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Que nadie se jacte delante de Dios

Romanos 3:27-31
10 May 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 3:27-31

Acabamos de ver uno de los pasajes más gloriosos de toda la Escritura. Pablo nos mostró que la justicia de Dios se ha manifestado en Cristo, que todos los que creen son declarados justos gratuitamente por su gracia, y que Dios logró ser al mismo tiempo justo y el que justifica al pecador que pone su fe en Jesús. Esa es la buena noticia. Eso es el evangelio.

Pero ahora Pablo hace algo que ya nos resulta familiar. Se detiene y pregunta: ¿y entonces qué? Si esto es así, ¿qué implicaciones tiene? ¿Qué se desprende de entender que la salvación viene por la fe y no por las obras de la Ley? Y vuelve al recurso del interlocutor imaginario, anticipando las preguntas que un judío haría al escuchar todo esto. Es una especie de apertura abreviada que Pablo retomará y desempaquetará con más amplitud en el capítulo 4.

Somos orgullosos desde el momento en que nacemos. Tenemos incrustada en nuestra defectuosa naturaleza caída la idea de que no podemos recibir nada de gratis, que algo tiene que haber detrás, que todo debe ser el resultado de mi propio esfuerzo. Que lo que es gratis no se valora. Pero debemos entender, tal como mencionamos en el sermón pasado, que el hecho de que nuestra salvación no nos haya costado nada a nosotros no significa que no haya costado nada. Costó, de hecho, la vida del Hijo de Dios. Así que esta es la razón por la que el evangelio no resulta fácil de entender para la mente humana: no se puede concebir que un Dios perdone a los pecadores solo por la fe, por creer. Después de todo, tiene que haber algo de lo cual yo me pueda sentir orgulloso — eso es lo que grita nuestro pecado. Pero la verdad es que Dios diseñó un evangelio perfecto, porque sabe que un poco de jactancia es nociva para un corazón caído, y porque es menester que una obra de salvación tan grande solo pueda ser concedida por un Dios infinitamente bueno y único merecedor de gloria.

Y debemos recordar el contexto de esta carta. Pablo le escribe a una iglesia en la que convergían judíos y gentiles. Y uno de esos grupos — los judíos — podía sentirse tentado a pensar que tenía el favor de Dios por causa de haber recibido la Ley en el antiguo pacto. Que su posición era superior. Que su relación con Dios era de otro nivel. Y Pablo ha venido desmontando esa idea desde el capítulo 2. Ahora la lleva a su conclusión lógica.

El argumento es este:

Nadie debería jactarse de su salvación porque es un regalo que viene por medio de la fe y no por las obras de la Ley.

Lo vamos a ver en dos partes. Primero, que la jactancia queda excluida por la fe, en los versículos 27 y 28. Y segundo, que Dios es Dios tanto de judíos como de gentiles, en los versículos 29 y 30.

1. LA JACTANCIA QUEDA EXCLUIDA POR LA FE (vv. 27-28)

Romanos 3:27-28 (RVR1960):

¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

“¿Dónde, pues, está la jactancia?” Pablo hace la pregunta y la responde de inmediato: “Queda excluida.” Se acabó. No hay espacio para ella. Si la salvación fuera por obras, habría razón para jactarse. El que más cumple tendría derecho a sentirse superior. El que más se esfuerza podría reclamar un lugar más alto. Pero si la salvación es por fe —si es un regalo que se recibe con las manos vacías—, entonces nadie tiene nada de qué presumir.

Y fíjense en la pregunta que sigue: ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.” Pablo usa la palabra “ley” aquí en un sentido amplio, como principio o sistema. El sistema de las obras produce jactancia porque mide el desempeño humano. Pero el principio de la fe la elimina porque lo único que hace es recibir. La fe no es un logro. No es una obra disfrazada. Es la rendición del que entiende que no puede hacer nada por sí mismo y se entrega a lo que Dios ha hecho.

