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¿Quién nos separará del amor de Dios?

Romanos 8:35-39
6 Sep 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 8:35-39

La vida cristiana no es una sala de espera. No estamos aquí sentados, resignados, matando el tiempo hasta que Dios cumpla lo que prometió. A nosotros se nos llama a algo distinto, y es a vivir con una convicción firme sobre lo que va a ocurrir el último día, que nadie podrá acusarnos y nadie podrá condenarnos. De eso hablamos el domingo pasado.

Pero hay una segunda convicción, y es la que nos ocupa esta mañana. Mientras ese día llega, en este tiempo presente, nosotros experimentamos el amor y el cuidado de Dios. No después. Ahora. Y lo experimentamos incluso en medio de padecimientos que, como ya vimos en esta misma carta, Dios hace que obren para nuestro bien.

Lo que quiero decirles es que no vivimos en un limbo. Piénsenlo así. Hay una obra terminada atrás, en la cruz, y hay una obra que se completará adelante, el día en que seamos redimidos por completo. Y uno a veces se imagina la vida cristiana como el espacio vacío entre esas dos cosas, como quien queda varado en un aeropuerto entre el vuelo que ya aterrizó y el que todavía no sale, sentado ahí, esperando que pase el tiempo sin que nada ocurra. Eso no es lo que enseña Romanos.

Nuestro Dios no está ausente de la escena. Está metido, ahora mismo, en el desarrollo de la vida de cada uno de sus hijos.

Porque el creyente vive con dos grandes inquietudes, y ya nombramos la primera. La segunda es esta: ¿podemos estar seguros en esta vida, aquí, en medio de los padecimientos? Cuando llega la enfermedad, cuando llega la pérdida, cuando llega el rechazo por causa de Cristo, ¿sigue Dios amándonos, o hay algo en todo eso con fuerza suficiente para arrancarnos de sus manos?

Ese es el argumento que quiero presentarles esta mañana:

El creyente puede vivir seguro en sus padecimientos, porque no hay nada que lo pueda separar del amor de Dios.

Pablo lo arma como un sándwich, en tres movimientos. Primero hace la pregunta y pone sobre la mesa siete amenazas reales. Después, en el centro, mete el sufrimiento de lleno y lo declara vencido. Y al final vuelve a la pregunta y la responde recorriendo el universo entero para declararlo incapaz.

Así que veremos el sermón a la luz de los siguientes encabezados:

  • La realidad de los padecimientos
  • La inevitabilidad de los padecimientos
  • La victoria sobre los padecimientos

Antes de entrar al texto, quiero que veamos la relación de este pasaje con el del domingo pasado, porque son dos mitades de una misma respuesta.

La semana pasada dijimos que el creyente carga dos temores. El primero es el temor al veredicto, presentarse un día ante el trono y escuchar una sentencia en contra. Ese quedó resuelto. El tribunal está cerrado, el Juez ya falló a nuestro favor y el Abogado está a su diestra con las cicatrices en las manos. Nadie puede acusarnos.

El segundo temor es distinto, y es el que Pablo toma ahora. Que algo de este mundo, mientras esperamos ese día, nos arrebate lo que ya tenemos en Cristo.

Y fíjense en cómo formula la pregunta, porque tiene la misma forma de la del versículo 31 pero cambia de registro. Allá preguntó “¿quién estará contra nosotros?”, que es lenguaje de tribunal. Aquí pregunta “¿quién nos separará del amor de Cristo?”, que es lenguaje de relación.

Y ese cambio importa. Un juez puede declararte inocente y no volver a acordarse de ti nunca más en su vida. Cristo en cambio, te declara inocente y además te ama, y de ese amor no hay nada que te saque.

Y noten dónde nos deja esto en el recorrido de la carta. Nosotros hemos venido insistiendo en el para qué nos salva Dios, y este pasaje es la última palabra del bloque que abrió en el capítulo 5. Allá Pablo dijo que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. Aquí, tres capítulos después, declara que ese mismo amor es inquebrantable.

