Hoy cerramos el segundo bloque de nuestra serie, El Rey Pedido, y lo cerramos con uno de los capítulos más difíciles de toda la Biblia. No lo vamos a suavizar. Aquí hay una orden de exterminio, un rey que obedece a medias y una sentencia sin marcha atrás. La semana empezó con Saúl persiguiendo asnas y ungido en secreto, y termina exactamente donde Samuel advirtió que terminaría el rey pedido según el criterio de las naciones. Escucha este capítulo con reverencia, porque habla de un Dios que toma su santidad más en serio de lo que nosotros solemos tomarla.
Entendiendo el pasaje
El capítulo se mueve en cuatro bloques. El primero es la comisión, y trae memoria larga. Dios ordena ejecutar contra Amalec el herem, la consagración a juicio de lo que lo ofendió, por algo que pasó cuatrocientos años atrás, cuando Amalec atacó por la espalda a los rezagados débiles de Israel en el desierto, y Dios juró entonces que habría cuentas. La sentencia tenía cuatro siglos de paciencia encima. Y fíjate que el juicio discrimina con precisión moral, pues Saúl avisa a los quenitas, aliados de Amalec pero bondadosos con Israel en el desierto, para que se aparten y vivan. El segundo bloque es la obediencia parcial. Saúl gana la batalla y destruye todo lo que no valía nada. Lo mejor del ganado y al rey Agag se los queda.
El tercer bloque es la confrontación. Dios le comunica su pesar a Samuel, que pasa la noche entera clamando. A la mañana siguiente el profeta descubre que Saúl pasó por Carmel levantándose un monumento a sí mismo, y al llegar lo recibe un rey satisfecho, bendito seas, he cumplido la palabra del Señor. Detrás balan las ovejas. Las excusas de siempre aparecen, fue el pueblo, era para sacrificar al Señor, y entonces Samuel pronuncia el oráculo que atraviesa toda la Escritura, el obedecer es mejor que un sacrificio, la rebelión pesa como la adivinación y la desobediencia como la idolatría, y «por cuanto has desechado la palabra del Señor, Él también te ha desechado para que no seas rey» (15:23). El cuarto bloque es el desenlace. Saúl confiesa tarde y mirando a la gente, he pecado, pero hónrame ahora delante de los ancianos. Al volverse Samuel, Saúl le rasga el manto, y el profeta convierte el accidente en señal, así ha arrancado el Señor hoy de ti el reino, para dárselo «a un prójimo tuyo que es mejor que tú» (15:28). Samuel ejecuta a Agag, y los dos hombres se separan para siempre, el profeta llorando por el rey, y el Señor pesaroso de haberlo hecho rey.
Tres verdades bíblicas
1. El juicio de Dios tiene memoria y tiene fecha
Lo mas difícil de asimilar del capítulo del capítulo es también lo que más enseña. Este juicio no fue ningún arrebato, sino una sentencia dictada cuatrocientos años antes, sostenida por una paciencia que le dio a Amalec cuatro siglos de oportunidad, y ejecutada con una precisión que perdonó a los quenitas por su bondad antigua. Así juzga Dios, con memoria exacta y sin apuro. Nuestra generación quiere un Dios sin juicio, todo abrazo y ninguna cuenta, pero ese dios no existe en la Biblia. La demora del juicio no es su cancelación. Que su paciencia contigo siga abierta hoy es una misericordia enorme, y es también un plazo.
2. La obediencia a medias es desobediencia completa
Saúl podría defenderse con números, cumplió casi todo. Peleó la guerra ordenada y eliminó lo que no servía. Su desobediencia se concentró en un solo renglón, el más valioso. Y ahí está el punto, porque obedecer selectivamente es nombrarse juez sobre la Palabra, decidir cuáles mandatos aplican y cuáles admiten excepción. Eso ya es otro gobierno, el propio. Revisa tu noventa por ciento rendido y pregúntate qué guardas en el diez restante, esa relación o ese hábito que negocias con Dios hace años. Lo que Saúl retuvo era lo mejor del botín. Lo que nosotros retenemos suele ser también lo que más amamos.
3. Dios quiere obediencia antes que ofrendas
La excusa final de Saúl suena piadosa, guardamos lo mejor para sacrificarlo al Señor. Y el oráculo la desarma para siempre. El sacrificio existía para expresar amor y cubrir la falta del que volvía arrepentido, no como moneda para comprar el derecho a desobedecer. Cuando la ofrenda pretende reemplazar la obediencia, deja de ser adoración y se vuelve soborno. Por eso el oráculo empareja la rebelión con la adivinación y la desobediencia con la idolatría, porque las tres ponen otra voluntad en el trono que le pertenece a Dios. Examina tu propio culto. Si la asistencia y la ofrenda están funcionando como compensación de una vida que no se somete, Dios ya dijo lo que piensa de esas ovejas gordas.
Reflexión y oración
A Dios no se le paga con ofrendas lo que se le negó en obediencia.
Señor, Gloria de Israel que no mientes ni cambias de propósito, danos temor sano delante de tu santidad, la que juzga con memoria y con fecha. Arranca de nosotros la obediencia a medias y muéstranos lo que todavía retenemos bajo llave. Recibe nuestro culto como fruto de una vida rendida, y guárdanos de ofrecértelo como pago. Gracias porque tu paciencia con nosotros sigue abierta, y porque todavía es tiempo de volver. En el nombre de Cristo, amén.
