Cinco mujeres y una herencia

«El Señor mandó a Moisés que se nos diera heredad entre nuestros hermanos» (Josué 17:4, NBLA)

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Los capítulos de hoy son, en su mayoría, geografía. Fronteras de las tribus de José, Efraín y Manasés, nombres de ciudades, líneas en un mapa. Es fácil leerlos en piloto automático. Pero de pronto el relato se detiene, deja los mapas a un lado y enfoca a cinco mujeres que se plantan delante de Josué. Cinco hermanas sin padre y sin hermano, que vienen a reclamar algo que parecía imposible para alguien como ellas. Y lo que sucede ahí nos dice mucho del Dios al que servimos.

Entendiendo el pasaje

Se llamaban Majla, Noa, Hogla, Milca y Tirsá, las hijas de Zelofehad, de la tribu de Manasés. Su padre había muerto en el desierto y no dejó hijos varones. En aquella sociedad eso era casi una sentencia. La herencia pasaba de padre a hijo, y una familia sin hombres se quedaba sin tierra, sin lugar, sin futuro. Ellas quedaban a la deriva. Pero años atrás, cuando aún vivía Moisés, estas mujeres ya se habían atrevido a hablar. Fueron ante él, le plantearon su caso (Números 27), y Dios mismo falló a su favor, cambiando la manera en que se repartía la herencia.

Ahora, en el momento del reparto, vienen a cobrar esa palabra. Se paran delante del sacerdote Eleazar, de Josué y de los jefes, y dicen, «el Señor mandó a Moisés que se nos diera heredad entre nuestros hermanos» (17:4). No piden un favor, recuerdan una promesa. Y el texto lo cierra con una frase que lo dice todo, se les dio su heredad «conforme al mandato del Señor». Lo que Dios había prometido por medio de Moisés, lo cumple ahora por medio de Josué. Ni una sola palabra suya se cae al piso.

Tres verdades bíblicas

1. Se acercaron confiando en la promesa

Detente en el valor de estas mujeres. Se paran frente a toda la autoridad del pueblo, el líder, el sacerdote y los jefes, y hablan. No lo hacen con arrogancia, tampoco con timidez. Vienen firmes, porque saben que no están inventando nada. Traen en la mano una palabra que Dios ya había dado. Esa es la fuente de su confianza. No se apoyan en su fuerza ni en su posición, porque no tenían ninguna de las dos, se apoyan en lo que Dios dijo.

Qué lección para nosotros. La fe y la oración valientes no nacen de sentirnos dignos o capaces, nacen de tomarle la palabra a Dios. Podemos acercarnos a él con confianza, aunque no tengamos nada que ofrecerle, porque él prometió recibirnos.

2. Dios hace lugar para los que no tienen voz

Piensa en quiénes eran ellas a los ojos de su mundo. Mujeres, huérfanas, sin un hombre que las respaldara. Justo las que una sociedad así dejaría al final de la fila, o directamente afuera. Y sin embargo, Dios detiene todo el proceso del reparto para atenderlas. Cambia la costumbre establecida con tal de hacerles un lugar. La justicia de Dios se inclina hacia el que no tiene con qué defenderse.

Este es el Dios de la Biblia, de principio a fin. El que oye el clamor del esclavo en Egipto, el que defiende a la viuda y al huérfano, el que levanta del polvo al pobre. No es el Dios de los fuertes y de los que ya lo tienen todo. Es el Dios que ve al que nadie ve y le hace un lugar en su mesa. Y mira algo más, estas mujeres no peleaban solo por su comodidad de hoy. Al asegurar su heredad, aseguraban un futuro para los hijos y los nietos que vendrían después. La provisión de Dios, cuando llega, se derrama hacia adelante, hasta los que todavía no han nacido.

3. En Cristo somos herederos por promesa

Y aquí es donde esta historia nos alcanza a todos. ¿Por qué recibieron su herencia estas cinco mujeres? No la ganaron por lo que aportaban ni por el lugar que ocupaban en su mundo. La recibieron por una sola razón, porque Dios lo había prometido.

Ese es, palabra por palabra, el corazón del evangelio. La herencia del cielo no se gana por mérito ni por linaje. Los que por nosotros mismos no teníamos ningún derecho, somos hechos hijos y herederos, por pura gracia, en Cristo. Como escribió Pablo, «si sois de Cristo… entonces sois descendientes de Abraham, herederos según la promesa» (Gá 3:29). Cinco mujeres sin voz recibieron tierra porque Dios habló. Y nosotros recibimos el cielo por esa misma razón, porque Dios, en su Hijo, prometió y cumple.

Reflexión y oración

La herencia no se gana con méritos, sino que se recibe de un Dios que cumple lo que promete.

Padre, gracias porque eres el Dios que ve a los que nadie ve y les hace lugar. Gracias porque no mides a las personas por su fuerza ni por su posición, y te inclinas hacia el que no tiene con qué defenderse. Y gracias, sobre todo, porque a nosotros, que por nuestra cuenta no teníamos ningún derecho a tu herencia, nos hiciste hijos y herederos en Cristo, por pura promesa. Danos la confianza de aquellas cinco mujeres para acercarnos a ti aferrados a tu palabra. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Josué 16-17, Salmos 148, Jeremías 8, Mateo 22

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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