Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 3:21-26
Del Once de Noviembre
Mañana brilla el sol
Salud al gran suceso
De nuestra redención.
Cayeron las cadenas
De la libertad sublime
Derrama en todo el orbe
Su bendecida luz.
La humanidad entera
Esclavizada gime
Comprende las doctrinas
Del que murió en la cruz.
Este es un fragmento del poema “Himno Patriótico” escrito por Rafael Núñez, siendo secretario de gobierno de Bolívar. Apareció en el periódico La Democracia, de Cartagena, coincidiendo con las celebraciones del 39 aniversario de la independencia de esa ciudad (el 11 de noviembre de 1811) y se adaptó más adelante para convertirse en parte de nuestro himno nacional.
La mente del poeta estaba puesta en la libertad de lo que consideraban “el yugo español”, y con el tiempo la frase “cayeron las cadenas” se cambió por “cesó la horrible noche”. Sin embargo, estas bellas palabras son apenas una expresión humana de lo que describe nuestro texto hoy, que sucedió en los cielos y la tierra el día que Cristo abrió sus brazos en la cruz para entregar su vida por nuestros pecados.
Un día, para el mundo cubierto en tinieblas, esas tinieblas retrocedieron y resplandeció el sol de justicia Un día, después de las tinieblas, hubo luz.
Hemos llegado a un pasaje que es considerado el corazón de la carta a los Romanos. Aunque en esta epístola hay tantos párrafos memorables que uno se vería en problemas para escoger uno solo, no cabe duda de que este resume de manera precisa el propósito del evangelio, cómo se ha manifestado y lo que representa para el creyente la verdad de un Cristo que ha llevado el precio de nuestros pecados.
En los versículos 21 al 26, Pablo retoma la conversación donde había quedado en el versículo 1:17, donde introdujo el tema de la justicia de Dios: el evangelio revela la justicia de Dios. Lo que hace que los versículos 1:18 hasta 3:20 sean un gran paréntesis para describir el lamentable estado del hombre caído y los efectos del pecado. Y ahora, después de ese largo paréntesis, Pablo vuelve al tema central.
El pecado aleja de Dios. Eso lo hemos visto con detalle a lo largo de estos capítulos. Pero no podemos construir puentes falsos para acercarnos a él. No con la Ley, no con la circuncisión, no con el moralismo, no con la religiosidad. Necesitamos ser justos para acercarnos a Dios, y Dios ha provisto eso en la persona de Cristo. De modo que con su justicia podemos estar de pie delante de él.
El argumento de este sermón es el siguiente:
Todos los que creen en Cristo son declarados justos delante de Dios.
Y lo vamos a desarrollar en tres partes.
1. La manifestación de la justicia de Dios (v. 21)
2. El alcance de la justicia de Dios (vv. 22-25)
3. El propósito de la justicia de Dios (v. 26)
1. LA MANIFESTACIÓN DE LA JUSTICIA DE DIOS (v. 21)
Romanos 3:21 (RVR1960):
Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas.
“Pero ahora.” Dos palabras. Después de todo lo que Pablo ha dicho desde el capítulo 1, versículo 18 —la ira de Dios contra el paganismo, contra el moralismo, contra la religiosidad, el veredicto de que no hay justo ni aun uno, que toda boca quede cerrada y todo el mundo bajo juicio—, después de todo eso, Pablo dice: “Pero ahora.” Es el contraste más grande de toda la carta. Es como si hubiéramos estado caminando por un túnel oscuro durante tres capítulos y de repente alguien abriera una puerta y entrara la luz. Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios.
Esas dos palabras marcan un antes y un después. Todo lo que vino antes era el diagnóstico. Todo lo que viene ahora es el remedio. Y Pablo quiere que entendamos que este remedio no es una improvisación. No es un plan B que Dios tuvo que inventar porque el plan A falló. Fíjense en lo que dice: “testificada por la ley y por los profetas”. La Ley y los profetas ya hablaban de esto. Moisés ya apuntaba hacia esto. Isaías ya lo anunciaba. Todo el Antiguo Testamento es un dedo señalando hacia la cruz.
