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No hay justo, ni aun uno

Romanos 3:9-20
26 Abr 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 3:9-20

Hemos recorrido un tramo importante del camino en esta carta. Pablo comenzó expresando su deseo de visitar la iglesia de Roma por lo que ella representaba estratégicamente para el avance del evangelio. Pero su verdadero propósito era predicarles el evangelio mismo, porque sabía que no había nada que una iglesia con potenciales divisiones por causa de la jactancia necesitara más que eso. Y les dijo que ese evangelio es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree. Pero evidentemente había que responder una pregunta: ¿salvación para quiénes y de qué?

Y desde entonces Pablo ha estado construyendo un caso. Primero acusó a los gentiles por su paganismo: rechazaron la revelación de Dios en la creación y fueron entregados a las consecuencias de su rebelión. Luego acusó a los judíos moralistas que juzgaban a otros mientras cometían los mismos pecados. Después confrontó a los judíos religiosos que confiaban en la Ley y la circuncisión como si fueran garantía de salvación. Y en el último sermón vimos cómo Pablo explicó que nada de esto hace a Dios injusto con los judíos, porque Dios siempre ha sido fiel y justo; la prueba está en que muchas veces en el Antiguo Testamento trajo juicio sobre su propio pueblo cuando desobedeció. Nunca se ha tratado de etnia. Siempre se ha tratado de obediencia.

Ahora, en este pasaje, nos acercamos al cierre de ese argumento en contra de toda jactancia humana. Si esto fuera un juicio, diríamos que hemos entrado a los alegatos finales. Pablo va a establecer su premisa, va a reafirmar las pruebas y, finalmente, va a mostrar la sentencia. Y la idea de la que planeo persuadirlos hoy es esta:

No hay ninguna persona que pueda declararse como justa delante de Dios.

Y lo vamos a ver en tres partes.

1.       Los cargos: todos están bajo pecado (vv. 9-10)

2.       Las pruebas: el testimonio de la Palabra (vv. 10-18)

3.       La sentencia: todos son culpables (vv. 19-20)

1. LOS CARGOS: TODOS ESTÁN BAJO PECADO (vv. 9-10)

Romanos 3:9-10 (RVR1960):

¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno.

Pablo abre con una pregunta que tiene que ver directamente con lo que venía discutiendo: “¿Somos nosotros mejores que ellos?” Algunos sugieren que Pablo podría estar preguntando si acaso los gentiles son mejores que los judíos, o al revés. Pero el punto no es quién es mejor o peor. Eso es precisamente lo que Pablo quiere sacar de la mesa. La pregunta de quién es superior a quién no es lo que se está evaluando aquí. Pablo tiene en mente lo que abordó antes, la cuestión de si acaso no servía de nada ser judío, pero una vez más trae la discusión al plano correcto: Ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.

Todos sin excepción. Esa es la premisa y Pablo la pone como un cargo formal antes de presentar las pruebas.

Pero quiero que nos detengamos un momento en esa expresión: “bajo pecado”. No dice que todos han pecado, que también es cierto, sino que todos están bajo pecado. Eso habla de señorío. De dominio. De una condición que gobierna al ser humano desde adentro.

Desde Génesis, en los días de Caín, vemos que Dios le advirtió: Serás aceptado si haces lo correcto, pero si te niegas a hacer lo correcto, entonces, ¡ten cuidado! El pecado está a la puerta, al acecho y ansioso por controlarte; pero tú debes dominarlo y ser su amo. Génesis 4:7 NTV. El pecado siempre al acecho, siempre buscando dominar.

Estar bajo pecado significa que todos nuestros estamentos internos están permeados por él (nuestra mente, sentimientos y voluntad). No es que todo lo que hacemos sea pecado, porque un hombre pecador puede hacer cosas buenas, sino que incluso lo bueno puede provenir de una intención pecaminosa.

Puedes dar una ofrenda generosa para que te vean o servir en la iglesia para que te admiren; también puedes orar en público para impresionar. La acción es buena, pero la raíz está contaminada y eso es estar bajo pecado. No es un problema de acciones aisladas, es una condición. Como diría alguien, el hombre no es pecador porque peca; el hombre peca porque es pecador. Es una condición caída pegada a la naturaleza humana que tarde o temprano nos llevará a errar el blanco, que es lo que significa pecar.

Cuidado, esta es una verdad que solemos ver a veces sin matices; pensamos en que todo lo que el hombre es y produce es en esencia malo y no es así. Incluso los hombres malos pueden hacer cosas buenas; eso es gracia común y son cosas que dan gloria al Creador independientemente de la motivación.

Digo esto porque no queremos que el malentendido de esta doctrina nos lleve a vivir en una actitud de aborrecimiento por los seres que Dios ha creado a su imagen.

Saber que todos estamos bajo pecado debe llevarnos a una compasión que nos conduzca a dar esperanza al cautivo y no a un aborrecimiento de las personas.

