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Justificados por la fe

Romanos 4
17 May 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 4

En el sermón pasado abordamos el gran argumento de Pablo acerca de la justificación y su alcance. Mostramos que la justificación es por la fe solamente y no por ninguna obra, y luego, que ese Dios que justifica no solo lo hace con los judíos, sino también con los gentiles. Y una de las cosas que prometimos es que el capítulo 4 completo amplifica esas dos ideas que cerraron el capítulo 3.

Y es exactamente lo que Pablo hace aquí. Si alguien necesitaba una prueba de que la justificación es por fe y no por obras, Pablo la entrega. Si alguien necesitaba una prueba de que esa justificación alcanza a todos, circuncisos e incircuncisos por igual, Pablo también la entrega. Y la prueba en ambos casos es la misma persona: Abraham.

Abraham era el padre de la nación judía, la figura que todo judío reverenciaba. Si Pablo podía demostrar que Abraham fue justificado por fe y no por obras, el argumento quedaba cerrado. Porque si Abraham —con todo lo que representaba para Israel— no fue justificado por la Ley ni por la circuncisión, entonces nadie puede serlo.

Pero Pablo no se queda solo con Abraham. También trae a David, el rey más grande de Israel, para mostrar la bienaventuranza del hombre a quien Dios le perdona el pecado sin obras de por medio.

El argumento de este sermón es el siguiente:

La fe de Abraham es el testimonio de que somos justificados solo por la fe.

Y lo vamos a ver en tres partes.

1. La justificación que es por la fe (vv. 1-8)

2. La justificación que alcanza a todos (9-17).

3. El tipo de fe que justifica (18-25)

1. LA JUSTIFICACIÓN QUE ES POR LA FE (vv.1-8)

Romanos 4:1-8 (RVR1960):

¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda. Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.

Pablo va directo al ejemplo más contundente que podía usar frente a una audiencia judía: Abraham. Y la estrategia del apóstol es brillante: apela a la Ley y a los Escritos —a Moisés y a David— para demostrar que el testimonio de la Palabra de Dios apunta a que el hombre no es salvo por sus buenas acciones. Pablo no está usando argumentos filosóficos. Está usando las Escrituras que sus interlocutores judíos reverenciaban.

La pregunta es sencilla: ¿cómo fue justificado Abraham? Si fue por obras, tiene de qué gloriarse. Pero Pablo acaba de decir en el capítulo anterior que la jactancia queda excluida. Así que la respuesta tiene que ser otra. Y la Escritura la da sin rodeos: “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6).

Veamos la línea de tiempo. Dios llamó a Abraham en Génesis 12 y le hizo una promesa: haría de él una gran nación y en él serían benditas todas las familias de la tierra. Abraham obedeció y salió de su tierra. En Génesis 15, Dios reafirmó su promesa y Abraham creyó —y ahí, en ese momento, le fue contado por justicia. No fue hasta Génesis 17, cuando Abraham tenía 99 años, que Dios instituyó la circuncisión.

Habían pasado más de catorce años entre la declaración de justicia y la circuncisión. La circuncisión no fue lo que inauguró la promesa. Fue la señal visible de que Abraham ya había entrado en una relación con Dios basada en la promesa. Ya era justo delante de Dios antes de la marca. La marca vino después, como testimonio de lo que ya había ocurrido en su corazón.

Fíjense en lo que Génesis 15:6 no dice. No dice “Abraham se circuncidó y le fue contado por justicia”. Tampoco dice “Abraham cumplió la Ley y le fue contado por justicia”. Dice que creyó. Y eso, la fe, el creer, le fue contado por justicia.

Y Pablo lo explica con una ilustración que todos podían entender: la diferencia entre salario y regalo. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda. Si tú trabajas, el patrón te debe tu paga. Es tu derecho. Lo ganaste. Pero la justificación no funciona así. Al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. La justificación es un regalo que se recibe por fe. No es un salario que se gana por obras. Si fuera salario, Dios nos debería algo. Pero es gracia. Y la gracia no se gana. Se recibe.

