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La palabra de Dios no ha fallado

Romanos 9:6-13
20 Sep 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 9:6-13

Si tú hablas hoy con un judío acerca de Jesús, del hijo de José y de María que murió en una cruz y resucitó al tercer día, y le preguntas por qué no cree que él sea el Mesías anunciado en el Antiguo Testamento, hay un argumento que vas a escuchar casi siempre. Te va a decir algo como esto: si Jesús hubiera sido de verdad el Mesías, el pueblo de Israel lo habría reconocido. Nosotros éramos los que teníamos las Escrituras, los que sabíamos leer las señales. Si el Mesías hubiera venido, no se nos habría pasado. Por eso seguimos esperándolo, y por eso todos los que han aparecido diciendo serlo, sencillamente no cumplían las señales.

Ahora fíjense bien en cómo funciona ese argumento, es lo que llamamos un argumento circular, el perro persiguiendo la cola. Lo que están diciendo, en el fondo, es “no creímos en él, y el hecho de que no creímos prueba que no era”. Están usando su propia incredulidad como el examen que valida quién es el Mesías. Y debajo de ese argumento hay una convicción todavía más honda, y es que Dios nunca nos fallaría, y por lo tanto jamás nos habría enviado un Mesías que no pudiéramos reconocer.

Pero la verdad es que ese Mesías sí vino. El apóstol Juan lo dejó escrito: a los suyos vino, y los suyos no lo recibieron. Y aquí está la pregunta que va a ocupar nuestra mañana. ¿Contradice eso la promesa de Dios? Si el pueblo de la promesa no reconoció al Prometido, ¿quedó rota la palabra de Dios?

Acuérdense de dónde quedamos el domingo pasado. Pablo hizo la lista de las bendiciones de Israel, el nombre, la adopción, la gloria, los pactos, la ley, el culto, las promesas, los patriarcas, y la cuna misma del Cristo. Y alguien que oyó esa lista podría estar pensando exactamente lo mismo que el judío de hoy: con tantas bendiciones encima, es imposible que Israel quedara fuera del plan de Dios por no reconocer al Mesías. Así que una de dos, o Jesús no era el Mesías, o Dios le falló a su pueblo.

Pablo responde que ninguna de las dos. Y aclaremos desde el principio qué Pablo no está reivindicando a Israel ni excusándolo. Está defendiendo algo más grande, y es lo que de verdad se juega en este bloque: la fidelidad de Dios, el carácter de Dios.

Porque si Dios le falló a Israel, todo lo que cantamos en el capítulo 8, que nadie nos acusará, que nada nos separará, queda firmado por un Dios que ya falló una vez. Lo que está en juego no es la reputación de Israel o su papel en la historia de la redención sino la confiabilidad de Dios para con nosotros.

La respuesta de Pablo a esta pregunta abre el pasaje de hoy y de paso es la premisa principal del bloque grande que ya anunciamos del 9—11: no es que la palabra de Dios haya fallado. La incredulidad de Israel no es incompatible con el plan de Dios, y hoy vamos a ver por qué.

Ese es el argumento de esta mañana:

La palabra de Dios no ha fallado, porque su promesa nunca dependió del linaje ni del mérito, sino de su llamado soberano.

1. La premisa (vv. 6-7): la palabra de Dios no ha fallado

Pero no es que la palabra de Dios haya fallado. Porque no todos los descendientes de Israel son Israel; ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos, sino que “por medio de Isaac será llamada tu descendencia”.

Esta es la premisa y es muy importante entender su significado de entrada. Y la palabra que usa para “fallar” es más gráfica de lo que muestran nuestras traducciones, porque el verbo significa caer. No es que la palabra de Dios haya caído a tierra. Esa es una imagen que el Antiguo Testamento ya conocía. De Samuel se dice que el Señor no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras, y Josué se despidió del pueblo diciendo que de todas las buenas promesas del Señor, ni una sola había fallado. La palabra de Dios no es como la nuestra. Cuando Dios habla, lo dicho no toca el suelo.

¿Y cómo defiende Pablo esa premisa? Con la frase que es la clave de los tres capítulos: “porque no todos los descendientes de Israel son Israel”. Hay un Israel dentro de Israel. La promesa nunca se le hizo al Israel étnico como masa, se le hizo al Israel que Dios escogió dentro de él.

