Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 7:7-25
Quiero empezar con una pregunta, y les pido que se la respondan con honestidad, aunque sea por dentro. ¿Cuántos de los que estamos aquí esta mañana estamos batallando ahora mismo contra algún pecado? Si levantáramos la mano, estoy seguro de que se alzarían muchas, casi todas. Y es que la lucha con el pecado es una realidad de la que ningún cristiano escapa. No hay creyente, por maduro que sea, que no conozca por dentro ese forcejeo.
Hemos visto a lo largo de este bloque que el evangelio no solo nos deja bien delante de Dios, justificados, redimidos y amados, sino que además resolvió nuestra posición frente al pecado. Hemos muerto al viejo Adán. Hemos sido libertados de la esclavitud del pecado. Y, como vimos la vez pasada, hemos sido libertados también de la esclavitud de la ley. Tres cadenas rotas, tres libertades.
Pero hay algo que todo esto todavía no resuelve, y es que el pecado sigue haciendo daño. Queda la realidad de la batalla. Y cuidado, no estamos poniendo en duda la victoria. Estamos seguros de que nuestra guerra contra el pecado fue ganada en la cruz, y no es una victoria virtual ni de papel, es real. Pero también es cierto, y lo sabemos por experiencia propia, que mientras vivamos aquí seguimos en una lucha continua entre nuestro deseo de hacer la voluntad de Dios y nuestro deseo de pecar. Todos hemos estado ahí. Todos conocemos ese tira y afloja por dentro.
De eso justamente se ocupa el pasaje de hoy. Y este es el argumento que vamos a desarrollar:
Tenemos una guerra entre obedecer a Dios o al pecado, y de esa lucha solo nos libra Jesucristo.
Lo vamos a ver en tres pasos, siguiendo a Pablo. Primero, que la ley es buena, en los versículos 7 al 13. Segundo, que la lucha es real, en los versículos 14 al 23. Y tercero, que la victoria es de Cristo, en los versículos 24 y 25.
1. La ley es buena (vv. 7-13)
¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? ¡De ningún modo! Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley. Porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: «No codiciarás». Pero el pecado, aprovechándose del mandamiento, produjo en mí toda clase de codicia. Porque aparte de la ley el pecado está muerto. En un tiempo yo vivía sin la ley, pero al venir el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí; y este mandamiento, que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, aprovechándose del mandamiento, me engañó, y por medio de él me mató. Así que la ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno. ¿Entonces lo que es bueno vino a ser causa de muerte para mí? ¡De ningún modo! Al contrario, fue el pecado, a fin de mostrarse que es pecado al producir mi muerte por medio de lo que es bueno, para que por medio del mandamiento el pecado llegue a ser en extremo pecaminoso.
Pablo acaba de decir que fuimos librados de la ley, y sabe que eso deja una duda peligrosa en el aire. Si morimos a la ley, si quedamos libres de ella, ¿entonces la ley era algo malo, una especie de enemigo del que Dios tuvo que rescatarnos? Por eso lanza la pregunta de frente: “¿Es pecado la ley?” Y responde con la misma fuerza de siempre: “¡De ningún modo!” Lejos de ser el problema, la ley es buena. Y Pablo lo va a demostrar mostrándonos para qué sirve. Aquí veo tres cosas.
La primera es que la ley es buena porque revela el pecado. “Yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley”, dice, “porque no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: no codiciarás.” Y el ejemplo que escoge no es casual. Pudo haber dicho “no habría sabido que matar es malo”, pero escogió la codicia, que es un pecado que nadie ve, que ocurre puertas adentro del corazón. La ley de Dios no solo señala los pecados evidentes, los que todos condenan, sino que alumbra los rincones que nosotros mismos no reconoceríamos como pecado. Sin la ley, dice Pablo, el pecado está como muerto, dormido, no porque no exista, sino porque no lo identificamos. Llega el mandamiento, y de repente el pecado se despierta y se hace visible. La ley es el espejo que nos muestra la mancha que traíamos sin darnos cuenta.