Ahora bien, esto no es un desecho de las buenas obras. De ningún modo. La santificación es el resultado de la fe y la prueba visible de que en efecto alguien ha creído. La gran prueba de la fe de Abraham fue precisamente su obediencia. En Génesis 22, cuando Dios le pidió que ofreciera a Isaac, Abraham obedeció. Y es esa obediencia la que Santiago dice que le fue contada por justicia —pero dejando en claro que fue resultado de su fe, no sustituto de ella. Abraham obedeció porque ya era un hombre de fe. Las obras siempre son el fruto. La raíz es la fe.

Y luego Pablo trae un segundo testigo: David. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. “Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Salmo 32:1-2).

David no habla aquí de alguien que fue lo suficientemente bueno para merecer el perdón. Habla de alguien cuyas iniquidades fueron perdonadas, cuyos pecados fueron cubiertos, a quien el Señor no le imputa pecado. Eso es gracia pura. David lo sabía por experiencia propia — él había pecado gravemente y había recibido un perdón que no merecía. Y lo que Pablo quiere que veamos es que desde el Antiguo Testamento ya se mostraba esta realidad: Dios justifica sin obras. Dios perdona sin mérito. Dios declara justo al que cree, no al que se esfuerza.

Es interesante que la fe que se menciona aquí se relaciona con esa confianza solo en la promesa del Señor, como la de Abraham, pero que su resultado implícito es el perdón del pecador —de ahí la cita de los Salmos. Ser justificados no es un mero acto hipotético.

Es también la declaración de que nuestro pecado ha sido perdonado. Que Dios no lo toma en cuenta. “Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.” Eso es lo que recibimos por la fe.

Hermanos, las personas que viven con una culpa permanente, tratando de redimir sus propios pecados a punta de obras, se equivocan. El perdón es un acto de fe y es nuestro llamado creer. Porque cuando creemos, recibimos la justicia de su Hijo; a él le fue transferida la culpa de nuestro castigo. Cristo llevó lo que nosotros merecíamos. Y por eso Dios puede declararnos justos sin comprometer su santidad.

Es cierto que un creyente puede vivir con el lamento de haber fallado al Señor. Se dice, por ejemplo, que Pedro, cada vez que oía el canto de un gallo, caía de rodillas porque recordaba que había defraudado a su maestro. Pero eso es distinto de la culpa. Debemos ser sensibles a la realidad de que nuestro pecado ofende a Dios; esa sensibilidad es sana, es parte de un corazón arrepentido. Pero también debemos creer que el Señor, por la fe, por creer en el Hijo de Dios, ha borrado nuestro pecado y quitado nuestra culpa. Si David pudo decir “bienaventurado” al hablar del perdón, nosotros también podemos descansar en esa bienaventuranza.

2. LA JUSTIFICACIÓN QUE ALCANZA A TODOS (vv.9-17)

Romanos 4:9-10  (RVR1960):

¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia. ¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión.

Ahora Pablo hace la segunda pregunta: ¿Para quién es esta bienaventuranza? ¿Solo para los circuncidados, para los que tienen la Ley, para los que pertenecen al pueblo de Israel? ¿O también para los que están fuera? Esto estaba relacionado con la segunda objeción que ya había contestado de manera general al final del capítulo 3: ¿Es Dios solo de los judíos o también de los gentiles? Pues bien, aquí va a explicar de dónde viene la idea de que Dios es Dios de todos.

Pablo pregunta: ¿Cuándo le fue contada la fe a Abraham por justicia? ¿Antes o después de ser circuncidado? La respuesta es devastadora para el argumento judío: antes.

Abraham fue declarado justo en Génesis 15. No fue circuncidado hasta Génesis 17, cuando tenía 99 años. Habían pasado más de catorce años entre una cosa y otra. Desde el punto de vista judío, cuando Abraham fue justificado, era técnicamente un gentil, sin la marca del pacto, sin la Ley, con nada más que la promesa de Dios y su fe en esa promesa.

