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¿Quién acusará a los que son de Dios?

Romanos 8:31-34
30 Ago 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 8:31-34

 Este mundo nos mantiene presos de la incertidumbre. Un día, una pandemia puede acabar por completo con nuestra expectativa de futuro económico o con nuestra salud. Una catástrofe natural puede destruir todo lo que hemos construido con nuestras propias manos. Y lo efímero de la vida, el no tener nada garantizado de este lado de la eternidad, nos lleva continuamente contra las cuerdas, a pensar que no hay nada que tengamos seguro en este mundo.

Por eso es natural que, después de todo lo que hemos visto en la carta a los Romanos, surja la pregunta: ¿cómo podemos estar seguros de que esto que tenemos lo preservaremos? ¿Que todo lo que Cristo ha hecho será preservado? ¿Que el haber sido librados de manera tan asombrosa de la condenación, por medio de la justicia de nuestro Señor Jesucristo, no es un veredicto que quedará anulado, que en algún momento se nos escapará de las manos como se nos escapa el viento cuando intentamos atraparlo?

La sección final del capítulo 8 se ocupa precisamente de esto. Hay dos bloques al cierre que vamos a abordar como sermones independientes, porque las dos ideas están relacionadas, pero cada una tiene vida propia. La primera, que gracias al sacrificio de nuestro Señor Jesucristo no hay nadie que pueda acusarnos delante de Dios. La segunda, que gracias a ese mismo sacrificio no hay nada que pueda apartarnos del Señor. Y esos son, en realidad, los dos grandes temores que enfrenta el creyente. El temor de un día presentarse ante el trono del Señor y escuchar un veredicto en su contra, y el temor de que cualquier cosa que suceda en este mundo, la tribulación, la angustia, nos arrebate lo que ya hemos obtenido en Cristo. Pero la verdad es que ni un tribunal ni las circunstancias de este mundo nos quitarán lo que Cristo ha conquistado por nosotros.

Hoy nos vamos a ocupar del primer bloque, el de nuestra seguridad en el hecho de que hemos sido justificados y nadie nos puede condenar.

Y quiero que antes hagamos una recapitulación, porque este bloque está amarrado a todo el desarrollo de la carta. De hecho, aquí el apóstol Pablo cierra la gran primera mitad de Romanos, y para cerrarla recoge temas que ya veníamos trabajando: la condición del hombre, la obra de Cristo, la esperanza que tenemos en Él. Y ahora afirma que nadie ni nada podrá acusarnos para devolvernos otra vez a nuestro estado de condenación.

Ese es justamente el argumento que quiero presentarles en la mañana de hoy:

Si estamos en Cristo, nuestra justicia es segura, y nadie podrá acusarnos.

Y para desarrollarlo vamos a usar el mismo lenguaje que Pablo escogió para este pasaje, el lenguaje del tribunal. No es una ocurrencia nuestra. Es el idioma con el que el apóstol abrió la carta. En los primeros capítulos nos puso a toda la humanidad en el banquillo, toda boca cerrada, el mundo entero bajo el juicio de Dios. Hoy Pablo nos devuelve a esa misma sala de audiencias, pero la escena ha cambiado por completo.

Y la vamos a recorrer en tres movimientos:

  • La premisa: Si Dios es por nosotros (31)
  • La evidencia  la lógica de la cruz (32)
  • El veredicto: Hemos sido justificados (33-34)

Hagamos primero memoria del camino, porque cada bloque de esta carta preparó el tribunal al que hoy entramos.

  • Capítulos 1 al 3, el problema. Pablo puso a toda la humanidad en el banquillo. Judíos y gentiles, todos culpables, toda boca cerrada y el mundo entero bajo el juicio de Dios.
  • Y si nadie podía defenderse, la salida tenía que venir de afuera. Capítulos 3 y 4, la solución. Somos justificados gratuitamente por Su gracia, y Cristo fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.
  • Y si ya fuimos declarados justos, entonces hay paz. Capítulo 5, la esperanza. Tenemos paz para con Dios y nos gloriamos en la esperanza de la gloria, incluso en medio de las tribulaciones.
  • Pero esa esperanza tenía dos amenazas. Capítulos 6 y 7, el pecado y la ley. Y a las dos respondió lo mismo: en Cristo morimos al pecado y morimos a la ley, ya no somos esclavos.
  • Y entonces llegó el capítulo 8 a coronarlo todo. Ninguna condenación, vida en el Espíritu, hijos adoptados, herederos con Cristo, una esperanza que ni el sufrimiento arrebata, y una cadena que no se rompe, como vimos en el sermón pasado, a los que conoció, predestinó, llamó, justificó y glorificó.