La segunda es que la ley es buena porque nos hace ver nuestro verdadero estado. Y aquí Pablo dice algo que suena extraño: “En un tiempo yo vivía sin la ley, pero al venir el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí.” No es que la ley lo haya matado. Es que la ley le mostró que ya estaba muerto. Antes se creía vivo, tranquilo, en orden. Pero cuando el mandamiento llegó y encendió la luz, descubrió que el pecado estaba vivo en él y que él, en realidad, estaba muerto delante de Dios. “Este mandamiento, que era para vida, a mí me resultó para muerte.” No porque el mandamiento fallara, sino porque el pecado, aprovechándose de él, lo engañó y lo mató, igual que la serpiente engañó a Eva. La ley nos hace un favor que no se siente agradable, pero que necesitamos. Nos quita la ilusión de que estamos bien, y nos muestra que necesitamos una vida que venga de afuera, porque la nuestra se acabó.
Y la tercera es que la ley es buena porque es espiritual. “Sabemos que la ley es espiritual”, dice. Viene de Dios, refleja su carácter, es santa. Por eso Pablo lo deja sin lugar a dudas: “La ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno.” No hay nada torcido en la ley. Entonces, ¿dónde está el problema? Pablo lo va a decir, y es en nosotros. Alguien podría preguntarse, si la ley es tan buena, ¿cómo terminó trayéndome muerte? Y Pablo responde que no fue la ley la que hizo el daño, fue el pecado usando lo bueno para hacer daño. Fue el pecado, dice, “al producir mi muerte por medio de lo que es bueno”.
Es como cuando un buen mandato, un “no toques eso”, despierta en un niño rebelde unas ganas enormes de tocarlo. El mandato es bueno; lo que está torcido es el corazón que reacciona contra él. Y eso, dice Pablo, deja al pecado en evidencia, lo muestra como lo que es, algo que llega a ser “en extremo pecaminoso”, capaz de tomar lo más santo y volverlo ocasión de muerte.
Entonces, si la ley es santa y buena, y el problema soy yo, tenemos que entender qué es exactamente lo que anda mal en mí. Y Pablo lo dice en una frase que va a ocupar todo el resto del capítulo: “La ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado.”
¿Qué significa eso de ser carnal, de estar vendido a la esclavitud del pecado? ¿Y de quién está hablando Pablo, de sí mismo, de un incrédulo, de un cristiano? Eso es lo que veremos ahora.
2. La lucha es real (vv. 14-23)
Porque sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo. Porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que es buena. Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno. Porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí. Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.
Terminamos el punto anterior con una frase difícil. Pablo dice: “yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado.” Y desde ahí, hasta el final del capítulo, describe una lucha durísima, un forcejeo entre lo que quiere hacer y lo que termina haciendo. Y la pregunta salta de inmediato, ¿de quién está hablando? Porque de la respuesta depende mucho.
Este es uno de los pasajes más debatidos de toda la carta, y lo ha sido desde los días de los padres de la iglesia. Hay básicamente cuatro maneras de entenderlo:
- Un no creyente, alguien que todavía no ha sido salvado.
- Un creyente inmaduro, uno que apenas empieza el camino.
- El Pablo de antes frente al de ahora: el hombre que él era bajo la ley contra el que es ahora en el Espíritu. Tiene bastante fuerza, aunque tropieza con un detalle, y es que Pablo habla en tiempo presente, no en pasado, cuando en otros textos sí usa el pasado sin ningún problema.
- El creyente verdadero en su lucha con el pecado, incluyéndose Pablo a sí mismo. Es hacia donde nos inclinamos.
Lo que sí podemos descartar con seguridad es que Pablo esté hablando de un no creyente. Y no lo descartamos por una corazonada, sino porque el texto mismo está lleno de señales que solo caben en alguien en quien Dios ya está obrando. Vamos a recogerlas una por una:
- Está de acuerdo con la ley (v.16). Cuando hace lo que no quiere, termina reconociendo que la ley es buena. Le da la razón a Dios.
- Tiene un querer el bien que es genuino (v.18). “El querer está presente en mí.” Hay dentro de él un deseo real de hacer lo bueno, no solo de pecar.
- Aborrece el mal (v.19). Llama a lo que hace “el mal que no quiero”. No lo ama ni lo justifica; pelea contra él.