Pero una afirmación de esta categoría necesita, por lo menos, pruebas, lo que nos lleva al siguiente encabezado.

2. LAS PRUEBAS: EL TETIMONIO DE LA PALABRA

(vv. 10-18)

Romanos 3:10-18 (RVR1960):

No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos.

Pablo ahora presenta sus pruebas, y lo hace de una manera persuasiva, como si fuera un alegato. Y todo esto citando la Escritura. Toma al menos cinco pasajes del Antiguo Testamento y los encadena uno tras otro como si estuviera poniendo evidencia sobre la mesa del juez. Y cada uno de esos pasajes apunta a un área específica del ser humano. Esto no es un tema de pertenecer o no a la religión correcta. Es un asunto de lo que pensamos, sentimos, hablamos, caminamos. De lo que somos. Veámoslo área por área.

Nuestro entendimiento (Salmo 14:1-3): “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda”. Lo primero que Pablo señala es la mente. Que nuestro entendimiento esté bajo pecado significa que no tenemos la capacidad natural de comprender las cosas de Dios. No es un problema de educación ni de acceso a la información; es un problema de condición. La mente del hombre, dejada a sí misma, está nublada. No ve a Dios como debe verlo. No entiende su santidad, no comprende su justicia, no percibe su gracia. Y de un entendimiento nublado se desprende todo lo demás.

Nuestros intereses (Salmo 14:1-3): “No hay quien busque a Dios”. Si el entendimiento está nublado, los intereses se desvían. No es que el hombre busque a Dios y no lo encuentre; es que el hombre ni siquiera lo busca. Sus intereses están puestos en otra parte, en sí mismo, en su comodidad, en su placer, en su reputación. El pecado corrompe lo que nos motiva. Nos hace buscar lo que nos destruye y despreciar lo que nos salva. Un entendimiento oscurecido produce motivaciones torcidas.

Nuestras acciones (Salmo 14:1-3): “Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Y aquí se completa la cadena; si el entendimiento está nublado y los intereses están desviados, las acciones terminan contaminadas y esto no puede ser de otra manera. De una mente que no entiende y de una motivación que no busca a Dios, lo que sale son acciones que se desvían del camino. “Se hicieron inútiles”, dice Pablo. No es que no hagan nada; es que lo que hacen no sirve para lo que fue diseñado. El hombre fue creado para glorificar a Dios, y cuando su entendimiento y sus intereses están bajo pecado, incluso sus buenas acciones pueden nacer de una raíz podrida.

Nuestras palabras (Salmos 5:9, 140:3, 10:7): “Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura”. Pablo acumula tres citas distintas y todas apuntan a lo mismo: lo que sale de nuestra boca. Que nuestras palabras estén bajo pecado significa que la lengua del hombre, sin la gracia de Dios, es un instrumento de muerte. Sepulcro abierto; lo que sale huele a muerte. Veneno de áspides: las palabras pueden envenenar, destruir reputaciones, sembrar discordia, arruinar relaciones. Maldición y amargura: lo que hay adentro sale por la boca, y lo que hay adentro está contaminado. Piensen en cuánto daño se ha hecho en el mundo con palabras. Guerras que comenzaron con un discurso. Familias destruidas por una frase. Iglesias divididas por una lengua que no se controló.

Nuestro caminar, nuestra voluntad (Isaías 59:7-8): “Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz”. Que nuestra voluntad esté bajo pecado significa que nuestras decisiones y acciones se inclinan naturalmente hacia el mal. No es que el hombre tropiece y caiga en violencia; es que se apresura hacia ella. Sus pies corren en esa dirección y a su paso va dejando quebranto y desventura. No conocen el camino de paz: no porque no exista, sino porque no lo buscan. El ser humano, dejado a su voluntad natural, elige mal. Elige lo que le conviene, lo que le satisface, lo que alimenta su ego, aunque deje destrucción a su paso.

Nuestra relación con Dios (Salmo 36:1): “No hay temor de Dios delante de sus ojos”. Y esta es la raíz de todo lo anterior. Cuando no hay temor de Dios, no hay freno. La mente se pervierte, la boca se corrompe, los pies corren al mal, la voluntad se tuerce. Todo empieza aquí. El temor de Dios es lo que le pone un límite al hombre, y cuando ese límite no existe, lo que queda es exactamente lo que Pablo acaba de describir. Una humanidad que no piensa bien, no habla bien, no camina bien y no se relaciona bien con su Creador.

Hermanos, este no es un retrato del pagano solamente. No es un retrato del ateo. Es un retrato de la humanidad sin la gracia de Dios y eso nos incluye a todos. Ese es el punto de Pablo.

No podemos escapar del juicio implacable de la Palabra de Dios. Aunque los hombres han sido creados a la imagen de Dios, el pecado ha distorsionado esa imagen y la ha hecho sucia y borrosa.