Y ahora Pablo se detiene y pregunta: “¿Qué diremos a esto?”. Ese “esto” no es el versículo anterior. Es todo lo que acabamos de recorrer, los ocho capítulos completos. Pablo no está abriendo un tema nuevo, está cobrando lo que ya construyó.

1. La premisa (v. 31): Si Dios es por nosotros

Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Después de ocho capítulos, Pablo llega a esta pregunta, “¿qué diremos a esto?”, y él mismo se responde con una frase que resume la carta entera. Si tuviéramos que apretar Romanos hasta dejar una sola línea, quedaría esta: Dios está por nosotros.

Todo lo que hemos venido leyendo desemboca ahí. Dios no es neutral con respecto a los suyos. Está de nuestro lado.

Y esa manera de hablar no era nueva para ellos. El salmista ya lo había dicho con las mismas palabras y la misma forma: “El Señor está a mi favor, no temeré; ¿qué puede hacerme el hombre?” (Salmo 118:6). Primero la afirmación de que Dios está de nuestro lado, y enseguida la pregunta sobre los que están en contra.

Y de esa premisa saca la conclusión en forma de pregunta, “¿quién estará contra nosotros?”.

Ahora bien, entendamos bien lo que Pablo quiere decir y lo que no quiere decir, porque esta frase se ha mal usado mucho.

Lo primero, Pablo no está diciendo que nadie vaya a estar en contra nuestra. Eso sería absurdo, y él mismo lo desmiente unos versículos más abajo, cuando enumera la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro y la espada. Los enemigos existen. Lo que niega no es que existan, sino que alguno de ellos pese lo suficiente para inclinar la balanza. Es la pregunta del que ya sabe el resultado del juicio.

Y aquí quiero detenerme en cómo se suele usar mal este versículo. Lo hemos escuchado como un lema de superación personal, como si dijera que con Dios de mi lado ningún enemigo me va a vencer, que ningún proyecto me va a fracasar, que voy a salir triunfante de cualquier pelea que tenga por delante. Y aunque es cierto que Dios está con nosotros en toda circunstancia, y eso lo enseña la Escritura por muchos lados, no es eso lo que este pasaje está diciendo.

Noten el contexto en el que Pablo lo escribe. Estamos en una sala de tribunal, y lo que se está decidiendo aquí no es si vencemos a un adversario en esta vida, sino si alguien puede presentar una acusación contra nosotros que nos devuelva a la condenación. De eso trata todo el pasaje.

Y la respuesta de Pablo es que nadie puede, y por una razón muy concreta. Porque Dios ya dio todo lo que se puede dar para estar a favor de alguien. Dio a su propio Hijo. Cuando alguien entrega lo más valioso que tiene por ti, ya no queda ninguna duda de qué lado está. Por eso no hay nadie, en el cielo ni en la tierra, que pueda acusarnos ni comprometer nuestra eternidad.

Y noten algo más sobre ese “por nosotros”, porque conecta directamente con lo que predicamos el domingo pasado. Ese estar Dios de nuestro lado no es algo que nosotros conseguimos. Él se declaró a nuestro favor desde antes, cuando nos conoció, cuando nos predestinó, cuando nos llamó. Básicamente o que este texto dice es que en la sala del tribunal el juez está de nuestro lado porque dio a su Hijo para morir por nosotros.

Hermanos,  Dios ya resolvió nuestro mayor problema, el que ninguno de nosotros podía resolver. Y sin embargo, con qué facilidad se nos olvida. Vivimos como si estuviéramos solos, como si nadie estuviera de nuestro lado, como si camináramos abandonados y sin propósito por este mundo.

Nos levantamos algunos días con la sensación de que a nadie le importa lo que nos pasa, de que estamos librando nuestras batallas sin compañía.

Y esa sensación afecta a algunos profundamente. Al que siente que lo perdió todo. Al que vive con esa soledad que no se quita ni estando rodeado de gente. A la persona que carga una desazón que no sabe explicar, esa sensación de que el mundo se va desdibujando alrededor y uno queda ahí, en medio, sin saber para qué.

