Hoy llegamos a la historia más conocida del libro, y probablemente a la más maltratada de toda la Biblia. A David y Goliat lo han convertido en fábula motivacional, en manual para «vencer tus gigantes», en alegoría donde cada una de las cinco piedras esconde un significado secreto. Nada de eso vamos a hacer. Nuestro llamado tampoco es convertir cada cosa de la vida en un gigante por derrotar. Hoy devolvemos el capítulo a su historia, donde la tesis de Ana se hace carne delante de dos ejércitos, y a su evangelio, porque esta historia predica a Cristo mejor que casi ninguna otra del Antiguo Testamento.
Entendiendo el pasaje
La primera escena pinta el valle de Ela. Dos ejércitos apostados en colinas enfrentadas, y en medio, durante cuarenta días, un campeón de Gat llamado Goliat desafiando a Israel mañana y tarde. El narrador lo describe pieza por pieza, la estatura descomunal, el casco y la cota de bronce que pesaba miles de siclos, la lanza como un rodillo de telar, porque quiere que sintamos lo que Israel sentía. Y deja servida una ironía, pues el pueblo que eligió a su rey por estatura descubre que su hombre más alto no sale de la tienda. Al valle llega David trayendo provisiones para sus hermanos, escucha el desafío, y pregunta quién es este filisteo incircunciso para desafiar «a los escuadrones del Dios viviente» (17:26). Su hermano mayor Eliab lo humilla delante de todos, acusándolo de soberbio y de venir a mirar la batalla como quien va a un espectáculo.
La segunda escena es el duelo. Saúl, sin mejores opciones, escucha al muchacho contar cómo el Señor lo libró del león y del oso, y lo viste con su propia armadura, que a David le queda imposible. Va con lo que sabe usar, la honda, el cayado y cinco piedras lisas del arroyo. Frente al gigante que lo desprecia y lo maldice por sus dioses, David pronuncia el discurso que corona el capítulo, tú vienes con espada, lanza y jabalina, «pero yo vengo a ti en el nombre del Señor de los ejércitos» (17:45), y anuncia el propósito de lo que va a pasar, «para que toda la tierra sepa que hay Dios en Israel» (17:46). Una piedra basta. El campeón cae de bruces a tierra, como Dagón ante el arca, y el ejército que estuvo paralizado cuarenta días corre a perseguir a un enemigo ya vencido.
Tres verdades bíblicas
1. El miedo del campamento delata su teología
Durante cuarenta días, un ejército entero recitó de memoria que su Dios era el Dios viviente, y calculó la batalla como si ese Dios no existiera. Midieron a Goliat en codos y en siclos de bronce, y el Señor no entró en ninguna de sus cuentas. Y es que el miedo, además de emoción, es una declaración teológica, dice a gritos quién creemos que es Dios y cuánto pensamos que pesa en nuestra situación. Y la ironía duele, porque el rey de la estatura escondido en su tienda demuestra que el criterio de las naciones no salva a nadie. Escucha tu propio pánico con atención. Más que exigirte una valentía que no tienes, ese miedo te está mostrando cuánto necesitas de alguien que pelee por ti, y de él hablaremos en un momento.
2. La batalla es del Señor
En el discurso de David su propia honra no aparece por ninguna parte, y eso que el rey había prometido riquezas y a su hija. Lo que lo mueve es que toda la tierra sepa que hay Dios en Israel, y que esta asamblea aprenda que el Señor no libra con espada ni con lanza. La victoria existe para el nombre de Dios. El salmo de hoy en el plan, providencialmente, lo canta con las mismas notas, el rey no se salva por la multitud del ejército. Revisa el motivo de tus batallas, hasta las legítimas. Pelear por tu reputación agota y amarga. Pelear por el nombre de Dios ordena el corazón y deja el resultado en manos del Dueño de la batalla.
3. La victoria del representante se vuelve victoria del pueblo
En esta historia tú no eres David, sino uno más del ejército, hombres capaces y armados que llevaban cuarenta días paralizados por el miedo, incapaces de pelear su propia batalla. La liberación vino de un ungido que sus propios hermanos menospreciaron, que peleó completamente solo mientras todos miraban de lejos, y cuya victoria personal se convirtió en la victoria de todo el pueblo, que solo corrió a recoger un triunfo que no ganó. Siglos después, otro Ungido salido de Belén, también despreciado por los suyos, peleó solo en una cruz la batalla que ninguno de nosotros podía pelear, contra un enemigo más grande que Goliat. Y su victoria se nos acredita a los que estábamos paralizados. Vivir del evangelio es eso, correr detrás de un vencedor que ya venció.
Lo que el valle de Ela esperó durante cuarenta días llegó en un campeón que peleó solo.
Señor de los ejércitos, perdónanos el miedo que te deja fuera de las cuentas, ese que mide los problemas como si Tú no existieras. Enséñanos a pelear solo tus batallas y por tu nombre, y a dejar en tus manos el resultado. Y gracias, sobre todo, por nuestro Campeón, el Ungido despreciado que peleó solo la batalla que no podíamos pelear y nos regaló su victoria. En su nombre, amén.