Es impresionante porque, los primeros capítulos nos pusieron primero bajo la ira de Dios pero a estas alturas termina abrazándonos en un amor del que nada nos saca.

1. La realidad de los padecimientos (v. 35)

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

Y esta pregunta, a diferencia de la primera, nos deja ver otra manera de relacionarnos con Dios.

La semana pasada estábamos en una sala de tribunal, y la figura que teníamos delante era la de un Abogado. Cristo a la diestra del Padre, respondiendo por nosotros. Ahora bien, un abogado te defiende, y eso ya es mucho, pero un abogado puede defenderte sin tener ningún afecto por ti. Hace su trabajo, gana el caso y sigue con el siguiente expediente. Aquí Pablo abre otra puerta. Aquí ya no estamos delante de un defensor, estamos delante de un Padre que ama.

Y a un Padre así, ¿quién le arranca un hijo? Este es el mismo Padre del versículo 32, el que no escatimó ni a su propio Hijo sino que lo entregó por nosotros. ¿Quién puede separar a un hijo del Padre que ya entregó lo más valioso que tenía por él? Ahora, si uno raspa la pregunta hasta el fondo, lo que queda debajo es otra pregunta. ¿Habrá algo en este mundo que haga que un día Dios deje de amarnos?

Y es una pregunta importante, hermanos, porque casi siempre es la primera que se nos viene a la cabeza cuando sufrimos. Nadie la dice en voz alta, pero está ahí. Uno recibe el diagnóstico, o se entera de la traición, o entierra a quien no esperaba enterrar, y lo primero que se siembra en la cabeza es la duda. ¿Puede un Dios que me ama permitir un sufrimiento así? Y de esa duda a la siguiente hay un paso muy corto, porque si Él lo permitió, entonces tal vez ya no me ama tanto.

Así que la pregunta del versículo 35 nos pone de frente con el tema central de estos versículos, que no es otro que el amor inquebrantable de Dios.

Y para hacer la pregunta, Pablo no habla del sufrimiento en abstracto. Pone una lista. Porque tal como lo dice Santiago (Stg 1:2), las pruebas son “diversas”, no siempre vienen de la misma naturaleza ni con la misma cara. Y estas siete que Pablo nombra son bien distintas entre sí, pero guardan una relación más o menos progresiva:

  • Tribulación. La palabra tiene la idea de presión, un peso que aplasta desde afuera.
  • Angustia. En griego es literalmente un lugar estrecho, la sensación de estar acorralado sin salida.
  • Persecución. Ser perseguido por causa del nombre de Cristo.
  • Hambre. La falta de lo más básico para sostener el cuerpo.
  • Desnudez. La indigencia, no tener ni con qué cubrirse.
  • Peligro. La amenaza que ronda, el riesgo constante del camino.
  • Espada. La muerte violenta, la ejecución.

Noten cómo va subiendo la escalera. Esto se ve como un asedio, como sitiar una ciudad amurallada, acorralar hasta que no tenga provisiones y se muera. Empieza con el peso interior y termina con el filo del metal. Todas eran la vida corriente de la iglesia a la que Pablo escribía, una iglesia en la capital del imperio que sabía perfectamente de qué estaba hablando.

Ahora, aunque estas formas de sufrimiento estaban ligadas a lo que padecía la iglesia como cuerpo, Pablo también tiene en mente al que sufre solo. Y él mismo es el ejemplo. Miren lo que escribe en 2 Corintios 11, cuando hace el recuento de su vida: peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, y después hambre y sed, y frío y desnudez. Peligro, hambre, desnudez, las mismas palabras. Y en el capítulo 12 agrega que se complace en las persecuciones y en las angustias por amor a Cristo. Persecución y angustia, otra vez las mismas palabras.

Pablo no está armando una lista de posibilidades remotas. Está haciendo el inventario de su propia vida. De las siete, la única que no había vivido todavía era la última, y según la tradición fue la que finalmente lo alcanzó en Roma. El que escribe esta lista la escribe con cicatrices, y por eso cuando llega y dice que ninguna de estas cosas pudo separarlo del amor

Y quiero que saquemos dos cosas de aquí antes de seguir.