Pero cuando volvemos al evangelio, cuando lo miramos otra vez de frente, nos damos cuenta de que Dios realmente está de nuestro lado. Y no lo está de palabra. Se comprometió de la manera más costosa que se puede uno comprometer.

La prueba de que Dios está contigo no la tienes que buscar en cómo te fue esta semana, ni en si las cosas salieron como estabas esperando. La tienes que buscar en la cruz.

Así que necesitamos ser cada vez más conscientes de esa obra de Cristo a nuestro favor, más conscientes de cuánto se comprometió él con nosotros. Porque el que entendió eso ya no camina por la vida sintiéndose huérfano. Puede estar en la peor de sus temporadas y sabe que hay Alguien que ya se puso de su lado y que no se va a mover de ahí. Y de eso, precisamente, trata el versículo siguiente.

2. La evidencia (v. 32): la lógica de la cruz

El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?

Pablo acaba de afirmar que Dios está de nuestro lado. Y ahora presenta la prueba

El argumento va de mayor a menor. Si Dios no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también, junto con Él, todas las cosas? La lógica es sencilla. El que ya pagó lo más caro no se va a echar para atrás en lo que cuesta menos. Si dio lo máximo, lo demás viene incluido.

Y esta manera de razonar ya la conocemos, porque es exactamente la del capítulo 5. Allá Pablo dijo que si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. La misma lógica del “mucho más”, al principio del bloque y al final.  Pablo abrió esta sección así y la está cerrando así.

Ahora quiero que nos detengamos en la expresión que usa, “el que no negó ni a su propio Hijo”, porque cualquier lector con el Antiguo Testamento en la cabeza habría escuchado ahí un eco inconfundible.

Es el lenguaje del monte Moriah. Cuando Abraham levanta el cuchillo sobre Isaac, el ángel del Señor lo detiene y le dice: “ahora sé que temes a Dios, por cuanto no me has rehusado a tu hijo, tu único” (Génesis 22:12). No me rehusaste a tu hijo. Y aquí Pablo dice que Dios no negó a su propio Hijo.

Pero hay una diferencia entre las dos escenas. A Abraham se le detuvo la mano. Hubo una voz que gritó desde el cielo antes de que el cuchillo bajara, y hubo un carnero trabado en el zarzal, un sustituto para Isaac. En el Calvario no hubo ninguna voz que detuviera nada, y no hubo carnero sustituto. Porque Cristo era el sustituto. El Padre proveyó el Cordero, tal como Abraham le había dicho a su hijo en el camino, “Dios proveerá para sí el cordero”. Y ese Cordero era su propio Hijo.

Y hay algo que a mí me impresiona, y es lo que pasó en el bautismo de Jesús. Ahí está Cristo saliendo del agua, y los cielos se abren, y se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Escuchen bien esa frase, porque no es una sola cosa, son dos ecos del Antiguo Testamento juntos en una sola oración.

“Mi Hijo amado”. Ese es el lenguaje de Génesis 22, donde Dios le dice a Abraham “toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas”. El hijo amado es el hijo que va a ser puesto sobre el altar.

Y “en quien me complazco”. Esa frase viene de Isaías 42, donde Dios presenta a su Siervo: “He aquí mi Siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace”. Y ese Siervo es el que aparece por primera vez ahí y al que iremos siguiendo por Isaías hasta llegar al capítulo 53, donde lo vemos herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades, llevado como cordero al matadero.

Entonces piensen en lo que está ocurriendo en el Jordán. En el día en que Jesús empieza su ministerio público, el Padre lo nombra con dos títulos, y los dos apuntan al mismo lugar. Es el hijo amado, como Isaac camino al monte. Y es el Siervo, el que va a ser molido por nuestros pecados. Desde el primer día, la cruz ya estaba anunciada en esa voz. El Padre no entregó a su Hijo en un momento de improvisación al final de la historia; lo había señalado desde el principio.

Hermanos, la idea de un Dios que entrega a su propio Hijo es impresionante. Y digo impresionante en el sentido más literal de la palabra, en el sentido de que debería asombrarnos.

Dios ha dado lo más valioso que tenía, y lo ha dado a nuestro favor. Cristo fue entregado, siendo el Hijo perfecto, por nuestros pecados.

