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La gloria que ha de ser revelada

Romanos 8:18-27
16 Ago 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 8:18-27

Catástrofe. Esa palabra que ha estado en nuestra mente revolcando nuestra tristeza por estos días. Un fenómeno natural, un diagnóstico médico adverso, la quiebra, el momento en que todo se viene abajo.

Lo que casi nadie conoce es su palabra contraria, su antónimo. De hecho, no existía, y el escritor J. R. R. Tolkien tuvo que inventarla: eucatástrofe, el giro bueno. El punto de una historia en que la derrota parecía sellada y de pronto todo empieza a moverse hacia la salvación.

Piensen en las historias que más recuerdas, especialmente si están relacionadas con cuentos de hadas y héroes. Todas tienen ese momento. Y el detalle es que el giro nunca le ahorra el sufrimiento al héroe o protagonista. Lo atraviesa completo, con todas sus pérdidas. Pero ese sufrimiento en lugar de destruirlo. Lo conduce y lo empuja y, cuando la historia termina, la herida resultó ser parte del camino hacia la gloria del final.

Hermanos, hoy Pablo nos va a mostrar que la historia del cristiano está escrita así. Que el sufrimiento del creyente no es una cosa accidental, ni un castigo, ni una señal de que Dios lo abandonó. Es el tramo del camino que conduce a la gloria. De eso hablaremos hoy en Romanos 8:18-27.

Llevamos meses caminando por esta carta, y antes de entrar al texto quiero recoger el hilo. Romanos ha venido respondiendo, una por una, las trascendentales preguntas de nuestra salvación.

¿De qué nos salva Dios? De su propia ira. Lo vimos desde el capítulo 1: la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad, y nadie, judío o gentil, escapa por sus propios méritos.

¿Por medio de quién nos salva? De Jesucristo. Justificados gratuitamente por Su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. La fe en Él, y nada más, nos declara justos delante de Dios.

¿De qué poderes nos rescata? Del pecado que heredamos en Adán y que reinaba sobre nosotros. Y de la ley que, siendo santa y buena, no podía salvarnos. Solo alcanzaba a acusarnos y a mostrarnos nuestra condena. Y en últimas cuentas, de la esclavitud del pecado.

Pero queda una pregunta por resolver: ¿para qué nos salva? Y la carta responde a eso en dos formas. Para hoy: para que vivamos en libertad, ya no como esclavos del pecado, sino como siervos de la justicia, tal como vimos en el capítulo 6. Y para algo mayor. Desde el capítulo 5, Pablo lo dejó anunciado: justificados por la fe, tenemos paz para con Dios, y “nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (5:2). Y en ese mismo pasaje dijo algo que entonces sonaba extraño: que también nos gloriamos en las tribulaciones, porque la tribulación produce una cadena que termina en esperanza, una esperanza que no avergüenza.

La semana pasada llegamos al puente. Si somos hijos, somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, “si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él” (8:17). Noten bien: padecimiento y gloria en la misma oración, amarrados el uno a la otra. Esa es la tensión que Pablo va a resolver en el texto de hoy. ¿Cómo puede el sufrimiento y la gloria ser parte del mismo camino?

Y ese es justamente el argumento que espero podamos desarrollar esta mañana:

Los hijos de Dios padecen ahora, pero tienen la esperanza de la gloria que ha de venir.

Tesis del pasaje

Romanos 8:18 (NBLA):

Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.

Pablo empieza con esta palabra: “Considero”. En el original es un término que venía del mundo de la contabilidad, el mismo verbo que usó en el capítulo 4 cuando dijo que a Abraham “le fue contada por justicia”. Es lenguaje de libro de cuentas, de números que se suman y se restan. Así que lo que Pablo hace aquí son cuentas. Puso el sufrimiento en un plato de la balanza y la gloria en el otro, y nos comparte el resultado.

Y noten también esa expresión, “este tiempo presente”. Es una frase que le pone fecha al sufrimiento. Todo lo que hoy nos aplasta pertenece a un tiempo, a una etapa, a un capítulo que va a terminar. La gloria, en cambio, no tiene fecha de vencimiento. Lo temporal contra lo eterno. Lo que pasa contra lo que permanece. Las cuentas de Pablo son entre el ahora y el entonces, y es a partir de allí que desarrollará el resto de su argumento.