Esto es contrario a lo que el mundo dice. Que somos buenos, que necesitamos solo unas mejoras externas, sacar nuestro potencial. Pero la verdad es que hay una avería de fábrica. Todo el mal del mundo, desde las guerras y los grandes actos de maldad hasta las pasiones desordenadas y sentimientos ocultos como la envidia o la avaricia, todos tienen el mismo origen: el pecado que ha contaminado todo nuestro ser.

¿Y entonces? ¿Cuál es la sentencia…?

3. LA SENTENCIA: TODOS SON CULPABLES (vv.19-20)

Romanos 3:19-20 (RVR1960):

Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.

Este pasaje es la sentencia. Y es una sentencia que no deja escapatoria. “Para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios”. Toda boca, no solo la boca del gentil, no solo la boca del judío. Toda boca. La imagen es la de un tribunal donde el acusado ya no tiene nada que decir en su defensa. Las pruebas se han presentado y el caso está cerrado. Solo queda guardar silencio ante el juez.

Y fíjense a quién le habla la Ley: Todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley. Pablo está mirando directamente al judío que pensaba que la ley era su escudo. La ley no te protege. La ley te acusa. Esa ley que tú pensabas que te ponía por encima de los gentiles es la misma que ahora te cierra la boca.

Pero también a los gentiles, los cuales, aunque decían no conocer la ley de Dios, la tenían escrita en sus corazones. Para ambos es lo mismo. Nadie puede jactarse de la ley.

“Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él”. Nadie puede, por medio de su obediencia a la ley, declararse justo ante Dios.

El daño del pecado es tan profundo que pretender cambiarlo con el parche de nuestras acciones religiosas no lo resuelve. El hombre necesita algo más profundo que una lista de cosas que cumplir.

Y Pablo da la razón: Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Esa es la función de la ley.

Dios no dio la Ley para justificarnos. La dio para que se hiciera evidente lo que ya estaba dentro de nosotros. La ley es la medida objetiva de lo que quebrantamos. Si no existiera, todos se sentirían como buenos. Pero la ley pone el espejo delante de nosotros y nos muestra lo que somos. Es el termómetro que no cura la fiebre, pero te dice que la tienes.

Así que pretender usar la ley como una forma de justificarnos es un esfuerzo sin provecho. La herramienta que Dios diseñó para diagnosticar el pecado no puede ser la misma que lo cure.

Necesitamos otro tipo de justicia. Tiene que haber una forma en la que definitivamente podamos ser justos, en la que sea arrancada la culpa del pecado y su efecto dañino. No un parche. No un intento humano de mejorar. Algo que venga de afuera, porque lo que tenemos adentro está corrompido. Eso es lo que Pablo había presentado desde el principio: ¡El evangelio de la justicia de Dios!

Necesitamos la justicia de Dios, no la nuestra, y esa es la buena noticia del evangelio.

Pablo ha cerrado su caso. Los cargos están presentados: todos están bajo pecado. Las pruebas son contundentes: la Escritura misma lo testifica desde el carácter hasta las acciones, desde la boca hasta los pies, desde la mente hasta la relación con Dios. Y la sentencia es clara: toda boca cerrada, todo el mundo bajo juicio, y ninguna obra de la Ley capaz de justificar a nadie.

Si la carta a los Romanos terminara aquí, no habría esperanza. Si el último versículo fuera el 20, estaríamos perdidos. Toda la humanidad condenada, sin excepción, sin escapatoria, sin defensa, pero Pablo no se detiene aquí porque lo que viene después es la razón por la cual el evangelio se llama buena noticia. En el versículo 21, Pablo va a escribir dos palabras que cambian la dirección de toda la carta: “Pero ahora”.

Por el momento se ha manifestado la justicia de Dios. No la justicia que nosotros podamos producir, sino la justicia que Dios da. No por obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo. Esa justicia que necesitábamos, esa que tiene que venir de afuera porque lo de adentro está corrompido, esa es la que Dios ofrece en Cristo.

Hermanos, por eso el evangelio es una buena noticia. No porque nos diga que somos buenos, sino porque nos dice que, siendo malos, Dios proveyó lo que nosotros jamás podríamos proveer. Y eso lo vamos a ver en detalle en el próximo sermón, pero hoy, que el peso de este veredicto haga su trabajo en tu corazón. Si todavía piensas que eres lo suficientemente bueno para Dios, Pablo te acaba de cerrar la boca.

Si todavía confías en tu religiosidad, en tus obras, en tu conocimiento bíblico, Pablo te acaba de mostrar que nada de eso te justifica. Lo único que te queda es guardar silencio ante el juez y esperar su veredicto.

Y el veredicto de Dios para el que cree en Cristo es: justificado. No por lo que hiciste, sino por lo que Él hizo.