Ahora, quiero que entendamos el estatus de esta distinción, porque en esto tropiezan muchos. Esto no es la letra menuda del contrato. Esto es la letra en negrilla y en mayúscula, en la primera página. Dios siempre fue claro acerca de quiénes eran su pueblo. Esta no es una categoría que alguien se inventó después, para acomodar la teología al hecho de que ahora los gentiles estaban creyendo. El plan del Señor estuvo basado desde el principio en la promesa y en su elección, no en la sangre.

Y esto no lo digo yo, lo ha venido diciendo esta misma carta. En el capítulo 2 Pablo ya lo había dejado plantado: no es judío el que lo es exteriormente, sino el que lo es interiormente, y la circuncisión que vale es la del corazón, por el Espíritu. Y a los gálatas les escribió lo mismo por otro camino: los que son de fe, esos son hijos de Abraham (Gal 3:7). Y ustedes, hermanos, como Isaac, son hijos de la promesa. El verdadero israelita siempre fue el de la fe de Abraham, no el de la genealogía de Abraham.

Entonces la respuesta a la gran pregunta empieza a tomar forma. ¿Le falló Dios a Israel? No, porque hay que preguntar primero a cuál Israel se le dio la promesa. Dios nunca prometió salvar a todo descendiente de Jacob por el hecho de serlo. Esa promesa no existe, y una promesa que nunca se hizo no se puede incumplir. Lo que Dios prometió, lo cumplió y lo está cumpliendo, en el Israel que Él escogió.

Pero Pablo no deja la premisa en el aire. Ahí mismo, en el 7, la completa “ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos”. Y la ancla con una frase que Dios mismo pronunció y que todo judío se sabía de memoria: “por medio de Isaac será llamada tu descendencia” (Gen 21:12).

Esa es la premisa completa. La palabra de Dios no ha caído, porque no todo Israel es Israel, y eso está a la vista desde la primera generación, cuando Abraham tuvo varios hijos y la descendencia fue llamada por uno solo.

Lo que viene en los versículos 8 al 13 es la explicación de esa declaración y para ello se va a valer de dos ejemlpos: Isaac primero y luego Jacob y Esaú.

2. La prueba (vv. 8-13): Isaac y Jacob

Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes.

Primer argumento: Isaac (vv. 8-9)

Pablo empieza por donde tenía que empezar, por Abraham, el padre del pueblo entero. Y hace una distinción que su lector judío no podía esquivar. Todos los que descienden físicamente de Abraham son hijos suyos, sí. Pero no todos son la descendencia, la portadora de la promesa. Hay hijos de la carne y hay hijos de la promesa, y solamente los segundos son contados como descendientes.

Y los números le dan la razón. Porque Abraham no tuvo un solo hijo. Tuvo a Ismael con Agar. Y después de la muerte de Sara tuvo seis hijos más con Cetura. Ocho hijos en total, todos con la sangre de Abraham en las venas. ¿Y por cuántos corrió la promesa? Por uno. Y no porque Abraham lo decidiera, sino porque Dios lo estableció con las palabras que ya leímos: “por medio de Isaac será llamada tu descendencia”.

Fíjense además en cuándo se pronunció esa frase, porque el contexto la hace más fuerte. Dios se la dijo a Abraham precisamente cuando a Abraham le dolía desprenderse de Ismael. Al padre le costaba, el padre quería a su otro hijo, ya antes le había rogado a Dios que Ismael viviera delante de Él. Y Dios le dijo que no. La línea de la promesa no la trazó el afecto del padre; la trazó la palabra de Dios, contra las preferencias naturales de Abraham. Precisamente porque la descendencia sería de Dios por medio de Abraham, porque el plan de redención era de Dios y Abraham era parte de ese plan, no la razón de ser final.

Y hay una palabra en esa frase que va a ser la llave de todo el pasaje: llamada. “Será llamada tu descendencia.” Guárdenla, porque va a volver.

Después Pablo remata el caso de Isaac citando la promesa misma: “por este tiempo volveré, y Sara tendrá un hijo”. ¿Se dan cuenta de lo que eso implica? Isaac no fue producto de la capacidad de sus padres, porque sus padres no tenían ninguna. Sara era estéril y anciana. Isaac existió porque Dios hizo una promesa e intervino para cumplirla en un vientre muerto. Isaac fue el hijo que la palabra de Dios produjo. En la primera generación del pueblo ya estaba dibujado el patrón completo: heredar la promesa no es cuestión de nacimiento, es cuestión de la intervención de Dios.