Entonces, ¿para qué fue dada la circuncisión? Pablo dice que fue “señal” y “sello”. Como señal, era evidencia visible de que Abraham pertenecía a Dios y de que creía su promesa. Como sello, le recordaba que Dios le había hecho una promesa y que la cumpliría. La circuncisión no le añadió nada a la salvación de Abraham. Solo testificó de ella. Vino después, no antes. Fue consecuencia de la fe, no condición para ella.

Y Pablo también señala que Abraham fue justificado antes de que la Ley fuera dada por medio de Moisés. La palabra clave en los versículos 13 al 17 es “promesa”, y aquí por primera vez Pablo la introduce. Esta palabra da la idea de un pacto, de un compromiso inquebrantable. La salvación de Dios no es un trato bidireccional, sino una iniciativa de parte de Dios.

Abraham fue justificado por creer la promesa de Dios, no por obedecer la Ley de Dios, porque la Ley de Dios no había sido aún dada. La promesa a Abraham fue dada por la pura gracia de Dios. No la ganó ni la merecía. Y así hoy, Dios justifica a los impíos porque creen su promesa de gracia, no porque obedecen su Ley. La Ley no fue dada para salvar a los hombres, sino para mostrarles que necesitan ser salvos.

Y eso prueba que la salvación es para todos. Abraham es el padre de todos los creyentes, ya sean judíos o gentiles. En vez de quejarse porque Abraham no se salvó por la Ley, los judíos deberían regocijarse de que la salvación de Dios está al alcance de todos.

Pablo resuelve también la pregunta que nos quedó pendiente en el capítulo 3 sobre la ley: ¿para qué sirve entonces la ley? Lo dice Pablo con toda claridad: para la ira. Porque, como dijimos, no ha sido dada sino para revelar el pecado; pero también agrega que es insuficiente, porque el sistema de la ley no había sido dado a todos, así que ¿cómo se podía acusar de transgresión de la ley de Moisés a quienes no conocían la ley de Moisés Ya mencionamos que de todos modos nadie tiene excusa porque han violado la ley que Dios pone en el corazón, pero en cuanto a la ley escrita de Moisés, que los judíos pretendían mostrar como medio para ser justos delante de Dios, no era suficiente para todos, así que se requería de algo mucho más amplio y eficiente: una promesa. Pero una promesa de alguien que tuviera la capacidad de cumplirla y nunca fallara: Dios.
Ese es el punto del apóstol. Mostrar que la promesa es mayor a la ley porque su alcance es universal.

Abraham tiene una familia espiritual, todos los verdaderos creyentes, además de su familia natural, la nación de Israel. Pablo vio esto como el cumplimiento de Génesis 17:5: “Te he puesto por padre de muchedumbre de gentes”.

Mis hermanos, no tenemos un Dios exclusivista. A veces asumimos la actitud de los fariseos cuando se enojaban porque el Señor recibía a publicanos y pecadores. Los pecadores no tienen nacionalidad, ni color de piel, ni forma de hablar, y el perdón de Dios tampoco.

Una de las imágenes más hermosas que veremos en la eternidad es delante del trono a gente de toda tribu lengua y nació, de pie, adorando al Cordero y al que vive por los siglos.

3. EL TIPO DE FE QUE JUSTIFICA (vv.18-25)

Romanos 4:18-21 (RVR1960):

Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.

Pablo ahora amplifica una frase del versículo 17: que Dios “da vida a los muertos”. Y lo hace mostrando qué tipo de fe tenía Abraham. No hablamos de un optimismo vago ni de una confianza genérica. Abraham creía en lo imposible. En esperanza contra esperanza.

Una de las razones por las que Dios demoró en enviar un hijo a Abraham y Sara fue para permitir que toda su fuerza natural decayera y desapareciera. Era inconcebible que un hombre de casi cien años pudiera engendrar un hijo en una mujer de noventa que siempre había sido estéril. Desde el punto de vista reproductivo, ambos estaban ya muertos. No había posibilidad humana alguna.

Pero Abraham no andaba por vista. Andaba por fe. Lo que Dios promete, lo cumple. Y Pablo dice que Abraham “no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo” ni “la esterilidad de la matriz de Sara”. Abraham veía la realidad. Sabía que humanamente era imposible. Pero su fe no dependía de lo que él podía hacer, dependía de lo que Dios había prometido. Plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.

