablo la describe con la figura del bautismo. La palabra que usa, baptizo, lleva la idea de sumergir, de sepultar. Cuando un creyente es bautizado, está representando que se une a Cristo en su muerte, y lo que sucede por la fe es como si él mismo hubiera muerto con Cristo, hubiera sido sepultado con él.

Y esto tiene también un sentido judicial, al igual que el concepto de justificación. Unirse a Cristo en su muerte es haber recibido ya la condena, porque el que ya murió no puede ser condenado a muerte otra vez. La sentencia se ejecutó. Y por eso, el que resucita con Cristo queda libre de toda condenación y entra en una vida nueva, una vida que ahora se ocupa de una sola cosa, de agradar a su Señor. Eso es lo que dice el versículo 7, que el que ha muerto ha quedado libre del pecado, fuera de su jurisdicción, porque técnicamente la condena por la culpa ya ocurrió.

De ahí Pablo pasa a explicar el otro concepto, la otra cara de la moneda, la vida, la resurrección. Porque si fuimos unidos a Cristo en su muerte, entonces sin remedio también lo somos en su resurrección. Las dos cosas vienen juntas, no se puede tener una sin la otra.

Y eso significa que ahora andamos en novedad de vida. No volvimos al punto de partida, recibimos una disposición nueva.

Piénsalo así. Antes, en Adán, sencillamente no teníamos la capacidad de resistir el pecado, estábamos vendidos a él, sin fuerzas. Pero ahora, en Cristo, se nos ha dado una disposición nueva y una fuerza nueva para pelear contra el pecado. Lo que antes era imposible, ahora es posible, porque ya no peleamos desde la muerte sino desde la vida.

Y esta vida en Cristo tiene además un horizonte. Pablo dice que si morimos con él, creemos que también viviremos con él, y recuerda que Cristo, una vez resucitado, ya no muere, la muerte no se enseñorea más de él. Eso quiere decir que en el día postrero también nosotros resucitaremos con él y estaremos vivos para siempre. La victoria sobre el pecado de hoy y la victoria sobre la muerte de aquel día son la misma obra, garantizada por el mismo Cristo. Por eso el versículo 10 cierra el argumento. En cuanto murió, murió al pecado una vez por todas; y en cuanto vive, vive para Dios. Eso fue cierto de Cristo, y por la unión con él, llega a ser cierto de nosotros.

Hermanos, eso cambia la manera en que peleamos contra el pecado.

Lo primero es que como cristianos no estamos condenados a morir en una lucha eterna y perdida contra nuestros pecados. Es verdad que tenemos una lucha continua, eso no lo niego, la vamos a tener hasta el final. Pero no podemos creernos la mentira de que no podemos, de que no hay salida, de que siempre seremos esclavos de lo mismo. Esa mentira contradice el texto. Hemos recibido una naturaleza nueva y una fuerza nueva. La pelea está ahí, pero ya no es una pelea desde la derrota sino de pie, desde l victoria que Cristo nos ha dado.

Pero ¿de dónde viene esa fuera? Porque está claro que no es de nosotros mismos. Lo que hemos recibido es la ayuda del Espíritu Santo. Es él quien nos redarguye cuando pecamos, quien produce en nosotros la voluntad de obedecer, quien hace que lo que hacemos sea para la gloria de Dios. Así es como funciona la vida cristiana. Sin el Espíritu, nuestros intentos de ser mejores no pasan de un moralismo infructuoso, puro esfuerzo de apretar los dientes que tarde o temprano se cae. Y ese Espíritu nos viene precisamente por Cristo. Jesús lo dijo a sus discípulos: “si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Juan 16:7). Y Pablo le escribe a Tito que Dios derramó al Espíritu Santo sobre nosotros “abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:6). La misma vida de Cristo que nos justifica nos trae al Espíritu que nos santifica. No estamos solos en la pelea.

Como también declara 2 Corintios 3:12-16:

Teniendo, por tanto, tal esperanza, hablamos con mucha franqueza. Y no somos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los israelitas no fijaran su vista en el fin de aquello que había de desvanecerse.

Pero el entendimiento de ellos se endureció. Porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto el mismo velo permanece sin alzarse, pues solo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Pero cuando alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado.

Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, haylibertad. Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.

Y lo último, para que nadie se desanime ni se engañe. Vivir para Dios no significa que nunca más vamos a pecar. Significa que vamos a cultivar un progreso visible en nuestra lucha contra el pecado.

Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Si después de años seguimos exactamente en los mismos pecados, sin ninguna pelea y sin ningún avance, entonces sí tenemos que examinarnos en serio, y preguntarnos si la obra del Señor está de verdad operando en nosotros, o si quizá no estamos usando los medios de gracia que él nos dejó, la Palabra, la oración, la comunión de la iglesia. Pero el cristiano santificado no es el que nunca vuelve a caer. Es el que va creciendo en su lucha, el que hoy pelea batallas que ayer ni siquiera daba. Así que no desprecies el avance lento. Celebra las pequeñas victorias, porque cada una es señal de que el Espíritu está obrando.

3. Vivamos para Dios (vv. 11-14)

Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

Llegamos a la última parte, y aquí Pablo lo que hace es aterrizar en nuestra pista todo lo visto,

Hasta el versículo 10 nos ha estado diciendo lo que es verdad de nosotros, que morimos con Cristo, que resucitamos con él, que estamos vivos para Dios. No nos ha mandado nada todavía, solo nos ha contado lo que ya ocurrió. Y entonces, en el versículo 11, menciona el primer mandato del capítulo: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.”

El orden de las cosas es importante aqui. Primero el hecho, después el mandato. Primero lo que somos, después lo que debemos hacer. Los teólogos llaman a esto el indicativo y el imperativo.