Y ahí hay algo interesante, porque Pablo dice dos cosas que parecen contradecirse, pero que en realidad se complementan.
Dice “aparte de la ley” y al mismo tiempo dice “testificada por la ley y por los profetas”. Es una discontinuidad y una continuidad al mismo tiempo. Discontinuidad porque esta justicia no viene por cumplir la Ley. No es el resultado de nuestro esfuerzo legal ni de nuestras obras religiosas. Es algo completamente diferente, algo que opera por fuera del sistema de la Ley. Pero es también una continuidad porque no es algo nuevo.
La Ley y los profetas ya daban testimonio de ella. El sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, los corderos, la sangre derramada, el día de la expiación, todo eso apuntaba hacia adelante, hacia el sacrificio definitivo que vendría en Cristo.
Eso significa que la justicia de Dios siempre ha sido por fe en el Hijo de Dios. Incluso para los que vivieron antes de Él. Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, y Pablo lo va a desarrollar en el capítulo 4.
El pueblo de Dios en el Antiguo Testamento no fue salvo por los sacrificios en sí mismos, sino por la fe en lo que esos sacrificios representaban: que Dios proveería un Cordero. Y Dios proveyó.
Y hermanos, en términos prácticos, esto es central para la manera en que leemos la Biblia. La Biblia no es una colección de libros desconectados. Es una sola historia. Con una trama más o menos como sigue:
Dios crea al hombre para que le dé Gloria, la caída en pecado separa al hombre de Dios, pero en la Cruz, Dios vuelve a reconciliar al hombre para que de Él sea toda la Gloria.
Cuando Adán y Eva pecaron y fueron expulsados del jardín, Dios no los abandonó. Les hizo una promesa: la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. Y desde ese momento toda la Escritura se mueve hacia el cumplimiento de esa promesa. Eso es el “pero ahora”. No es solo un giro en la carta de Pablo. Es el giro de toda la historia de la redención.
2. EL ALCANCE DE LA JUSTICIA DE DIOS (vv. 22-25)
Romanos 3:22-25 (RVR1960):
La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados.
Pablo acaba de decir que la justicia de Dios se ha manifestado aparte de la Ley. Ahora explica cómo se recibe y hasta dónde llega, es decir, el proceso, el cómo.
Y lo primero que dice es que esta justicia es “por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” Porque no hay diferencia.” Para todos. Sin diferencia. Así como en el sermón anterior vimos que todos están bajo pecado sin excepción, ahora Pablo muestra el reverso de esa idea y es que la salvación está disponible para todo el que cree sin excepción. El pecado nos igualó en la condenación. La fe nos iguala en la salvación.
Y noten que Pablo dice “fe”, no “obras”. No “méritos”. No “esfuerzo”. Fe. La fe no es algo que tú produces para ganarte el favor de Dios. La fe es la mano vacía extendida que recibe lo que Dios ofrece. No es un logro. No es una obra más sofisticada que reemplaza a las obras de la Ley. Es confiar. Es descansar en lo que otro hizo por ti. Y eso está disponible para todos, para el judío y para el gentil, para el religioso y para el que nunca pisó una sinagoga, para el que conoce la Biblia de memoria y para el que acaba de escuchar el evangelio por primera vez.
Ahora quiero que veamos en detalle 3 palabras que son claves para entender este proceso.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” La primera es, destituidos. Significa estar lejos, estar privados de algo que deberíamos tener. El hombre fue creado para vivir en la gloria de Dios, en comunión con él, reflejando su imagen. Pero el pecado nos destituyó de esa posición. Nos sacó de ahí. Nos alejó. Esa es la distancia que el pecado produce. No es solo que hacemos cosas malas. Es que estamos lejos de donde deberíamos estar. Lejos de la gloria para la cual fuimos diseñados. Eso se ve claramente en la escena de un ángel que custodiaba el camino de regreso al huerto con una espada encendida (Gen 3:22-24).