Dios tiene que esperar hasta que el pecador reconozca que está muerto e incapacitado para ayudarse a sí mismo antes de manifestar su poder salvador. Mientras el pecador piense que por sus propias fuerzas puede hacer obras que agraden a Dios, no puede ser salvo por gracia. Cuando Abraham reconoció que su cuerpo estaba muerto, el poder de Dios obró. De la misma forma, cuando el pecador confiesa que está espiritualmente muerto y que no puede ayudarse a sí mismo, es cuando Dios lo puede salvar.

Pablo cierra el capítulo conectando todo con la resurrección de Cristo: Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros, a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.

De hecho, si lo recuerdan, la máxima expresión de la fe de Abraham fue cuando llevó a su hijo para ser sacrificado.

Por la fe, Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía a su único hijo.  18 Fue a él a quien se le dijo: «EN ISAAC TE SERÁ LLAMADA DESCENDENCIA».  19 Él consideró que Dios era poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde también, en sentido figurado, lo volvió a recibir. (Heb 11:18-19)

Abraham creyó en lo mismo que usted y yo somos llamados a creer: en un Dios que es poderoso para resucitar a los muertos. Eso es creer esperanza contra esperanza.

Ese es el lenguaje que el Dios usa en el Nuevo Testamento en el momento en que Jesús es bautizado. Juan el Bautista lo ve y dice: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, y cuando es sumergido, una voz del cielo dice: Este es mi Hijo amado (Mt 3:17).

Abraham no entregó a Isaac; Dios proveyó un cordero Pero tu fe en el poder de Dios. Pues el Padre sí entregó al hijo y lo ha resucitado para que creamos en Su poder.

La resurrección de Cristo es la prueba de que Dios aceptó el sacrificio de su Hijo. Jesús fue entregado a morir por causa de nuestras transgresiones y fue resucitado por causa de nuestra justificación.

Si Cristo no hubiera resucitado, no tendríamos certeza de que el sacrificio fue suficiente. Pero resucitó. Y eso significa que la deuda fue pagada, que Dios quedó satisfecho y que ahora los pecadores pueden ser justificados sin que Dios viole su propia Ley ni contradiga su naturaleza.

Y hermanos, la fe que se nos pide es la misma fe de Abraham. Creer en un Dios que da vida a los muertos. Abraham creyó que Dios podía dar vida a su cuerpo muerto. Nosotros creemos que Dios levantó a Cristo de entre los muertos. Es la misma clase de fe: confianza en el poder de Dios para hacer lo que es humanamente imposible. Y esa fe nos es contada por justicia, tal como le fue contada a Abraham.

Pensemos en algo que nos debería maravillar. Abraham no tenía una Biblia que pudiera leer. Solo tenía la promesa de Dios. Como creyente, casi estaba solo, rodeado de paganos.

No podía mirar hacia atrás a una larga historia de fe; él ayudó a que se escribiera esa historia. Y sin embargo, creyó a Dios.

Nosotros hoy tenemos una Biblia completa, tenemos comunión en la iglesia, podemos mirar hacia atrás a siglos de fe escritos en la historia. Y sin embargo, muchos rehúsan creer. Que no sea así entre nosotros.

Cierre:

Abraham es la prueba de todo lo que Pablo ha venido diciendo. Fue justificado por fe y no por obras, lo cual elimina la jactancia. Fue justificado antes de la circuncisión y antes de la Ley, lo cual abre la puerta a todos. Y creyó en lo imposible, lo cual nos conecta directamente con nuestra fe en la resurrección de Cristo.

Hermanos, la fe que salva no es la fe en nuestras capacidades. Es la fe en las promesas de Dios. La fe que mira su propio cuerpo muerto y dice: “Pero Dios es poderoso.” La que mira su propio pecado y dice: “Pero Cristo resucitó por mi justificación.” Es la fe que llega con las manos vacías y recibe lo que jamás podría ganar.

Esa fue la fe de Abraham. Y esa misma fe nos es contada por justicia a nosotros hoy.