Ayer el manto de Samuel quedó rasgado y el reino prometido a «un prójimo tuyo que es mejor que tú». Hoy conocemos a ese prójimo, y arranca la tercera etapa de nuestra serie, El Rey Escogido. Durante toda la sección anterior sembramos una sospecha, el pueblo eligió a su rey por estatura, por lo que entraba por los ojos. Hoy la sospecha encuentra su respuesta en la boca de Dios mismo. Y el lugar donde ocurre dice tanto como el muchacho escogido, una aldea pequeña de Judá llamada Belén, de la que volveremos a oír.
Entendiendo el pasaje
El capítulo se cuenta en tres cuadros. En el primero, Dios levanta a Samuel del duelo, ¿hasta cuándo te lamentarás por Saúl?, y lo envía a Belén con el cuerno lleno de aceite. El anciano tiene miedo, si Saúl se entera lo matará, y Dios atiende ese temor dándole una cobertura legítima, llevar una becerra y convocar un sacrificio. En el segundo cuadro desfilan los hijos de Isaí. Eliab abre la fila y Samuel queda impresionado, seguro de estar viendo al ungido, y entonces Dios corrige a su propio profeta con el versículo que hoy nos ancla, no mires su apariencia ni lo alto de su estatura. El paralelo con el joven Saúl es deliberado. Pasan siete hijos y ninguno es el escogido, hasta que Samuel pregunta si no queda otro, y resulta que el menor está con las ovejas, tan fuera de los cálculos de su padre que ni lo habían llamado. Lo traen del campo, Dios dice levántate y úngelo, y el Espíritu del Señor viene poderosamente sobre David desde aquel día en adelante.
El tercer cuadro es el contrapunto. El Espíritu se aparta de Saúl, y un espíritu malo de parte del Señor comienza a atormentarlo. El texto no especula ni nosotros tampoco, todo pasa por la soberanía de Dios, y a la vez Saúl sigue siendo plenamente responsable de cada acto suyo hasta el final del libro. Sus criados sugieren música para aliviarlo, y alguien menciona a un joven de Belén que toca bien, valiente y prudente en su hablar. Así, por la puerta del tormento del rey desechado, el ungido entra al palacio, como músico que calma al rey y escudero que carga sus armas. La providencia de Dios instaló a David en la corte sin que nadie, ni Saúl ni David, supiera lo que estaba pasando.
Tres verdades bíblicas
1. El Señor mira lo que nadie más puede mirar
Si el error de elegir por apariencia fuera solo del pueblo, bastaría con culpar a la multitud. Pero aquí el impresionado es Samuel, el profeta veterano que ungió al primer rey y vio su fracaso de cerca, y aun él necesitó la corrección. Medimos por imagen y por resultados visibles porque es lo único que alcanzamos a ver, y Dios pesa otra cosa. Quiero que veas esto en dos direcciones. Primero, en cómo eliges a quién seguir y admirar, si por plataforma y elocuencia o por carácter probado. Y segundo, en qué estás cultivando tú en la parte que nadie ve, porque ahí es exactamente donde se posan los ojos de Dios.
2. En Belén, Dios volvió a escoger al que nadie contaba
Isaí presentó siete hijos y ni se le ocurrió mandar a llamar al octavo. El escogido de Dios estaba tan fuera de los cálculos de su propia casa que hubo que interrumpir la ceremonia para ir a buscarlo al campo. Ana cantó esto al comienzo de la serie, el Señor levanta del polvo al pobre para sentarlo con príncipes. Y siglos más tarde, el profeta Miqueas señalará precisamente a esta aldea, pequeña entre los millares de Judá, como cuna del gobernante cuyos orígenes vienen desde la eternidad. En el mismo Belén del ungido que nadie contaba nació el Ungido, acostado en un pesebre porque tampoco para Él hubo lugar.
3. El ungido aprende sirviendo
Fíjate en la ironía. David sale de Belén ungido rey de Israel, y su primer cargo oficial es tocar el arpa para el hombre que ocupa su trono y servirle de escudero en sus peores noches. La unción no lo llevó al trono, sino al servicio. Entre el aceite y la corona, Dios puso años de arpa, y en esos años se formó el rey que Saúl nunca fue. Si sientes que Dios te ha llamado a algo grande y hoy estás sirviendo en algo pequeño, no desprecies tus años de arpa. Sé fiel en lo poco y deja que el Señor se ocupe de lo mucho.
Reflexión y oración
Aquel día en Belén desfilaron siete estaturas, y Dios escogió un corazón.
Señor, Tú ves lo que nadie más puede ver, y esa verdad nos consuela y nos examina a la vez. Cultiva en nosotros la parte escondida, la que solo Tú miras, y guárdanos de medir a las personas por lo que entra por los ojos. Gracias por Belén, la aldea donde escogiste al pastor que nadie contaba y donde naciera el Ungido mayor, nuestro Salvador. Y danos fidelidad en los años de arpa, sirviendo en lo pequeño mientras Tú formas lo que has prometido. En el nombre de Cristo, amén.