La segunda palabra que quiero que atendamos es redención. “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”. En el mundo antiguo, y esto era con lo que tanto judíos como gentiles romanos estaban familiarizados, la redención era el precio que se pagaba para liberar a un esclavo. Alguien compraba la libertad de otro. Eso es lo que Cristo hizo. Nosotros estábamos esclavizados bajo el pecado —eso es lo que vimos en el sermón anterior, que todos están “bajo pecado”, bajo su señorío— y Cristo pagó el precio para sacarnos de ahí. Nuestra libertad del pecado no nos costó nada a nosotros, pero le costó todo a Cristo. Pero además de redimirnos, el Señor en un mismo acto pagó la deuda que teníamos con Él.
Y esta es precisamente la tercera palabra, quizás la más densa de todas: propiciación. “A quien Dios exhibió públicamente como propiciación por Su Sangre a través de la fe como demostración de Su justicia.” La propiciación es el sacrificio que satisface la justicia de Dios. En el Antiguo Testamento, el día de la expiación, el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo y rociaba sangre sobre el propiciatorio, que era la tapa del arca del pacto, que estaba vigilada por dos querubines y donde reposaban las tablas de la ley y la vara de Aarón reverdecida, para cubrir los pecados del pueblo. Esa sangre era la que hacía posible que un Dios santo pudiera seguir habitando en medio de un pueblo pecador. Era el sacrificio que alejaba la ira de Dios. Cuando Dios se acercaba para reclamar justicia contra los que habían violado su ley, encontraba sangre de un cordero inocente.
Pero esos sacrificios se repetían año tras año precisamente porque no resolvían el problema de fondo. Eran una sombra, una anticipación de algo definitivo que vendría. Y lo que Pablo dice aquí es que Cristo es ese sacrificio definitivo. Dios lo puso como propiciación. No fue un accidente. No fue una tragedia que Dios aprovechó. Fue el plan de Dios desde antes de la fundación del mundo. Cristo derramó su sangre para satisfacer la justicia de Dios de una vez y para siempre.
El día de la muerte de Cristo en la cruz, la ira del Padre se asomó desde el cielo, la tierra tembló, todo se hizo oscuridad, pero él vio la sangre de un cordero inocente y sin mancha todavía cayendo por los costados del mareo. Una vez recibe ese sacrificio, todas las tinieblas retrocedieron. Mis amados, ese día, el precio de nuestra redención y el pago de nuestra deuda se efectuó y fuimos completamente libres del pecado y del juicio. ¡Aleluya!
¿Ven la progresión? Destituidos, estábamos lejos, privados de la gloria de Dios. Redención: Cristo pagó el precio para liberarnos de la esclavitud del pecado. Propiciación: Su sacrificio satisfizo la justicia de Dios y abrió el camino para acercarnos. Son tres palabras que marcan el evento de distancia y el proceso por el cual vamos siendo acercados a Dios.
Y eso le da sentido a lo que mencionamos hace un momento sobre el Antiguo Testamento. No eran los sacrificios ni el sistema lo que salvaba al judío. Era la fe en lo que esos sacrificios representaban: que Dios estaba proveyendo una manera de acercar al pecador. Esa es la misma fe que necesita todo el que está lejos: confianza en que Dios ha hecho en Cristo lo que nosotros jamás podríamos hacer por nosotros mismos.
¿Y todo esto para qué? ¿Cuál es el propósito? Lo que debe quedar claro es que nosotros no somos el propósito final de una obra tan grande; algo tan glorioso solo puede atribuirse a alguien digno de dicha obra.
3. EL PROPÓSITO DE LA JUSTICIA DE DIOS (v.26)
Romanos 3:26 (RVR1960):
…como demostración de Su justicia, porque en Su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo Su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús…
Pablo cierra este pasaje revelando el propósito detrás de todo lo que acaba de describir. Y el propósito es Dios mismo.