- Se deleita en la ley de Dios (v.22). “En el hombre interior me deleito con la ley de Dios.” Ese es el lenguaje del Salmo 1, el del justo. Y en el capítulo 8 Pablo dirá que la mente carnal, la del incrédulo, es enemiga de Dios y ni siquiera puede sujetarse a su ley. El que se deleita en ella no puede ser ese hombre incrédulo.
- Sirve a Dios con la mente (v.25). “Con la mente sirvo a la ley de Dios.” Lo más profundo de él, su mente renovada, sirve a Dios.
Y hay una señal más, que no está en una frase suelta sino en todo el pasaje, y es la lucha misma. Un incrédulo no está en guerra con su pecado. Está cómodo en él, es su esclavo y ni siquiera lo sabe. El que pelea, el que se angustia, el que llega a gritar “¡miserable de mí!”, es precisamente alguien que ya no pertenece del todo al pecado, alguien en quien entró una vida nueva que combate contra lo viejo. Y guarden esto, porque es un gran consuelo y volveremos a ello. La lucha no es señal de que no seas cristiano. Muchas veces es la señal de que sí lo eres.
Pero cuidado, porque esta guerra tampoco hay que entenderla necesariamente como una pelea entre el hombre viejo y el hombre nuevo, como si fueran dos personas metidas dentro de nosotros. Es más bien la lucha entre un cuerpo que todavía responde al pecado, porque sigue siendo un cuerpo caído, y el hombre interior renovado que ahora ama la ley de Dios. Es lo que Pablo describe en Gálatas 5, que la carne y el Espíritu se oponen entre sí, de modo que no hacemos lo que quisiéramos. Hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas, y el creyente las siente a las dos.
Y así describe el drama, en unas frases que cualquiera que ha querido dejar un pecado reconoce al instante. “No practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago.” “El querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no.”
Hay una distancia enorme entre lo que deseo y lo que logro. Quiero orar, y me distraigo. Quiero callar, y hablo de más. Quiero amar, y reacciono con dureza. Y noten que Pablo no está poniendo excusas. No está diciendo “como es el pecado el que lo hace, entonces yo no tengo la culpa”. Al contrario, le pesa, lo aborrece. Cuando dice “ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí”, no se está lavando las manos. Está reconociendo que hay algo dentro de él que no coincide con su verdadero deseo, algo que pelea contra lo que su corazón renovado quiere.
Y hay algo más en este punto que no debemos pasar por alto, y tiene que ver otra vez con la ley. Si no fuera por la ley, ni siquiera podríamos identificar esta lucha. Es la ley la que nos dice que estamos errando, la que le pone nombre al pecado, y gracias a eso podemos reconocerlo, arrepentirnos y seguir adelante.
Aquí hay que entender algo importante para nosotros hoy. Ya no usamos la ley como un medio para justificarnos, eso quedó atrás, Cristo lo hizo por nosotros. Pero sí la usamos como un medio de santificación, como un espejo que nos muestra dónde estamos fallando para que corrijamos el rumbo. Esa es la función que la ley tiene ahora en la vida del creyente.
Al final del punto, Pablo resume toda la tensión con la imagen de dos leyes. Por un lado está la ley de Dios, en la que él se deleita en su interior. Por otro lado hay “otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado”.
Dos principios, dos fuerzas, una guerra declarada. Y esa guerra lo lleva a un grito, el mismo grito con el que se abre la última parte.
3. La victoria es de Cristo (vv. 24-25)
¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne, a la ley del pecado.
Toda esa lucha que Pablo ha descrito, ese forcejeo agotador entre el querer y el hacer, desemboca al fin en un grito. “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?” No es un grito de derrota, es el grito de alguien que ya no soporta la contradicción de amar la ley de Dios y seguir tropezando con el pecado. Lo llama “este cuerpo de muerte”, y hay quienes ven ahí una imagen terrible de la antigüedad, la de un condenado obligado a llevar atado a su espalda el cadáver de su víctima, cargando la muerte pegada al cuerpo a dondequiera que fuera.