La primera es que no todos sufrimos igual. No todo sufrimiento pesa lo mismo ni tiene la misma intensidad en el que lo carga, y tampoco viene siempre del mismo lugar. A veces sufrimos por el pecado de otro, por lo que alguien nos hizo y nosotros no buscamos. A veces sufrimos como consecuencia de nuestro propio pecado, y ese duele distinto porque uno sabe de dónde salió. Y a veces sufrimos por cosas naturales, por un cuerpo que se enferma y un mundo que gime esperando la redención.

Así que tengamos cuidado con medir el dolor ajeno con nuestra propia regla, o con salir a explicarle a un hermano de dónde viene lo suyo. Pero también hay algo que no podemos perder de vista, y es que ninguna de esas fuentes queda fuera del control del Señor. Ni el pecado del otro, ni las consecuencias del nuestro, ni la enfermedad. Ni siquiera el sufrimiento se le escapa de las manos.

Y la segunda es que ser creyente no significa no sufrir. Fíjense bien en lo que Pablo pregunta y en lo que no pregunta. Él no pregunta si estas cosas nos van a tocar. Las da por descontadas, y por eso las nombra una por una. Lo que pregunta es si alguna de ellas tiene la fuerza para separarnos.

Y ahí está la diferencia. Lo que Dios promete aquí no es inmunidad contra el sufrimiento, sino  que seremos guardados cuando el sufrimiento aparezca. No es que la tribulación no venga, es que cuando venga no nos va a arrancar de sus manos. No importa cuán grande sea el sufrimiento, no tiene con qué separarnos.

Ahora, si el sufrimiento es algo que Pablo da por descontado en la vida del creyente, la pregunta obvia es por qué. Y a eso se dedica el versículo siguiente.

2. La inevitabilidad del sufrimiento (vv. 36-37)

Tal como está escrito: “Por causa Tuya somos puestos a muerte todo el día; somos considerados como ovejas para el matadero”. Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.

Y en el versículo 36 Pablo hace algo que parece una desviación. Uno esperaría la respuesta de una vez, y en cambio se detiene a citar el Salmo 44. Pero esa cita es el centro de este sándwich, y ahí están algunas de las razones por las que el sufrimiento no debería tomar por sorpresa al creyente.

La primera es recordarnos que el sufrimiento es parte esperada de la vida cristiana. No es un accidente en el sistema o una fallo de la matrix, no es una señal de que algo salió mal. Pablo ya lo había dicho en el capítulo 5, que nos gloriamos en las tribulaciones. Y lo dijo hace unos versículos, en el 17, que somos coherederos con Cristo si es que padecemos con Él. Nadie prometió exención.

La segunda es arraigar nuestra experiencia en la del pueblo de Dios del Antiguo Pacto. Y noten de dónde saca la cita. El Salmo 44 es un lamento del pueblo que está siendo aplastado, y lo notable es lo que el salmista dice unos versos antes. Dice que todo esto les ha venido encima y que aun así no se han olvidado de Dios ni han faltado a su pacto. Es decir, no están sufriendo por infieles. Están sufriendo por fieles. “Por causa Tuya somos puestos a muerte todo el día.”

Así que lo que vivimos no es una anomalía nueva. Es la historia de siempre de los santos.

¿Y por qué está asegurado el sufrimiento en este mundo caído? Porque vivimos en contra de su corriente. El que nada río abajo no siente el agua; el que nada río arriba la siente toda. Le pertenecemos a un Rey que este mundo no reconoce y esperamos una ciudad que este mundo

Ahora, cuidado aquí, porque de esto se abusa mucho. Que el sufrimiento sea inevitable no significa que todo el que sufre esté sufriendo por causa del Señor. Hay quien pierde el trabajo por irresponsable y dice que lo persiguen por cristiano, y hay quien se hace insoportable con la gente y luego llama persecución al rechazo que se ganó solo.