Segundo argumento: Jacob y Esaú (vv. 10-13)

Ahora, el caso de Isaac dejaba una salida abierta, y cualquier judío atento la habría tomado. Alguien podría decir: “claro, pero es que Ismael era hijo de la esclava y los de Cetura vinieron después; Isaac era el hijo de Sara, la esposa legítima. La diferencia sí estaba en el nacimiento”. Y Pablo lo sabe. Por eso avanza una generación, y escoge un caso donde esa salida no existe.

Rebeca, la única esposa de Isaac. Un solo padre, una sola madre, un solo embarazo. Mellizos en el mismo vientre, concebidos en el mismo acto. Si alguna vez hubo dos seres humanos con exactamente el mismo punto de partida, son estos dos. Aquí no hay esclava ni esposa, no hay linajes que comparar. Todo es idéntico.

Y noten el momento en que Dios habla, porque el argumento de Pablo está justo en los tiempos. “Cuando aún los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo.” Antes de que hicieran cualquier cosa, siquiera el primer llanto, ya se le había dicho a Rebeca: “el mayor servirá al menor”. Y en esa cultura eso era poner el mundo al revés, porque el mayor tenía por derecho natural la primogenitura, la herencia, la bendición. Dios volteó el orden del nacimiento para que quedara claro que la elección no seguía los derechos de la carne.

¿Y todo esto para qué? “para que el propósito de Dios conforme a Su elección permaneciera, no por las obras, sino por Aquel que llama”.

Ahí volvió la palabra que les pedí guardar. Isaac fue llamado, y ahora la posición de Jacob descansa en Aquel que llama. Esto es importante, porque la palabra “llamar” ahí debe tener toda nuestra atención. Un comentarista señala lo siguiente:

“En los escritos de Pablo, siempre que Dios es el sujeto del verbo ‘llamar’, se refiere a un llamamiento efectivo. Dios no se limita a invitar a Jacob, o a otras personas, a un cierto privilegio o posición, sino que les introduce a Él. Así, antes del nacimiento de los mellizos, Dios pudo decir a Rebeca qué papel desempeñaría cada uno de ellos. Este asunto no quedó en manos del azar; sino que fue determinado por el llamamiento de Dios.”

— Douglas Moo, Comentario bíblico con aplicación NVI: Romanos, sobre 9:10-13.

Y esa palabra ya la conocemos en esta serie. “A los que llamó, a esos también justificó.” El llamado del capítulo 8, el que no se rompe, es este mismo llamado que estamos viendo nacer en el 9.

Entonces Pablo cierra con la cita de Malaquías 1:2-3:

«Yo los he amado», dice el Señor. Pero ustedes dicen: «¿En qué nos has amado?». «¿No era Esaú hermano de Jacob?», declara el Señor. «Sin embargo, Yo amé a Jacob, y aborrecí a Esaú, e hice de sus montes desolación, y di su heredad a los chacales del desierto».

Y aquí no vamos a suavizar la palabra. Algunos proponen que “aborrecer” es solo un modismo semítico para decir “amar menos”. Pero el contexto de Malaquías es contractual, es lenguaje de pacto, y en ese lenguaje amar significa elegir y aborrecer significa rechazar.

Dios, en su soberana voluntad, decidió amar a Jacob y dejar a Esaú. La palabra no significa menos de lo que dice. Lo que sí debemos cuidar es lo que no dice: no habla de un odio emocional ni caprichoso. Habla de una decisión soberana, tomada antes de las obras, que es exactamente el punto de todo el pasaje.

Y una cosa más sobre Jacob, porque es importante. Si la elección funcionara por méritos, Dios escogió mal, y cualquiera que haya leído Génesis lo sabe. Jacob el suplantador, el que engañó a su padre ciego, el que huyó, el que hizo trampa y se la hicieron. Uno mira esa vida, con sus luces y sus sombras, y entiende la elección solamente en retrospectiva: Jacob no llegó a donde llegó por lo que era, llegó por la obra del que lo llamó. La elección no funcionó como un guion que Jacob conocía y obedecía desde niño. Se ve mirando hacia atrás, como se ve la mano de Dios en la vida de cualquiera de nosotros.

Creo que ya vamos viendo el punto de Pablo, soportado ahora desde el Antiguo Testamento: Dios no ha fallado a sus promesas a Israel porque el Israel de Dios no son descendientes étnicos o de linaje solamente, sino aquellos a quienes Él ha llamado basado en su promesa, o dicho de otra manera, los que genuinamente andan conforme a la fe de Abraham, la misma que vimos no es más que la fe en el Hijo de Dios.