No podemos cerrar los ojos ante una obra así. No podemos escucharla un domingo tras otro hasta que se nos vuelva paisaje. Esto debería producir en nuestros corazones un asombro que no se agote, del tipo que le quita a uno las ganas de quejarse y le devuelve las ganas de adorar. Si algún día esta verdad deja de conmovernos, el problema no está en la verdad, está en nosotros.

Y hay una última cosa en el versículo, Pablo dice que Dios nos dará, junto con Él, “todas las cosas”. Y ahí es fácil disparar para otro lado. Eso no significa que Dios nos vaya a dar todo lo que se nos antoje, ni que la vida cristiana venga con una garantía de abundancia material. Noten que esas “todas las cosas” son las mismas del versículo 28, las que cooperan para nuestro bien. Es decir, todo lo que Dios ha dispuesto para llevarnos hasta la gloria, y la gloria misma al final. No es la promesa de que nada nos faltará de lo que queremos. Es la promesa de que nada nos faltará de lo que necesitamos para llegar a la meta.

Y el que ya entregó a su Hijo para ponernos en ese camino, no va a escatimar lo que haga falta para terminarlo.

3. El veredicto: Hemos sido justificados (33-34)

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.

Y ahora Pablo entra de lleno a la sala de audiencias, y lo hace con dos preguntas que corresponden a los dos momentos de un juicio. Primero la acusación, “¿quién acusará?”. Después la sentencia, “¿quién es el que condena?”. Dos preguntas, y a cada una le pone una respuesta que cierra el caso. Estos son los alegatos finales,

Empecemos por la primera. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?” Es decir, la acusación tiene que ir contra gente que Dios ya escogió, y ahí es donde se estrella. El fiscal se levanta a hablar y descubre que el acusado es hijo del Juez.

Ahora, que la pregunta sea retórica no significa que nadie lo intente. Al contrario, los intentos son constantes. Y a veces nos imaginamos que los acusadores son algo invisible, una especie de amenaza abstracta que ocurre allá arriba en una sala celestial. Y no. Nosotros estamos oyendo esas voces todo el tiempo.

El primero es el que ya mencionamos. La Biblia llama a Satanás “el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche”. Hay una escena en el profeta Zacarías que retrata esto. Josué, el sumo sacerdote, está de pie delante del ángel del Señor, vestido con ropas sucias, y Satanás está a su derecha para acusarlo. Y noten que la acusación no era falsa; las ropas estaban sucias de verdad. Pero Dios reprende al acusador, manda quitar esas vestiduras y le pone ropas de gala. La acusación era cierta y aun así no prosperó, porque Dios ya había decidido a quién pertenecía ese hombre.

Y hay un segundo acusador, que a mi juicio es todavía más constante que el primero, porque este no necesita que nadie hable. Es la culpa. Nuestra propia conciencia se levanta, presenta el expediente, y hay que reconocer que tiene material.

Nosotros conocemos nuestros pecados mejor que nadie, y hay noches en que esa voz interior nos recuerda cosas que quisiéramos no haber hecho.

Ahora, distingamos bien, para evitar confusiones, una cosa es la convicción de pecado, que viene del Espíritu y siempre termina llevándote a la cruz. Y otra muy distinta es la culpa que te deja dando vueltas sobre ti mismo. Esa culpa nunca te lleva a Cristo. Te lleva a intentar resolverlo tú, a pagar de alguna forma, a portarte mejor esta semana a ver si así queda saldada la cuenta, a castigarte un poco por dentro como si el sufrimiento propio pudiera limpiar algo. Y el efecto que produce es el peor de todos, porque te hace olvidar que Cristo ya hizo la obra, que ya fuiste perdonado.

La culpa te pone a pagar una deuda, que si estás en Cristo, ya está cancelada.

Pero miren cómo responde Pablo. Él no responde diciendo “no te preocupes, tú no hiciste nada malo”. Eso sería mentira. Responde con algo mucho mejor: “Dios es el que justifica”. El que tendría todo el derecho de acusarte es precisamente el que ya te declaró justo. El Juez ya falló, y falló a tu favor. Y en este tribunal no hay instancia superior a la que se pueda apelar, no hay una corte por encima de Dios donde revisar la sentencia. Cuando el Juez supremo del universo te ha declarado justo, el caso se acabó.

Hermano, si tú estás batallando con la culpa esta mañana, si vives con esa cuenta abierta que no logras cerrar, quiero que entiendas lo que acabamos de leer. El que tendría todo el derecho de cobrarte ya te declaró justo. No hay nada que agregarle a eso. No tienes que pagar de nuevo lo que ya fue pagado.