Luego viene una de las declaraciones más importantes de toda la carta: Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley. Cuando Martín Lutero tradujo este versículo al alemán en 1522, añadió la palabra “solamente” —”el hombre es justificado solamente por la fe”— y eso provocó una de las controversias más grandes de la Reforma. Sus críticos lo acusaron de añadir algo que no estaba en el texto. Pero Lutero respondió que la palabra “solamente” estaba implícita en el argumento de Pablo. Cuando Pablo dice “por fe sin las obras de la ley”, está diciendo exactamente eso: solo por fe. No fe más obras. No fe más circuncisión. No fe más esfuerzo humano. Fe sola. Lutero no estaba inventando una doctrina nueva. Estaba haciendo explícito lo que Pablo ya había dejado claro.

Y eso tiene una implicación directa para nosotros. Si la salvación la vemos como un mérito nuestro, vamos a ser tentados a la vanagloria y a una relación con Dios basada en el desempeño. Yo me lo gané. Yo me lo merezco. “Yo soy mejor que él que no lo tiene”. Pero si entendemos que la salvación es por la fe, que no la merecíamos, que llegó a nosotros como regalo puro de la gracia de Dios, la respuesta no puede ser orgullo. La respuesta es gratitud. Es humildad. Es asombro permanente que Dios nos haya alcanzado cuando nosotros no podíamos alcanzarlo a él.

Nadie debería sentirse orgulloso de su salvación porque nadie la ha ganado. Toda la gloria es del Señor.

Hermanos, entender el evangelio es liberador. Para muchas personas, la idea de una salvación solo por la fe es fatal; es como si les quitaran el piso de sus pies porque todo el tiempo han estado sostenidos solo por sus obras. Pero esa forma de vivir es trágica. Las personas buscan agradar a Dios con su propio esfuerzo, pero pronto se dan cuenta de que no pueden ser perfectos y entonces viven vidas amargadas. El evangelio no es para ellos un deleite, sino una carga, porque no pueden concebir algo de lo que no puedan sentirse orgullosos. Hermanos, necesitamos resistir ese pensamiento. La salvación por fe no te quita el piso. Te pone sobre una roca. Porque ya no dependes de ti —dependes de Cristo. Y él no falla.

2. DIOS ES DIOS TANTO DE JUDIOS COMO DE GENTILES

(vv. 29-30)

Romanos 3:29-30 (RVR1960):

¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión.

Pablo ahora lleva el argumento a una segunda dirección. Si la justificación es por fe y no por obras de la Ley, entonces la pregunta es obvia: “¿Es Dios solamente Dios de los judíos?” Porque si la salvación dependiera de tener la Ley, entonces sí sería un Dios exclusivo del pueblo que la recibió. Pero si depende de la fe, entonces Dios es Dios de todos. Y Pablo lo afirma con contundencia: Ciertamente, también de los gentiles.

La base de su argumento es teológica y simple: “Porque Dios es uno.” Hay un solo Dios. No hay un Dios para los judíos y otro para los gentiles. No hay un camino de salvación para los que tienen la Ley y otro distinto para los que no la tienen. Hay un solo Dios y un solo camino: la fe. Él justificará por la fe a los de la circuncisión —es decir, a los judíos— y por medio de la fe a los de la incircuncisión —es decir, a los gentiles. El mismo Dios. La misma fe. La misma justificación.

Y hermanos, esto era fundamental para la iglesia en Roma. Recordemos que esta era una congregación donde convivían judíos y gentiles, y las tensiones eran reales. Los judíos podían sentirse superiores por su herencia. Los gentiles podían sentirse inseguros por no tenerla. Pero Pablo les dice que delante de Dios ambos están en la misma posición. Ambos necesitaban la misma fe. Ambos recibieron la misma gracia. Ambos fueron justificados por el mismo medio. No hay cristianos de primera y de segunda categoría. No hay quienes merecen más la salvación que otros. Todos la recibieron como regalo. Todos llegaron con las manos vacías.

Nadie debería sentirse superior a otro por haber recibido el favor de Dios. Precisamente porque es favor. Precisamente porque es gracia. Precisamente porque no se ganó.