La base de este argumento no es de Pablo, es del Señor Jesucristo:

39 Ellos le contestaron: «Abraham es nuestro padre». Jesús les dijo*: «Si son hijos de Abraham, hagan las obras de Abraham.40 Pero ahora me quieren matar, a Mí que les he dicho la verdad que oí de Dios. Esto no lo hizo Abraham. 41 Ustedes hacen las obras de su padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no nacimos de fornicación; tenemos un Padre, es decir, Dios».

42 Jesús les dijo: «Si Dios fuera su Padre, me amarían, porque Yo salí de Dios y vine de Él, pues no he venido por Mi propia iniciativa, sino que Él me envió. 43 ¿Por qué no entienden lo que digo? Porque no pueden oír Mi palabra.

44 »Ustedes son de su padre el diablo y quieren hacer los deseos de su padre . Él fue un asesino desde el principio , y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira , habla de su propia naturaleza , porque es mentiroso y el padre de la mentira (Juan8:39-44)

3. El principio (v. 11-12): Dios llama según su beneplácito, no según mérito

Hasta aquí hemos explicado el texto. Ahora tenemos que pararnos frente a lo que el texto enseña, Digámoslo primero. El llamado de Dios siempre estuvo basado en su voluntad soberana y en su promesa, nunca en una obra ni en un linaje de nadie. O como lo escribe Pablo a los efesios: según el puro afecto de su voluntad (Ef 1:5c).

Y yo sé que apenas uno dice eso, en la cabeza de varios se levantan objeciones. Está bien que se levanten. Vamos a tomar las dos más comunes y las vamos a responder, pero fíjense desde dónde: no desde etiquetas de escuelas teológicas, que no nos interesan esta mañana, sino desde el texto que tenemos delante.

Primera objeción: “Pablo está hablando de naciones, no de personas.” Y esta hay que tratarla con respeto, porque tiene una parte de verdad. Es cierto que Génesis 25:23 dice “dos naciones hay en tu seno”, y es cierto que en Malaquías, Jacob y Esaú representan a Israel y a Edom como pueblos. El que dice esto no se lo inventó.

Pero miren por qué no alcanza. Primero, porque Isaac, Ismael, Jacob y Esaú no son símbolos, son personas reales, y la elección los alcanzó como personas antes de que fueran padres de pueblo alguno.
Segundo, porque hay que preguntar a dónde desemboca el argumento de Pablo, y la respuesta está unas líneas más abajo, en el versículo 24: los vasos de misericordia somos “nosotros, a quienes también llamó, no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles”. Ahí ya no hay naciones; hay personas llamadas de entre las naciones, y Pablo se incluye.
Y tercero: si aquí se hablara solamente del destino histórico de dos pueblos, el pasaje no respondería la pregunta del bloque. Porque el dolor de Pablo en los versículos 1 al 5 no es por el rango político de Israel, es por personas concretas que están separadas de Cristo y se pierden. Una elección de naciones que no toca la salvación de nadie no explicaría por qué la palabra de Dios no ha caído. El argumento de Pablo solo funciona si el llamado corre al nivel donde corre la salvación, y las naciones no se arrepienten ni creen. Las personas sí.

Segunda objeción: “Dios escogió y llamó a los que sabía de antemano que iban a creer.” Esta suena piadosa, y entiendo por qué atrae, porque parece proteger la justicia de Dios. Pero hagámosle una pregunta al texto. Si Dios escogió a Jacob porque previó algo en Jacob, su fe futura, su disposición, su respuesta, entonces díganme: ¿la elección descansa en Dios o descansa en Jacob? Descansa en Jacob.
El fundamento del llamado ya no sería Aquel que llama sino el llamado que responde. Y eso es devolverle el peso al mérito por la puerta de atrás, solo que ahora el mérito se llama fe. El hombre sería elegido por algo que hizo, creer, que es exactamente lo que el versículo 11 está negando: antes de que nacieran, antes de que hicieran bien o mal, no por las obras. Pablo no dejó rendijas. El texto no dice que Dios miró el futuro de los mellizos; dice que habló antes de que hubiera futuro que mirar. Y si todavía queda duda, la misma Escritura dice que la fe no es nuestro aporte para ganarnos el llamado, sino un regalo que viene con él: a ustedes se les ha concedido creer, escribe Pablo a los filipenses (Fil 1:29).

Entonces el terreno queda despejado, y solo quedan dos opciones sobre la mesa. O Dios escoge con base en el mérito, o Dios escoge con base en su sabia y soberana voluntad. No hay tercera. Y el texto cerró la primera puerta con llave, dos veces, en dos generaciones.