Piénsenlo como una madre que ha dado a luz. Nueve meses de peso, de malestar, de noches sin dormir, y después unas horas de dolor tan intenso que en el momento parece imposible de soportar. Y sin embargo, pregúntenle a una madre con su hijo en brazos si aquel dolor fue comparable con lo que tiene ahora. No es que el dolor no haya sido real; lo fue, y mucho. Es que cuando llegó lo que estaba viniendo, el dolor quedó absorbido por el gozo. Guarden esa imagen, porque Pablo va a volver a ella en unos versículos.

Lo que hace el apóstol aquí es poner de plano la realidad del sufrimiento ahora, algo que ya mencionamos; muy seguramente estaban atravesando los hermanos de la iglesia de Roma, pero que nadie debía perder la esperanza, sino al contrario, debían abrazar sus padecimientos como si fueran un dolor que va a producir una gran felicidad. Tal como mencionamos, como el dolor de una mujer que está de parto.

Así que, veamos ahora cuáles son específicamente esos padecimientos del tiempo presente, los cuales, por cierto, Pablo agrupa en tres gemidos de dolor:

  1. El gemir de la creación (19-22)
  2. El gemir de los Hijos de Dios (23-25)
  3. El gemir del Espíritu (26-27)

1. EL GEMIR DE LA CREACIÓN  (vv. 19 – 22)

Romanos 8:19-22 (NBLA):

Porque el anhelo profundo de la creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de Aquel que la sometió, en la esperanza de que la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre hasta ahora dolores de parto.

Lo primero que Pablo hace para sostener su cálculo es levantar la mirada más allá de nosotros, hacia la creación entera. Y dice que ella tiene un anhelo profundo, que aguarda ansiosamente. La palabra que usa en el original es preciosa; describe a alguien que estira el cuello para ver algo que viene, como el que se para en puntas de pie en medio de la multitud para alcanzar a ver lo que está por llegar. Así está la creación. Estirada hacia el horizonte, esperando.

¿Y qué es lo que espera? Dice el texto: La revelación de los hijos de Dios. Es decir, nos espera a nosotros. El universo entero está aguardando el día en que los hijos de Dios sean manifestados en gloria.

Para entender por qué, tenemos que volver al principio. La tierra fue creada buena. Dios la diseñó para que floreciera, para que diera fruto, para que fuera el escenario donde el hombre viviera en comunión con él. Pero algo se rompió. El texto dice que la creación fue sometida a vanidad, a la futilidad, a esa condición de lo que existe sin llegar a cumplir su propósito, en un proceso de degradación que no se detiene.

Y noten esto, porque tiene un peso enorme. La creación no fue la que transgredió la ley de Dios. Ella no pecó. Pero recibió las consecuencias del pecado del hombre. Escuchen lo que Dios le dijo a Adán en Génesis 3:

Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.

“Maldita será la tierra por tu causa”. La tierra cargó con lo que hizo el hombre. Y por eso, cuando el hombre sea finalmente redimido y glorificado, la tierra también será liberada. El destino de la creación está íntimamente ligado a la redención de los hijos de Dios. Vamos juntos en esto.

Ahora bien, no imaginemos esto de manera ingenua. No es que vayamos a salir al patio y escuchar a los pájaros y a los árboles pidiendo explícitamente la redención. Lo que sí vamos a ver es una creación cada vez más degradada, cada vez más sujeta a la necesidad de ser renovada, una creación que necesita volver a ser lo que fue, el marco donde Dios ha de desplegar su gloria eterna.

Yo pienso en esto cada vez que escucho las noticias, como las que nos han rodeado en estos últimos meses. El fenómeno de El Niño, los terremotos en distintos lugares del mundo. Nosotros mismos hemos sido testigos del gemido de la creación en nuestro propio país. Un terremoto de 7.4 grados sacudió ciudades en el interior del país y dejó tanta desesperanza a su paso. Y ahí, en esos días, el gemido de la creación se encontró con el clamor del hombre necesitado. Los dos gemidos sonando al mismo tiempo.

Cuando enfrentamos cosas así, la tentación es perder la esperanza. Y hay que decirlo con honestidad, porque a veces es desolador y nos deja más preguntas que respuestas. Pero el Señor nos llama a confiar. Y de eso, precisamente, se trata la esperanza, como veremos en un momento. La esperanza no se ve, y justamente por eso es esperanza.

Piensen en lo que queda si quitamos a Dios de esta ecuación. Si Dios no está, entonces todos estos sufrimientos no son otra cosa que el anuncio de una espiral de degradación con destino incierto, en la que solo alcanzamos a vislumbrar dolor y más dolor. Un mundo que se cae a pedazos y nadie que lo sostenga.

Pero el texto nos da otra clave para leer todo esto, y está en dos detalles que no podemos pasar por alto.

