Ayer el campeón venció en el valle de Ela. Hoy vuelve del campo de batalla y descubre que la corte del palacio es más peligrosa que Goliat. El capítulo 18 corre sobre un estribillo qu se repite en tres ocasiones, el Señor estaba con David, y alrededor de ese estribillo se ordenan las dos únicas respuestas posibles ante el hombre que Dios acompaña. El príncipe heredero se quita su propio manto para ponérselo al pastor. El rey, un versículo después, le lanza la lanza. El que más perdía con el ascenso de David lo amó, y el que ya nada podía retener lo persiguió.
Entendiendo el pasaje
El primer momento es el pacto. El alma de Jonatán quedó ligada al alma de David, dice el texto, y lo amó como a sí mismo. El príncipe hace pacto con él y le entrega su manto, su armadura y hasta su espada. En el mundo antiguo ese gesto pesa, pues el heredero está poniendo sobre los hombros del pastor los símbolos de su propia sucesión, cediendo por amor lo que su padre matará por retener. Hablamos de pacto y lealtad, las categorías de alianza de aquel mundo, y las lecturas románticas modernas solo revelan lo pobre que se ha vuelto nuestra idea de la amistad.
El segundo momento es el nacimiento del veneno. Las mujeres salen a recibir al ejército cantando, «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles» (18:7), y a Saúl la canción le quema, ¿qué más le falta sino el reino? Desde aquel día no miró bien a David. Al día siguiente, mientras el muchacho toca el arpa para aliviarlo, el rey le lanza la lanza dos veces. Después prueba métodos más finos. Lo degrada a jefe de mil, y David prospera más. Le ofrece a su hija Merab y se la da a otro. Descubre que su hija Mical ama a David y la usa como «lazo», pidiendo por dote cien filisteos muertos con la esperanza de que David caiga en el intento, y David duplica la cifra. Cada trampa se voltea, y el narrador cierra con el saldo, Saúl fue enemigo de David todos los días de su vida.
Tres verdades bíblicas
1. Celebrar el don que Dios puso en otro es el antídoto contra la envidia
Jonatán era el hijo del rey, y aun así reconoció sin problema el don de Dios y la gracia que reposaba sobre David. Atención a esto, muchos de los problemas en nuestras relaciones nacen de no reconocer con humildad que Dios le dio a otro algo que a nosotros no nos dio. La envidia es dañina y carcome por dentro, mientras que celebrar las virtudes de otros es liberador. Jonatán es lo opuesto exacto de Saúl, y la vida práctica lo confirma todos los días, nadie quiere estar cerca de un resentido que ve enemigos en todas partes, y todos buscan estar al lado del que, con pretensión humilde, se goza en las victorias de los demás. La envidia amarga en boca propia el triunfo ajeno. Decide hoy cuál de los dos quieres ser en tu casa y en tu iglesia.
2. Los celos leen todo al revés
Fíjate dónde nació el tormento de Saúl, en una canción comparativa. Las mujeres celebraban a los dos, pero Saúl solo escuchó la aritmética, a mí me cantan miles, y a él diez miles. Desde ese día su mirada se enfermó, y todo lo bueno empezó a leerse al revés. El arpa que lo aliviaba se volvió blanco de lanza. El amor de su hija se volvió trampa aprovechable. Las victorias que consolidaban su propio reino se volvieron amenaza personal. Así trabajan los celos, invierten el signo de todas las bendiciones y atormentan más al que los carga que al que los recibe. Cuídate de las canciones comparativas, esas que solo cuentan las cifras y los aplausos del otro. El corazón que compara termina lanzando lanzas contra su propia paz.
3. La presencia de Dios no se puede sabotear
Repasa la cadena de trampas del capítulo, y el resultado de cada una. Lo degradaron, y prosperó más. Lo mandaron a las batallas más duras, y volvió con más victorias. Le pusieron una dote diseñada para matarlo, y la duplicó. El estribillo explica todo, el Señor estaba con él. Contra el que Dios acompaña, la oposición termina trabajando de promoción. Y observa el otro lado de la moneda, David nunca estira la mano hacia el trono, se conduce prudentemente y deja su ascenso en las manos del que lo ungió. Deja de asegurar tu posición y busca su presencia, porque un solo «el Señor estaba con él» pesa más que todos los títulos que puedas defender.
Reflexión y oración
Contra el que Dios acompaña, hasta las trampas trabajan a favor.
Señor, danos el corazón de Jonatán, que celebra sin amargura lo que Tú haces en otros aunque le cueste lo suyo. Limpia de nosotros la mirada enferma de los celos, esa que lee al revés las bendiciones ajenas. Y enséñanos a buscar tu presencia antes que cualquier posición, porque contigo cerca, ninguna trampa prospera, y sin Ti, ningún trono alcanza. En el nombre de Cristo, amén.