El apóstol Pedro pone esto en su lugar. Dice que ninguno de nosotros sufra como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entrometerse en asuntos ajenos, porque ese sufrimiento no tiene ninguna gloria y es la cuenta que uno mismo pidió. Pero si alguno sufre como cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios en ese nombre, porque el Espíritu de gloria reposa sobre él. En ese sufrimiento nos parecemos a Cristo.

Esa es la línea. No todo dolor es una cruz. Pero cuando el dolor viene por causa de Cristo, es hi donde el Señor ha prometido socorrernos.

Y a la iglesia de Roma esto no era desconocido.

Pablo escribe esta carta desde Corinto, alrededor del año 57. Siete años después, en julio del 64, un incendio arrasó Roma. De catorce barrios solo quedaron cuatro en pie. Y empezó a correr entre la gente el rumor de que el fuego se había prendido por orden del emperador. Nerón necesitaba callar ese rumor, y para callarlo consiguió culpables. El historiador romano Tácito, que no era cristiano y que de hecho habla de los cristianos con desprecio, cuenta que Nerón les cargó la culpa y los hizo ejecutar con crueldades que él mismo describe como extremas, hasta el punto de que en Roma llegó a haber lástima por ellos.

Piensen en esto. Los hermanos que recibieron esta carta y escucharon leer en voz alta “somos considerados como ovejas para el matadero” no sabían todavía lo literal que se les iba a volver esa frase. Siete años después la estaban viviendo.

Y esa clase de presión no se acabó con Nerón. Del siglo siguiente nos queda el relato de la muerte de Policarpo, el anciano obispo de Esmirna. Lo llevan al estadio y le hacen una oferta que parecía fácil. Solo tenía que decir tres palabras, “César es Señor”, y ofrecer un poco de incienso, y lo dejaban ir. Le insistieron con la lógica de siempre. ¿Qué daño hay en decirlo? Policarpo se negó, y lo quemaron.

Solo tres palabras. Pero esas tres palabras eran justamente el punto, porque él ya tenía un Señor y no había lugar para dos.

Hermanos, ser cristianos en este mundo nos va a costar, y el Señor mismo lo puso como condición de entrada. “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.” No lo dejó para el final, como requisito de los avanzados. Lo puso en la puerta.

Por eso no le creamos a la mentira de que ser cristiano es entrar en la generación de los campeones, que ahora somos invencibles y que de aquí en adelante nos irá bien en todo. Eso no lo enseña la Escritura como una garantía absoluta. Y el día que la enfermedad toque la puerta del que se lo creyó, se le cae todo el edificio, eso es lo triste.

Hoy vemos a muchos creyentes experimentando crisis de fe porque no saben cómo enfrentar sufrimiento, primero porque no se les preparó para eso y segundo porque les vendieron la idea de un cristiano verdadero no sufre y si sufre es porque está en pecado. Nada más lejos de la realidad.

Lo que sí dice este texto es otra cosa, y es mejor.

“Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.”

Noten primero “En todas estas cosas.” Es en medio de “estas cosas” dice el autor, que somos más que vencedores. La victoria no es lo que pasa cuando termina la tribulación; es lo que está pasando mientras dura.

Y “más que vencedores” traduce un verbo griego poco común, hypernikáo, que es el verbo normal de vencer con un prefijo encima que lo intensifica. Vencer con creces. Pablo pudo haber dicho que vencemos y ya habría sido bastante, pero le pareció corto.

¿Por qué corto? Acuérdense del versículo 28, que todas las cosas cooperan para bien a los que aman a Dios. Dios no solamente nos libra del sufrimiento, sino que toma ese mismo sufrimiento y lo pone a trabajar a nuestro favor.

Esa es la diferencia entre un sobreviviente y un más que vencedor. El sobreviviente sale del incendio con lo puesto y da gracias de estar vivo. Nosotros salimos con más de lo que entramos, porque el fuego mismo estaba haciendo una obra. El enemigo golpea buscando destruirnos y termina trabajando gratis para el otro bando.