El primero es que la creación fue sometida “en esperanza”. La maldición vino con una promesa incluida. Cuando Dios sujetó la creación, ya lo hizo con fecha de liberación puesta. Y el segundo detalle está en el versículo 22, donde Pablo dice que la creación gime “y sufre hasta ahora dolores de parto”. Vuelve la imagen. Porque el gemido de la creación no es la agonía de quien se está muriendo, es el trabajo de una mujer que está dando a luz. Es el mismo dolor leído en otra clave. Un gemido de muerte anuncia un funeral; un gemido de parto anuncia un nacimiento. Y lo que la creación está anunciando con sus dolores no es su final, sino el alumbramiento de un mundo nuevo.

Así que quiera Dios convertir incluso el gemido de la creación en gozo, cuando el llanto de la esperanza por fin se escuche, cuando todo sea puesto en su lugar y todo sea redimido. Porque nuestro sufrimiento no es un drama privado que solo nos ocurre a nosotros. Es parte de un rescate del tamaño del universo. El plan de redención es mucho más grande que nosotros; es la recreación de todas las cosas, el establecimiento de un cielo nuevo y una tierra nueva. Es de eso de lo que se trata la fe en realidad. No estamos aquí tratando de vivir bien para hacer un mundo mejor; estamos viviendo para una eternidad restaurada por la mano de Dios; ese es el centro de nuestra esperanza. Por eso es que decimos que el cristianismo no es un mero estilo de vida, sino una vida temporal que se prepara para una eterna y que la espera con ansias.

Inmediatamente, Pablo continúa con el segundo gemir de esperanza, el de los hijos de Dios.

2. EL GEMIR DE LOS HIJOS DE DIOS (vv. 23 – 25)

Romanos 8:23-25 (NBLA):

Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza hemos sido salvados, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.

Pablo pasa de la creación a nosotros. Y noten a quiénes les está hablando. Este es un mensaje dirigido a los que son hijos de Dios, a los que tienen las primicias del Espíritu y llevan dentro su testimonio. A los que ya son de él. Y de ellos dice que también gimen.

Antes de seguir, entendamos qué son esas primicias. En el mundo agrícola, las primicias eran los primeros frutos de la cosecha, ese puñado que se recogía antes que todo lo demás. No eran la cosecha completa, pero eran de la misma cosecha, y garantizaban que el resto venía en camino. Eso es el Espíritu en nosotros. Un anticipo. Y por eso, cuando el creyente gime, no gime porque no tiene nada; gime porque ya probó. Las primicias abren el apetito de lo que falta. Nuestro gemido no es el vacío del que no tiene; es el hambre del que ya saboreó algo mejor y quiere la cosecha entera.

Y de nuevo, no estamos hablando de un lamento desesperanzado. Es el gemir del parto, el dolor que antecede a la gloria que el Señor nos ha prometido. Hemos hablado tanto de esto en estos capítulos. Hay una lucha tan real en nuestros cuerpos que nos hace clamar, como clamó Pablo: ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?

Por eso lo que aguardamos incluye nuestro propio cuerpo. Pablo dice que esperamos ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo. Ya somos hijos, eso lo vimos la semana pasada; el Espíritu mismo nos lo asegura. Y aun así falta el día en que esa adopción sea completa, cuando también este cuerpo frágil sea redimido. Y noten bien que la esperanza cristiana no es escaparnos del cuerpo, como creían los griegos, sino recuperarlo, resucitado y glorificado. Dios no va a botar lo que hizo. Lo va a redimir.

Hermanos, cuando nos vemos tan frágiles frente al pecado, cuando aparece la enfermedad en nuestro cuerpo, o cuando vemos el dolor en otras personas y nos sentimos tan cansados, es justamente ahí donde tenemos que recordar esta promesa. No estamos aquí como si no hubiera salida. La vida dura y difícil de este mundo no es un laberinto de círculos donde uno da vueltas y siempre vuelve al mismo lugar. Es una cuesta empinada, sí, pero una que está coronada por la gloria.

Nadie que tenga a Dios debería sucumbir frente al dolor, ni frente a esa impotencia que se alimenta de nuestra debilidad, por la sencilla razón de que tenemos esperanza.

Y aquí Pablo se detiene a explicarnos cómo funciona esa esperanza, en unas palabras que al principio suenan raras. “En esperanza hemos sido salvados, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve?” Es decir, la esperanza es esperanza precisamente porque no es algo que ya tenemos a la mano, disponible, resuelto. Lo que hace virtuosa nuestra espera es que todavía no la vemos. Eso es la fe, diría el autor de Hebreos, la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve.