Y me viene a la mente esa escena de El progreso del peregrino, que muchos conocen. Cristiano viene caminando con una carga enorme sobre la espalda, un fardo que ha cargado desde el principio del viaje y del que no ha podido librarse por ningún medio. Y entonces llega a un lugar que sube un poco, y en lo alto hay una cruz, y más abajo un sepulcro. Bunyan lo cuenta así:

Ahora vi en mi sueño que el camino por donde CRISTIANO debía pasar tenía a cada lado un muro llamado Salvación. Por allí, pues, corrió no sin gran dificultad por el peso que llevaba en su espalda. Corrió hasta que llegó a un lugar más elevado donde había una cruz, y un poco más abajo un sepulcro. En cuanto CRISTIANO llegó a la Cruz, su carga se soltó de los hombros y cayendo al suelo rodó hasta caer en el sepulcro, y ya no la volví a ver. CRISTIANO, sintiéndose ya aliviado, exclamó con gozo:
—¡Bendito Aquél que me ha dado descanso con sus sufrimientos y vida con su muerte!
Allí se quedó parado por unos instantes, pasmado de ver lo fácilmente que había caído su carga. Miraba y miraba hasta que las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Más he aquí, mientras estaba mirando y llorando, llegaron tres Seres Resplandecientes que lo saludaron diciendo:
—La paz sea contigo.
En seguida el primero le dijo:
—Tus pecados te son perdonados.
El segundo le quitó los andrajos y lo vistió de ropas blancas. El tercero le puso un sello en la frente y le entregó un rollo de pergamino que llevaba un sello, con el encargo de leerlo en el camino y entregarlo en la Ciudad Celestial, después de lo cual, siguieron su camino. CRISTIANO ahora dio tres saltos de puro gozo, y comenzó a andar cantando:
—Agobiado he estado bajo el peso de mis pecados. Nadie me los podía aliviar hasta que aquí llegué. ¡Oh, qué lugar es este! ¡Aquí empieza mi felicidad!

Esa es la imagen exacta de lo que Pablo está diciendo. Tu expediente no está en tus manos, está enterrado.

Así que descansa. Pon sobre los hombros del Señor Jesucristo toda culpa y todo peso, porque para eso vino, y porque en esos hombros ya estuvo.

Tú necesitas ser libre de la culpa, y la única manera de serlo no es mirándote a ti sino mirando la cruz.

Y viene la segunda pregunta, “¿quién es el que condena?”. Esa pregunta ya la conocemos, porque este capítulo abrió con la respuesta: “ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Pablo abrió el capítulo declarando que no hay condenación, y lo está cerrando desafiando a que alguien intente condenar. Es el mismo arco, cerrado por los dos extremos.

Y la respuesta a esa pregunta no es un argumento, es una persona, descrita con cuatro trazos.

Cristo Jesús es el que murió, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y el que intercede por nosotros.

Y esos cuatro trazos, juntos, desmontan cualquier condenación posible.

Murió, y con eso la sentencia quedó pagada.

Resucitó, y con eso quedó probado que el pago fue aceptado, porque si el Padre no hubiera quedado satisfecho, el Hijo seguiría en la tumba.

Está a la diestra de Dios, en el lugar de la autoridad, no de rodillas rogando sino sentado gobernando. Y desde ahí intercede por nosotros, lo cual quiere decir que esto no fue un favor de una sola vez, sino un compromiso que sigue vigente en este mismo momento.

Ahora, ¿de dónde sacó Pablo este lenguaje? Escuchen lo que dice Isaías, siglos antes:

“Debido a que el Señor Soberano me ayuda, no seré avergonzado. Por lo tanto, he puesto el rostro como una piedra, decidido a hacer su voluntad. Y sé que no pasaré vergüenza. El que me hace justicia está cerca. Ahora, ¿quién se atreverá a presentar cargos en mi contra? ¿Dónde están mis acusadores? ¡Que se presenten! Miren, el Señor Soberano está de mi lado. ¿Quién me declarará culpable? Todos mis enemigos serán destruidos como ropa vieja que ha sido comida por la polilla” (Isaías 50:7-9 NVI).

