Ayer dejamos a Ana en Silo, entregando al hijo que tanto pidió. Cualquiera esperaría que la escena siguiente fueran lágrimas de despedida. Lo que brota de su boca es un cántico, y no un cántico cualquiera. La introducción teológica a toda la historia de la monarquía de Israel no la escribió un sacerdote ni la pronunció un rey. La cantó una mujer que hasta hace poco lloraba sin poder comer. Y ese cántico va a ser la clave de toda esta serie, porque cada historia que viene, desde Elí hasta Saúl y David, es una variación de lo que Ana canta hoy.
Entendiendo el pasaje
El cántico abre y cierra con la imagen del cuerno, símbolo de fuerza, como un marco que encierra todo el poema. Adentro, Ana recorre el carácter de Dios. Lo llama la Roca sin igual, el Dios que sabe y que pesa las acciones, el Señor de los reveses. El arco de los fuertes se quiebra mientras los que tropezaban se ciñen de poder. La estéril da a luz siete mientras la que tenía muchos hijos languidece. El Señor levanta al pobre del polvo y lo sienta con príncipes. Y el poema termina mirando hacia adelante, hacia un rey que todavía no existe, pues Dios «ensalzará el poder de Su ungido» (2:10).
La segunda mitad del capítulo parece otro mundo, y sin embargo es el mismo cántico puesto en escena. Ofni y Finees, los hijos de Elí, «no conocían al Señor» (2:12) aunque vivían de su altar. Despreciaban la ofrenda, tomaban la carne antes de quemar la grasa y engordaban con lo mejor de cada sacrificio. Elí los reprendía de palabra pero los honraba con los hechos, y un hombre de Dios llegó a anunciarle que su casa caería. Mientras tanto, el narrador va alternando las escenas con toda intención. Los sacerdotes corruptos descienden hacia el juicio, y entre una escena y otra, el niño de la túnica de lino crece delante del Señor. El capítulo demuestra en tiempo presente lo que Ana cantó en sus primeros versos.
Tres verdades bíblicas
1. La gratitud madura se goza en la Roca antes que en el regalo
Fíjate en cómo abre el cántico. Ana no canta a su hijo, sino al Señor que se lo dio. «Mi corazón se regocija en el Señor», dice, y enseguida declara que no hay roca como nuestro Dios. Después de años de súplica, su alegría no quedó anclada en Samuel. Quedó anclada en el carácter del Dios que la escuchó. Y esa es la diferencia entre la gratitud que madura y la que se evapora, porque el regalo se puede perder, enfermar o partir a Silo, pero la Roca permanece. Pregúntate hoy dónde está anclado tu gozo. Si depende por completo de lo que Dios te dio, tiembla cada vez que eso peligra. Si descansa en quién es Dios, resiste incluso cuando el regalo se entrega.
2. Nadie sube ni baja sin que Dios lo decida
El corazón del cántico es una lista de reveses. Fuertes quebrados, hambrientos saciados, estériles que dan a luz, ricos que mendigan, pobres sentados entre príncipes. Ana aprendió esto en carne propia, pero lo canta como ley del universo, pues el Señor es quien empobrece y enriquece, quien humilla y también exalta. Y el resto del capítulo lo confirma ante nuestros ojos. Los hijos de Elí tenían el apellido, el cargo y la mesa servida, y ya estaba dictada su sentencia. El niño sin linaje sacerdotal crecía en gracia. Esto habla al que vive peleando por posición, escalando a codazos como si el estatus se arrebatara. Y también advierte al que se siente seguro arriba. Ninguna cima es tuya por derecho propio, y el Dios que te levantó puede bajarte.
3. El cántico termina anunciando a un Ungido que Ana no conoció
En el verso final aparece por primera vez en la narrativa bíblica la palabra «ungido», mesías. Ana canta de un rey cuando Israel todavía no tiene trono. Siglos después, otra mujer con un hijo milagroso en los brazos retomará este cántico casi frase por frase. María canta en el Magnificat al Dios que quita a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes, porque el hijo que ella carga es el Ungido que Ana vislumbraba de lejos. Y en este mismo capítulo Dios promete levantar «un sacerdote fiel» que actúe conforme a Su corazón. Esa promesa tuvo un cumplimiento cercano en la historia de Israel, pero solo Uno sirvió conforme al corazón de Dios hasta el final. El cántico de la mujer estéril era, sin que ella lo supiera del todo, el primer villancico.
Reflexión y oración
Antes de que Israel tuviera trono, una mujer ya había cantado quién decide quién se sienta en él.
Señor, no hay roca como Tú. Gracias porque empobreces y enriqueces, humillas y exaltas, y ninguna de nuestras subidas o bajadas está fuera de tus manos. Guárdanos del orgullo de los hijos de Elí, que vivían de tu altar sin conocerte, y danos el corazón de Ana, que se gozó en Ti más que en tu regalo. Gracias por el Ungido que ella cantó de lejos y nosotros conocemos por nombre. En el nombre de Cristo, amén.