El indicativo es la afirmación de un hecho, por ejemplo, que estás muerto al pecado. El imperativo es la orden que se construye encima de ese hecho, que vivas como tal. Y el orden importa muchísimo, porque Pablo no nos dice “múrete al pecado para llegar a ser de Dios”. Nos dice lo contrario. Ya eres de Dios, ya moriste al pecado, ahora vívelo.

La palabra “considerar” significa contar como cierto algo que ya es verdad, tratar como real lo que Dios ya hizo. Es pararse firme sobre lo que ya tenemos. La vida cristiana no es luchar para conseguir un estatus sino que se trata de vivir a la altura de un estatus que ya nos fue dado.

Y a partir de ahí se desprenden las siguientes órdenes o los siguientes indicativos:

 Que no reine el pecado en nuestro cuerpo mortal.

Que no presentemos nuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino que nos presentemos a nosotros mismos a Dios.

Noten el lenguaje. Es lenguaje de reinado, de amos y de esclavos. Pablo retoma una imagen que recorre toda la Biblia, la de la libertad y la esclavitud, y describe muy bien lo que éramos en el primer Adán, esclavos del pecado, bajo el reinado de un amo que nos mandaba y al que no podíamos sino obedecer. Pero ahora ese trono quedó vacante. El pecado ya no es nuestro rey, y por eso Pablo nos dice que no le devolvamos la corona. Que no dejemos volver a reinar a lo que ya fue destronado. Que no le entreguemos otra vez las llaves de la casa a quien ya fue echado de ella.

Y noten algo más en esos mandatos, algo decisivo para la vida práctica. Son verbos activos. “No reine”, “no presentéis”, “presentaos”. El pecado no se quita solo. No se evapora con el tiempo ni se cae por su propio peso mientras nosotros esperamos cruzados de brazos. Tiene que haber iniciativa de nuestra parte. Tenemos que estar comprometidos de verdad en identificar nuestros pecados concretos, llamarlos por su nombre, y hacerlos morir.

Hace siglos, John Owen le puso nombre a esto y lo llamó mortificación, hacer morir el pecado dentro de nosotros. Owen lo resumió en esta frase:

O matas el pecado, o el pecado te matará a ti. —John Owen

No hay un punto neutro. No existe el cristiano que deja al pecado en paz y el pecado lo deja en paz a él.

Pero hermanos, no peleamos esta batalla con las manos vacías ni hacia un final incierto. Pablo cierra con una promesa: “el pecado no se enseñoreará de ustedes, porque no están bajo la ley, sino bajo la gracia.”

La razón es que ya no vivimos bajo la ley, ese régimen que solo señalaba el pecado sin dar fuerzas para vencerlo, sino bajo la gracia, que es el terreno desde donde sí se puede pelear y ganar en Cristo. Por eso peleamos desde la victoria, y no hacia la victoria. La guerra ya quedó decidida. Lo que nos toca es avanzar.

Volvamos por un momento a la imagen con que empezamos. Recuerden el río ancho y caudaloso que nos mojaba los pies. Esa es la lucha con el pecado, y seamos honestos, a veces el río se pone turbulento, la corriente arrecia y sentimos que no vamos a poder. Pero no estamos cruzando solos ni con nuestras fuerzas. Tenemos al Espíritu que nos sostiene, tenemos la promesa de que el pecado no nos vencerá, y tenemos la otra orilla a la vista. Hay esperanza, y hay ayuda, mientras cruzamos.

Hermanos, recuerden aquel paisaje hermoso al otro lado, la vida con Dios, la esperanza, la herencia que nos espera. Y recuerden también el río que se atraviesa entre nosotros y esa orilla, ancho y a veces bravo, que es nuestra lucha diaria con el pecado. Hoy hemos visto que ese río no es el final de la historia. Cristo murió y resucitó, y al unirnos a él morimos al pecado y vivimos para Dios. La corriente sigue ahí, pero ya no nos arrastra. Tenemos dónde hacer pie, tenemos fuerza, y no cruzamos solos.

Si hoy estás en medio del agua, cansado, peleando contra un pecado que parece no soltarte, escucha esto antes de rendirte. No estás cruzando con tus propias fuerzas. El que murió por ti también vive en ti por su Espíritu, y te ha prometido que el pecado no se enseñoreará de ti. No le pongas los ojos a la corriente, ponlos en la orilla. Y sigue dando el siguiente paso, por pequeño que sea, porque cada paso es obra de la gracia en ti. El cansancio no es señal de derrota. Muchas veces es señal de que de verdad estás peleando. Sigue.

Pero quizás hay alguien que está mirando todo esto desde afuera, alguien que todavía no está en Cristo. Quiero hablarte con franqueza, porque te aprecio demasiado para decirte cualquier cosa. Tú también estás en ese río. Todos lo estamos. La diferencia es que tú estás intentando cruzarlo solo, con tus fuerzas, con tus buenas intenciones, con tus promesas de empezar de nuevo. Y quiero que sepas cómo termina eso, porque lo hemos visto demasiadas veces. La corriente es más fuerte que tú. Tarde o temprano las fuerzas se acaban, y el que pelea solo contra el pecado termina río abajo, arrastrado y exhausto, más lejos de la orilla de lo que estaba al principio. No por falta de esfuerzo, sino porque nadie cruza este río por su cuenta.

Hay uno solo que ya lo cruzó. Cristo entró en la muerte y salió vivo al otro lado, y extiende la mano a todo el que quiera dejar de pelear solo. Ven a él. Vuélvete de tu pecado, deja de confiar en lo que tú puedes, y confía en el único que tiene poder para llevarte a la otra orilla. No tienes que llegar primero para que te reciba. Tienes que tomar su mano en medio del agua. Esa es la invitación del evangelio, y sigue abierta hoy.