Piénsenlo. Si creer y caminar con el Señor estuviera basado en promesas cuyo cumplimiento estuviera en nuestras manos, en cosas que pudiéramos ver, medir y controlar, entonces no necesitaríamos fe alguna. Pero Dios quiso diseñar el camino hacia la gloria de otra manera, como algo que nos demanda una confianza permanente en lo que no vemos. ¿Y por qué? Porque ese ejercicio de fe y de dependencia le da mayor gloria a su nombre.

Y que nadie se confunda. No esperamos al aire, no es una espera vacía. Tampoco esperamos porque tengamos que pagar las culpas de lo que hicimos, como si Dios nos castigara. Esperamos, porque en esa espera nuestra relación con Dios llega a ser la de un hijo necesitado que depende de su Padre, y eso le da todavía más gloria a su nombre.

Y con esto se completa algo que empezamos hace varios capítulos. ¿Se acuerdan de la cadena del capítulo 5? La tribulación produce paciencia, la paciencia carácter probado, y el carácter probado esperanza, una esperanza que no defrauda. Pues aquí está esa cadena funcionando. “Si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos”.

Así que escucha esto si hoy estás experimentando dolor y estás clamando. Gemir no es falta de fe. Pablo lo pone como la marca del que tiene las primicias del Espíritu, no del que le falta creer. El que gime aguardando no está fallando. Está esperando bien y eso es tremendamente liberador. Pero tú dirás: ¿cómo puedo entonces soportar? ¿Cómo sé que voy a mantenerme en pie en medio de mi gemir? De eso justamente se trata nuestro tercer y último encabezado.

3. EL GEMIR DEL ESPIRITU SANTO (vv. 26 – 27)

Romanos 8:26-27 (NBLA):

De la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. No sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y Aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque Él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.

Pablo aborda ahora el tercer gemir, el del Espíritu, recobrando otra vez el tema de su obra, que ya venía inaugurado desde el comienzo de este capítulo. Y noten cómo lo introduce: “de la misma manera”. El tercer gemido se suma a los otros dos. Dios no nos consuela desde lejos, con un mensaje enviado a la distancia. Entra al coro de los que gimen.

Ahora bien, debemos decir aquí que el gemir del Espíritu no es igual al de la creación ni al nuestro. Nosotros gemimos porque cargamos un peso; él gime a causa de soportar ese peso con nosotros y ayudarnos a llevar la carga. Es el gemido del que se agacha para levantar al que ya no puede. Él es el consolador. Como cuando te pones al lado de una persona que está llorando una pérdida y de repente, aunque tú le estás soportando, empiezas a llorar también con ella, como si tomaras su peso, pero como si supieras que estás allí para que no caiga.

¿Has tenido alguna vez un dolor tan grande que no sabes ni cómo llevarlo al Señor? ¿Un sentimiento de tristeza tan profundo que hace que hasta la esperanza se vea borrosa? Es exactamente lo que Pablo describe. Y noten cómo lo dice, con mucha delicadeza: “No sabemos orar como debiéramos”. No dice que no queramos orar, dice que no sabemos. Hay dolores que sencillamente no caben en palabras. Y Pablo no lo trata como un pecado que hay que confesar, sino como una condición normal del creyente, algo que a todos nos pasa.

Y si no fuera por la obra del Espíritu Santo, ni siquiera nos sería posible mantenernos en pie. Muchas veces nuestras oraciones no son más que un llanto silencioso que no alcanza a articular ni una palabra. Pero el Espíritu Santo, que conoce nuestros corazones, toma esa oración rota y la convierte en una declaración clara delante del cielo. Por eso Pablo habla de “gemidos indecibles”. Cuando al creyente solo le sale un gemido, ese gemido no está vacío. Está habitado. El Espíritu mismo está orando dentro del que ya no puede orar.

Y el versículo 27 completa el circuito. Aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque Él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios. Es decir, la oración más pobre que tú puedas ofrecer llega perfecta al trono, porque el que la traduce es Dios mismo, y porque intercede conforme a la voluntad del Padre. El Espíritu gime dentro de nosotros, y el Padre entiende perfectamente al Espíritu.