¿Queda misterio? Sí, queda. No vamos a fingir que no. Hay preguntas que este pasaje abre y que ningún predicador honesto puede cerrar del todo. Pero una cosa es un misterio y otra cosa es una contradicción. Que no sepamos por qué Dios escogió a Jacob no toca lo que sí sabemos: que no fue por las obras. Lo que negamos no es el misterio. Lo que negamos es que el mérito sea el criterio.

Y sé cuál es la pregunta que a varios les está quemando por dentro en este momento: “¿y eso es justo? ¿No hay injusticia en Dios?”. Quiero decirte algo que quizá te sorprenda. Si esa pregunta te nació al escuchar este sermón, vas por buen camino, porque entendiste lo que el texto dice. Esa es exactamente la objeción que Pablo se hace a sí mismo en el versículo siguiente, el 14: “¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios?”. Si nuestra explicación de este pasaje no provocara esa pregunta, sería señal de que lo explicamos mal. Pablo no le saca el cuerpo, y nosotros la enfrentaremos con él el próximo domingo. Hoy no te voy a dar esa respuesta. Te voy a pedir que vuelvas por ella.

Entonces, ¿qué hacemos nosotros con esta doctrina el lunes por la mañana? Tres cosas.

Primero, no te metas en la oficina de Dios. No es nuestro trabajo indagar los designios del Señor, ni andar por el mundo preguntándonos quién es llamado y quién no. Eso es absurdo, y además es imposible, porque la lista no se nos mostró a nosotros. Lo que se nos mandó fue otra cosa: prediquen el evangelio a toda criatura. A toda. El decreto de Dios es asunto de Dios; el mandato es asunto nuestro, y el mandato no tiene letra menuda. Así que cuidado con el error del piloto automático, el que razona “si Dios llama según su voluntad, dejemos que todo funcione solo”. No. Los designios de Dios son los designios de Dios, y nuestras responsabilidades son nuestras responsabilidades. Dios no solo eligió a quiénes salvar; eligió salvarlos por medio de la predicación de gente como tú y como yo. Hagamos lo que nos corresponde, y dejemos que Dios actúe según el designio de su voluntad.

Segundo, esta doctrina mata el orgullo y mata el desprecio. Cuando veas a un hermano viviendo una vida de obediencia y de piedad, ya sabes cómo llegó ahí. No llegó por sus méritos, llegó por la obra soberana del Señor, igual que Jacob. Y cuando te veas a ti mismo creyendo, perseverando, amando lo que antes no amabas, ya sabes también de dónde salió eso. No hay lugar para mirar por encima del hombro a nadie, ni al incrédulo, porque tú no cruzaste la puerta por ser mejor. Se te concedió cruzarla. Mis hermanos esto es asombroso, y es lo primero que debes ver, no estamos aquí por alguna capacidad nuestra, ni por nuestros méritos, sino por la pura gracia de Dios. Que Dios nos haya amado es el privilegio más grande que hemos podido recibir y si hay algo que no tienes hoy, solo abraza esta verdad: El Señor ha decidido amarte en Cristo en lugar de dejarte en tu pecado.

Y tercero, descansa: tu salvación es segura precisamente porque nunca dependió de ti. Piénsalo al revés. Si Dios te hubiera escogido por algo que vio en ti, tu salvación colgaría de que eso siguiera estando ahí, y tú y yo sabemos cómo somos de inconstantes. Pero si te llamó antes de toda obra, conforme a su propósito, entonces la cadena del capítulo 8 no tiene un solo eslabón fabricado por ti, y por eso no se rompe. El mismo llamado que sostuvo a Jacob, con todos sus enredos, te sostiene a ti con los tuyos.

Volvamos al judío del principio, el que dice que si Jesús fuera el Mesías, Israel lo habría reconocido.

Ahora podemos responderle con la Escritura en la mano. La incredulidad de Israel no rompió la promesa de Dios, porque la promesa nunca corrió por la sangre. Corrió por el llamado, de Isaac y no de Ismael, de Jacob y no de Esaú, y de ahí hasta cada uno de los llamados de hoy, de entre judíos y de entre gentiles. La palabra de Dios no cayó a tierra. Nunca ha caído, y no va a empezar contigo.

Ese es el Dios que te llamó. No te escogió por tus obras, no te sostiene por tus méritos, y no te va a soltar por tus fracasos.

Oremos.