Así de pesado siente Pablo el pecado que todavía habita en él. Y hace la pregunta que le da título a este sermón, ¿quién me librará?
Y aquí está lo hermoso. La pregunta no se queda sin respuesta, y la respuesta no es una técnica ni un método, es una persona. “Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.” El grito de angustia se convierte de golpe en un grito de gratitud. ¿Quién me librará? Cristo. Él ya lo hizo, y él lo terminará de hacer. La liberación no es virtual ni es un sueño, es real, aunque la lucha siga hasta el último día. La salida de la vida de miseria que ofrece el pecado nunca estuvo hacia adentro, en nuestras fuerzas, sino hacia arriba, en él.
Y Pablo cierra el capítulo con una frase que describe con honestidad dónde quedamos mientras tanto. “Yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne, a la ley del pecado.” Es un resumen realista de la vida cristiana de este lado de la gloria. Las dos cosas conviven, la mente que sirve a Dios y la carne que todavía coquetea con el pecado. Pero noten hacia dónde apunta lo más profundo. La mente, el hombre interior, sirve a la ley de Dios. Esa es la dirección del corazón renovado, aunque la carne siga dando pelea.
Y con eso Pablo nos deja justo en la puerta del capítulo 8, que es a donde íbamos. Después de mostrarnos lo intensa que es la guerra entre la carne y el Espíritu, y de darle gracias a Dios por Jesucristo, en el capítulo que sigue nos va a mostrar cómo se pelea esta batalla, y la respuesta es con la ayuda del Espíritu.
La guerra sigue ahí, no desaparece mientras vivamos, pero no peleamos solos. Por medio del Señor Jesucristo tenemos al Espíritu Santo de nuestro lado. Y la primera frase de ese capítulo lo dice todo, “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Pero eso, si Dios quiere, lo veremos la próxima vez.
Qiero llamar la atención de ustedes, después de este pasaje tan denso, al algunas cosas importantes:
1. La lucha misma es testimonio de la obra de Cristo. Luchar y batallar contra el pecado no debería asustarnos ni desanimarnos. Es una lucha que aflige, sí, pero si no tuviéramos dentro al Espíritu y el deseo de agradar a Dios, sencillamente no estaríamos batallando. En parte, esa lucha es la prueba de que Cristo obró en nosotros, de un deseo por Dios que antes no estaba ahí y que ahora combate contra nuestros miembros. El incrédulo no pelea, se rinde.
2. La vida del creyente no se define por la lucha, sino por la victoria. Por eso nadie debería excusarse en que “está batallando con el pecado” y quedarse ahí, resignado. Debemos saber, como ya hemos visto, que tenemos en Cristo todo lo necesario para vencer al pecado y a la carne, para practicar la justicia, para vivir en novedad de vida, para vivir en la ley de Cristo.
3. Y si tu estás aquí sin Cristo, déjame decirte, la fuerza de voluntad no vence al pecado. Nadie puede vencer la fuerza del pecado con su propia voluntad. Necesitas una fuerza más poderosa, una que ya haya vencido al pecado, y esa es el evangelio: Cristo venció al pecado porque venció la muerte y resucitó al tercer día para darnos vida. No sigas peleando en tus fuerzas. Necesitas venir a Cristo con urgencia, porque de lo contrario seguirás batallando en vano.
Volvamos a la pregunta con la que empezamos. Al comienzo les pregunté cuántos estamos batallando ahora mismo contra algún pecado, y dije que se levantarían muchas manos. Si la tuya habría sido una de ellas, escucha esto antes de irte. Esa lucha que llevas por dentro no es la prueba de que Dios te abandonó, ni de que tu fe sea falsa. Muchas veces es todo lo contrario, la prueba de que Cristo ya está obrando en ti, porque el que no es suyo ni siquiera pelea. Así que no te rindas, pero tampoco te desesperes. La pregunta “¿quién me librará?” ya tiene respuesta, y su nombre es Jesucristo. Él te libró, te está librando, y un día te librará por completo de este cuerpo de muerte. Mientras tanto, pelea, pero pelea como quien ya sabe quién ganó la guerra. Gracias a Dios, por