El comentarista William Hendriksen lo pone en estas palabras:

“Los creyentes tienen dos intercesores: el Espíritu Santo y Cristo. Cristo ejecuta su tarea intercesora en el cielo (Ro. 8:34; Heb. 7:25; 1 Jn. 2:1); el Espíritu Santo, en la tierra. La intercesión de Cristo toma lugar fuera de nosotros, la del Espíritu Santo dentro de nosotros; es decir, en nuestros propios corazones (Jn. 14:16, 17). Cristo ora para que los méritos de su obra redentora sean plenamente aplicados a los que confían en él. El Espíritu Santo ora para que las necesidades profundamente ocultas de nuestros corazones, necesidades que a veces nosotros ni siquiera nos percatamos, sean satisfechas. La intercesión de Cristo puede ser comparada con la de un padre, la cabeza de la familia, a favor de todos los miembros de la familia. La intercesión del Espíritu Santo nos hace recordar más bien a una madre de rodillas al lado de la cama de su hijo enfermo y que en su oración presenta las necesidades de ese niño al Padre Celestial”.

No puede ser más claro para nosotros. Estamos siendo sostenidos por fuera y por dentro. Hermanos, qué tremenda obra la del Espíritu Santo en nuestras vidas. Cuando más débiles somos, cuando más afligidos y menesterosos estamos, cuando más profundo ha caído nuestro ánimo, es justo ahí cuando más dependientes somos del Señor y cuando más presto está el Espíritu para ayudarnos.

El punto más bajo del creyente, ese en que ya no le quedan ni palabras, es el punto donde Dios está trabajando con más fuerza.

Si alguien ha venido hoy así, déjame decirte algo. Puede que estés en duelo, o enfermo, o que lleves años orando por lo mismo sin ver respuesta. La única fuerza más fuerte que tú para sostenerte es la fuerza del Espíritu de Dios, ese que él te ha dado y que mora dentro de ti.

Es la razón por la que puedes decir, como Pablo después de orar y orar sin ver respuesta, “bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Es la razón por la que puedes decir, en tu momento más oscuro, lo mismo que dijo el Señor Jesucristo: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y es por el Espíritu Santo que podemos afirmar aquello que parece un contrasentido, que cuando somos débiles, entonces somos fuertes. Qué privilegio tenemos los que tenemos a Cristo.

Mis amados, tenemos que dejar de ver la obra del Espíritu Santo como un mero objeto de estudio, como un tema de doctrina que se explica en una clase o, peor, con la superficialidad de quien solo se ocupa de hacer creyentes más emocionales. Es Dios mismo viviendo en nosotros, caminando con nosotros, orando por nosotros e intercediendo por nosotros. Que Dios nos ayude a ser más conscientes de esa obra en nuestras vidas.

¿Y cómo sabemos que este camino de verdad termina en gloria? ¿Cómo podemos estar seguros de que el gemido no es en vano, que la balanza de Pablo no está trucada, que sí encontraremos algo al final? Porque Dios ya lo hizo una vez.

Al comienzo les hablé de la eucatástrofe, el giro hacia el bien. Tolkien decía que amamos esos giros en los cuentos de hadas y los mitos porque hacen eco de uno que no es cuento. Hubo un día en que la catástrofe fue completa. El Hijo de Dios clavado en una cruz, el cielo oscurecido, y no se escuchó gemido, sino un grito: ¡Dios mío, Dios mío! La esperanza enterrada en una tumba prestada. Ninguno de los discípulos esperaba giro alguno. Y al tercer día la tumba amaneció vacía. Esa es la eucatástrofe de la historia humana. Y noten cómo ocurrió, no esquivando el sufrimiento, sino atravesándolo.

Fue por medio del sufrimiento de Cristo que Dios nos trajo la esperanza de heredar la vida eterna. La cruz no interrumpió el camino a la gloria. Era el camino. Por eso Pablo pudo escribir que somos coherederos con Cristo “si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él”. Sufrimiento y después gloria no es una teoría de consuelo, es la biografía de nuestro Señor. Y ahora es la nuestra, entonces, hermano que gimes, tu historia no está rota. Estás en el capítulo del gemir constante, y tu gemir está siendo oído. La creación gime contigo. El Espíritu gime dentro de ti. Y el Resucitado garantiza el final.

Los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.

Pero tengo que decirle algo más al que hoy está aquí sin Cristo. Amigo, tú también gimes, porque nadie escapa del dolor de este mundo. La diferencia es que fuera de Cristo el gemido no lleva a ninguna parte. No es dolor de parto, es solo dolor. Sin él, el sufrimiento no anuncia un nacimiento, apenas anuncia el final. Y quiero que sepas que no tiene que ser así. El mismo Cristo que atravesó la muerte y salió vivo al otro lado te llama hoy a entrar en esta historia. Vuélvete de tu pecado, cree en él, y tu gemido dejará de ser el ruido de algo que se acaba para convertirse en el anuncio de algo que está naciendo.