¿Escucharon? Las mismas dos preguntas, en el mismo orden. ¿Quién presenta cargos? ¿Quién me declara culpable? Y no solo las preguntas, también la premisa con la que arranca: “el Señor Soberano está de mi lado”. Eso es exactamente lo que Pablo dijo tres versículos antes, “si Dios está por nosotros”. Isaías ya tenía la premisa y las dos preguntas, en el mismo orden en que Pablo las va a usar.

Y fíjense en la imagen del final. Los acusadores se deshacen como ropa vieja comida por la polilla. La acusación se desintegra sola, se cae a pedazos como una prenda apolillada que uno saca del armario y se le queda en las manos. Eso es lo que pasa con cualquier cargo levantado contra un escogido de Dios.

Así que imaginen la escena completa, hermanos. La sala de audiencias está abierta y el caso está cerrado. El Juez que se sienta en el estrado es tu propio Padre, y ya te declaró justo. El fiscal se levanta con su expediente y descubre que no tiene jurisdicción sobre un escogido de Dios. Y a la derecha del estrado está tu Abogado, de pie, con las cicatrices en las manos, porque él mismo pagó la sentencia que te correspondía a ti. En un tribunal así, no hay acusación que prospere.

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Les dije al comienzo que este mundo nos mantiene presos de la incertidumbre, y es verdad. Nadie en esta sala puede garantizarte que el año entrante tendrás el mismo trabajo, ni la misma salud, ni la misma gente sentada a tu mesa. Uno hace planes y la vida los deshace. Hay asuntos sobre los que ninguno de nosotros tiene la última palabra.

Pero hay un asunto que sí quedó resuelto. Y resulta que es lo única de lo que se va a discutir el último y gran día.

Pablo lo presentó en tres partes. Preguntó de qué lado está Dios, y respondió que está del nuestro. Preguntó con qué se prueba eso, y señaló al Hijo entregado. Preguntó entonces quién podría acusarnos, cuál es la sentencia y llamó al estrado al Juez que ya nos declaró justos y al Abogado que ya pagó la sentencia. Esa es la premisa, la prueba y el veredicto. Y con eso Pablo cierra ocho capítulos.

Hermano, tú vas a salir hoy de este lugar y en algún momento de la semana la voz va a volver. Puede que llegue por boca de alguien que te conoce desde antes y te lo quiere recordar. Puede que llegue a las dos de la mañana, sin que nadie hable, cuando estés repasando tu propio expediente. Y cuando llegue, no discutas con ella. No te pongas a defenderte, porque vas a perder ese pleito. Tú no tienes con qué ganarlo.

Haz otra cosa. Mándala al estrado. Que le presente los cargos al Juez, que es tu Padre y ya falló a tu favor. Que vaya a discutir con el Abogado, que está a la diestra con las cicatrices en las manos. Tú no eres el que responde en ese tribunal. Ese es justamente el punto del pasaje.

Y suelta la carga.

Ahora, tengo que hablarle también al que está aquí esta mañana y sabe que no está en Cristo. Y contigo quiero ser honesto, porque no te haría ningún favor endulzándote esto.

Todo lo que dijimos hoy es verdad. Pero fíjate bien de quién lo dijo Pablo. Lo dijo de los escogidos de Dios, de los que están en Cristo Jesús. Si tú no estás en él, tu expediente sigue abierto. Y lo más duro es que tus acusadores no están mintiendo. Tienen razón, y tienen material, y no hay nadie a la diestra del Padre hablando por ti.

Pero escúchame bien, el tribunal todavía no ha cerrado. Hoy no estás delante del trono, estás sentado en una banca oyendo un sermón, y eso es misericordia. El mismo Juez que justifica al impío te lo está ofreciendo a ti en este momento, y no te lo ofrece a cambio de que arregles primero tu vida, porque eso no lo has podido hacer nunca. Te lo ofrece por lo que hizo su Hijo. Ven a Cristo hoy. No hay una sola razón para esperar, y no tienes ninguna garantía de que habrá otro domingo.

Les dije al comienzo también que el creyente vive con dos grandes temores. El primero quedó resuelto esta mañana, y es que nadie nos puede acusar. Queda el segundo, el de que algo en este mundo nos arranque lo que Cristo consiguió. La tribulación, la angustia, la persecución, la espada. De eso trata el pasaje que sigue y lo veremos el próximo domingo.

Aunque les adelanto el final, porque Pablo tampoco lo esconde: tampoco.

Oremos.