Es vital entender esto como congregación. Dios no es una propiedad exclusiva. No tenemos un Dios exclusivista. No tenemos nada que nos haga superiores a otros. Así como los judíos no eran mejores que los no judíos, tampoco en nosotros debería haber ese sentir. Muchos de nuestros conflictos en la iglesia se evitarían si fuéramos capaces de ver lo iguales que somos delante del Señor. Estoy seguro de que seríamos más lentos para juzgar al prójimo o para ver su pecado antes que el nuestro. A veces concebimos esta idea de un Dios que a nosotros nos da misericordia, pero a alguien más que peca al igual que nosotros, a ese Dios debería castigarlo. Hermanos, esto no debe ser así.

Entender el evangelio debe producir en nosotros una profunda humildad que se refleje en nuestras relaciones. Los que sirven no son superiores a quienes no lo hacen. Los que tienen más tiempo en la iglesia no son superiores al que apenas está recién convertido. Los que tienen más conocimiento, por la gracia de Dios, no son superiores a quienes están apenas en los primeros pasos de su fe. Entender el evangelio afecta directamente nuestras relaciones.

Un ejemplo de ello eran los conflictos de la iglesia de Galacia. Ellos tenían una competencia a sangre y carne para verse unos como superiores a los otros, y la consecuencia era que se atacaban unos a otros sin piedad, tanto que Pablo dice: Miren que no se muerdan y se coman unos a otros. Eso es lo que produce una idea equivocada del evangelio, uno que se ve desde el mérito y no desde la gracia. Tú no eres mejor creyente que otro por la simple razón de que se ha derramado por ambos la misma sangre. Eso no significa que no haya grados de madurez; eso es diferente. Una cosa es crecer en la fe y otra es la sugerencia de que el Dios mío es distinto al tuyo. Y es muy fácil caer en ese pecado.

SOBRE EL VERSÍCULO 31

Romanos 3:31 (RVR1960):

¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.

Pablo cierra con una pregunta que seguramente estaba en la mente de su audiencia judía: Si la justificación es por fe y no por las obras de la Ley, ¿entonces la Ley no sirve para nada? ¿La estamos anulando?” Y Pablo dice: En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.

Este versículo es una de esas afirmaciones que desafortunadamente no salieron bien libradas de nuestra división de capítulos y versículos, porque en realidad es una puerta que abre hacia lo que Pablo va a desarrollar más adelante. ¿Cuál es la verdadera función de la Ley? ¿Para qué la dio Dios si no fue para justificarnos? Pablo ya ha dicho que por medio de la Ley es el conocimiento del pecado —es un instrumento de diagnóstico que revela nuestra enfermedad, pero no la cura. Y eso no la invalida. La confirma en su verdadero propósito. La Ley nunca fue diseñada para salvar. Fue diseñada para mostrarnos que necesitamos ser salvos. Y cuando la fe en Cristo nos salva, la Ley queda confirmada en lo que siempre fue: el espejo que nos llevó a buscar al médico.

Pablo retomará esta idea con mucho más detalle más adelante. Por ahora basta con saber que la fe no destruye la Ley. La pone en su lugar correcto.

CONCLUSIÓN

Si la salvación fuera por obras, tendríamos razones para jactarnos. Pero es por fe. Si Dios fuera Dios solo de un grupo, tendríamos razones para sentirnos superiores. Pero es Dios de todos. Y si la Ley fuera el camino de salvación, tendríamos razones para aferrarnos a ella. Pero la Ley fue el diagnóstico, no la cura.

Hermanos, todo esto nos lleva al mismo lugar: a los pies de Cristo con las manos vacías y el corazón agradecido. No llegamos a Dios por nuestro esfuerzo. Llegamos porque él nos alcanzó. No somos justos por nuestras obras. Somos justos porque Cristo fue hecho justicia por nosotros. Y eso no es motivo de orgullo. Es motivo de adoración.

Que nadie se jacte delante de Dios. Porque el que se jacta, que se jacte en el Señor.