Todo lo que Dios hizo en Cristo —la encarnación, la vida perfecta, la cruz, la resurrección— lo hizo para manifestar su justicia. Para exhibir su sabiduría y su majestad. Para que el universo entero vea quién es él. Dios no salvó al pecador a expensas de su santidad. El Señor no miró hacia otro lado para dejarnos pasar; lo que hizo fue algo mucho más glorioso: castigó el pecado en la persona de Cristo y ahora, como consecuencia, puede mostrar misericordia sin comprometer su carácter.
A fin de que él sea el justo, y el que justifica. Dios es el justo; no ha dejado el pecado sin castigo, ni ha pasado por encima de su santidad como si el pecado no existiera. Cada pecado ha sido juzgado. La cuenta ha sido pagada. Y al mismo tiempo, Dios es el que justifica, declara justo al pecador que pone su fe en Jesús. Las dos cosas al mismo tiempo. Justicia plena y misericordia plena. Sin sacrificar una por la otra.
Imaginen un tribunal. Un juez, un acusado. El juez demanda justicia, pero sabe que el acusado no puede proveerla, así que baja de su estrado, toma a su hijo, que sabe que es completamente inocente, lo pone en lugar de ese acusado y ahora sube de nuevo a su estrado para dictar la sentencia sobre su propio hijo y absolver al culpable.
Hermanos, esa es la maravilla del evangelio. Cualquier juez humano que perdona al culpable compromete la justicia. Y cualquier juez que aplica la justicia sin misericordia deja al culpable sin esperanza. Pero Dios logró ambas cosas en la cruz. En la cruz se cumplió la justicia porque el pecado fue castigado. Y en la cruz se derramó la misericordia porque el castigo cayó sobre Cristo, no sobre nosotros. Dios no tuvo que elegir entre ser justo y ser misericordioso. En Cristo fue ambas cosas de manera perfecta.
Mi amigo, mi hermano, eso es lo que el Señor nos llama a creer. Es el asombroso mensaje del Evangelio. Es la gloria de Dios manifestada en su justicia. ¿Tú crees eso? Te lo pregunto de nuevo: ¿tú crees eso? Que el inocente hijo de Dios fue castigado en tu lugar para que tú fueras absuelto. Si lo crees, no veo cómo no puedas vivir para él, con gratitud, en santidad y haciendo lo que le agrada.
Ahora entendemos cómo un evento ocurrido hace más de dos mil años puede tener el poder de traer una transformación tan gloriosa. Porque cuando entendemos ese mensaje y lo que implica, produce en nosotros un profundo rechazo por el pecado y un profundo amor por Aquél que ha dado a su Hijo amado por nosotros.
La horrible noche de nuestra esclavitud cesó el día en que de la cruz la luz resplandeció. La gloria de Dios hizo retroceder nuestra oscuridad y quebró las cadenas que nos ataban al señorío del pecado.
Cristo nos ha acercado. Cristo nos ha rescatado. Él ha sido el precio y él ha sido la ofrenda por nuestros pecados. La ira del Padre ha sido aplacada. Ahora podemos acercarnos con confianza.
Mis hermanos, he aquí el evangelio: que nosotros estábamos muertos en nuestros pecados y Cristo dio su vida para redimirnos.
Cada vez que pensamos en la muerte de Cristo, es esto lo que viene a nuestra mente. No puede ser algo trivial. Esto debe llevarnos siempre a una gratitud permanente, a un gozo constante y al descanso definitivo de nuestras obras. Ya no tenemos que esforzarnos por ganar lo que ya fue dado. Ya no tenemos que cargar con una culpa que ya fue pagada. Ya no tenemos que construir puentes hacia Dios porque él ya construyó el suyo en la cruz.
Y todo esto para que Dios sea glorificado. Para que él sea conocido como el Dios que puede perdonar el pecado. Como el Dios que extiende su misericordia sin comprometer su justicia. El justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.