Y la última frase del versículo es la que impide que todo esto se vuelva un discurso de motivación. “Por medio de Aquel que nos amó.” Esta victoria no la sacamos de adentro. No es fortaleza de carácter ni resiliencia, no es que los cristianos seamos gente especialmente dura. Es prestada.

Y fíjense en el tiempo del verbo. No dice “Aquel que nos ama”, en presente, sino “Aquel que nos amó”, en pasado. Pablo está apuntando a un momento concreto de la historia, a un lugar donde ese amor quedó demostrado de una vez y para siempre. Es lo mismo que dijo en el capítulo 5, que Dios demuestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Así que cuando estés en medio de tu tribulación y necesites saber si Dios te ama, no vayas a buscar la respuesta en cómo se ve tu situación. La respuesta ya está dada, y está fechada. Ocurrió en una cruz, hace dos mil años, cuando todavía eras enemigo.

3. La victoria sobre los padecimientos (vv. 38-39)

Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Notemos que Pablo cierra con un testimonio, no con un argumento. “Estoy convencido.” Esto lo escribe un hombre apedreado, náufrago y encarcelado, que ya había probado casi toda la lista del versículo 35.

Después hace el inventario del universo, y lo hace en pares. Muerte y vida, que son los dos únicos estados en que puede estar un ser humano. Ángeles y principados, que cubren todo el mundo espiritual. Lo presente y lo por venir, que cubren toda la historia. Y lo alto y lo profundo, los dos extremos del cosmos.

No nos perdamos definiendo cada término con precisión, porque no es eso lo que Pablo está haciendo. Está haciendo un barrido. Recorre el universo entero, de arriba abajo y de principio a fin, y lo declara incapaz.

Y por si algo quedó fuera de la lista, cierra con la cláusula que lo sella todo. “Ni ninguna otra cosa creada.” Ahí está el argumento completo. Todo lo que existe y no es Dios es criatura, y ninguna criatura tiene con qué contra el amor de su Creador.

Piénsenlo por el lado contrario. La única “cosa” en todo lo que existe con poder suficiente para separarte de Dios sería Dios mismo. Y eso ya quedó resuelto hace siete versículos. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?

Y noten cómo termina, “del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. El título completo. Ahí se cierra el círculo, porque en el capítulo 5 Pablo dijo que ese amor había sido derramado en nuestros corazones, y ahora lo declara inquebrantable. El bloque empezó hablando del amor de Dios y termina hablando del amor de Dios.

Hermanos, los sufrimientos son diversos. Los sufrimientos son reales. Pero los sufrimientos no son lo que acabará con nuestra historia.

Pablo escogió a propósito cosas que están en esta vida y cosas que están por encima de esta vida. Ni lo que hay aquí abajo, ni lo que está allá afuera. Nada de lo que Dios ha creado nos podrá separar del amor de Dios.

Y no hay nada que un cristiano necesite recordar más que eso. No importa lo que estés pasando hoy, hay una cosa de la que nunca deberías dudar, y es que nada te va a separar de su amor.

¿Y por qué podemos hablar así? Porque hubo Uno que sí fue separado.

En la cruz, Cristo gritó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, que son las palabras con las que abre el Salmo 22. El Hijo padeció el desamparo que a nosotros nos correspondía. Lo llevó todo sobre sí para que nosotros nunca fuéramos separados. Nuestra inseparabilidad le costó a Él su separación.

Y esa es nuestra esperanza, en la vida y en la muerte. Que el mismo que nos amó para rescatarnos nos amará hasta que entremos en la gloria. Dios nunca ha perdido a ninguno de sus hijos. Ni uno solo. Qué promesa tan gloriosa.

Mi hermano, lo que sea que hoy esté siendo una gran prueba en tu vida, yo confío de todo corazón en que el Señor va a afirmar en ti esta verdad. Nada te podrá separar de su amor. Y no porque tú lo agarres fuerte, porque tus manos se cansan y se sueltan. Sino porque Él te ha sujetado a ti, con el lazo inquebrantable de su fidelidad.

Bendita esperanza. Gloriosa esperanza. Maravillosa esperanza.

Oremos.