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Paz para con Dios

Romanos 5:1-5
31 May 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 5:1-5

“Esperanza” es una de esas palabras que usamos para todo. La sacamos en los escenarios más superficiales y en los más serios. Una tarde de fútbol, cuando tienes la esperanza de que tu equipo gane. Y también al borde de la camilla de un hospital, cuando tienes la esperanza de que ese familiar enfermo se levante y se recupere. La misma palabra para cosas tan distintas.

Pero como sea que la entendamos, creo que estamos de acuerdo en algo: la esperanza es parte de lo que nos hace humanos. El que deja de esperar deja de vivir. Vivimos inclinados hacia adelante, esperando algo.

Ahora bien, hay una esperanza que es superior a cualquiera que podamos concebir en este mundo, por más noble que sea. La Biblia la llama la esperanza eterna. Y esa esperanza no solo nos hace humanos, nos hace cristianos.

La pregunta es: ¿por qué un cristiano puede tener esperanza? ¿Qué garantiza que lo que esperamos no es un optimismo inocente o algún placebo ilusorio que nos inventamos para soportar la vida? Porque eso es lo que muchos piensan de la fe: que es una muleta, una ilusión bonita para no enfrentar la realidad. Y de eso justamente va a hablar Pablo en este nuevo bloque de la carta. De cómo la justicia de Dios, el haber sido justificados, es el sustento de la esperanza cristiana. Nuestra esperanza no flota en el aire. Descansa sobre algo que Dios ya hizo.

Demos un paso atrás para ubicarnos. En los capítulos 1 al 4, Pablo construyó un argumento completo. Nos mostró que todos, judíos y gentiles, estamos bajo pecado y bajo la ira de Dios. Que nadie es justo, ni uno solo. Y luego, la buena noticia: que Dios justifica al pecador por la fe en Cristo, gratuitamente, sin obras de la Ley. Abraham fue la prueba. Hasta aquí hemos llegado: somos declarados justos por la fe.

A partir del capítulo 5, Pablo cambia de pregunta. Ya no se enfoca en cómo somos justificados, sino en qué significa estar justificados. Si Dios ya me declaró justo, ¿qué tengo ahora? ¿En qué cambia mi vida? Y la respuesta lo va a ocupar desde aquí hasta el capítulo 8.

Es un bloque entero, y el hilo que lo cose de principio a fin es la esperanza: la certeza de que la justificación que recibimos nos llevará hasta la salvación final, sin que nada en el camino, ni siquiera el sufrimiento, pueda arrebatárnosla.

Y hay un detalle del texto que es importante, porque nos ayuda a leer bien todo lo que viene. Lo que Pablo dice aquí, al comienzo del capítulo 5, y lo que va a decir al final del capítulo 8, es prácticamente lo mismo. Aquí habla de gloriarnos en la esperanza, de gloriarnos en las tribulaciones, del amor de Dios derramado en nuestros corazones. Y allá, en el cierre del capítulo 8, vuelve sobre lo mismo: el sufrimiento del tiempo presente comparado con la gloria que viene, y aquella afirmación de que nada podrá separarnos del amor de Dios.

Dos pasajes que dicen casi lo mismo, uno al principio y otro al final. Y eso nos muestra un patrón de apertura y cierre.

 Es un recurso que Pablo usa para enmarcar, como cuando uno pone dos columnas iguales a la entrada de un edificio. Esas dos columnas, la esperanza en medio del sufrimiento y lo que garantiza esa esperanza, sostienen todo lo que va en medio.

Capítulos 6 y 7, con su lucha contra el pecado y la Ley, quedan abrazados por este mismo tema como los que a menudo son enemigos de la esperanza. Así que cuando leamos sobre la esperanza en estos versículos, estamos leyendo la puerta de entrada a todo el bloque.

Y esto le importaba a la iglesia de Roma, una iglesia de judíos y gentiles que arrastraba tensiones. Porque la esperanza de la que habla Pablo no es la de un grupo sobre otro. No hay una esperanza de primera para los que tienen la herencia de Israel y una de segunda para los que vienen de afuera. Es la misma esperanza, fundada en lo mismo, para todos los que han sido justificados por la misma fe. Lo que Dios hizo, lo hizo igual para ambos.

El argumento de este sermón es el siguiente:

Ser justificados por la fe produce paz con Dios y esperanza eterna.

Y lo vamos a ver en tres partes, siguiendo el texto.

  1. La justificación nos da paz con Dios (v. 1).
  2. La justificación nos da entrada a la gracia (v. 2)
  3. La justificación nos da esperanza (vv. 3-5)

1. LA JUSTIFICACIÓN NOS DA PAZ CON DIOS (v. 1)

Romanos 5:1 (RVR1960):

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Pablo empieza con un “pues” que conecta hacia atrás. Todo lo que dijo en los capítulos anteriores sobre la justificación desemboca aquí, y es que, ya que hemos sido justificados por la fe, esto es lo que tenemos. Y lo primero que menciona es paz con Dios.

Para entender lo que Pablo quiere decir, hay que escucharlo como lo habría escuchado un judío. Cuando nosotros decimos “paz”, muchas veces pensamos en algo negativo, en la simple ausencia de conflicto. No estar peleado con alguien. Que no haya guerra. Pero la palabra que estaba detrás de la mente judía era shalom, y shalom es mucho más que eso.

No es solo que se acabó la hostilidad. Es bienestar, plenitud, reposo, las cosas puestas en su lugar. Es el estado de quien está completo porque está bien con Dios.

Isaías lo dijo de una forma hermosa:

Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo (Isaías 32:17-18).

 Fíjense en la conexión que hace el profeta. La justicia produce paz. Y esa paz es reposo, seguridad, una morada donde habitar tranquilo. No es un estado de ánimo pasajero. Es una condición en la que se vive. Pablo está diciendo exactamente eso: el que ha sido justificado vive en shalom con Dios. Reposa. Descansa. Habita seguro.

Y conviene tener esto claro desde ya, porque prepara algo que veremos más adelante. Esta paz no es la ausencia de problemas. No quiere decir que el creyente justificado tendrá una vida sin tribulaciones, sin dolor, sin pruebas.

Pablo mismo va a hablar de tribulaciones unos versículos después. La paz de la que habla no depende de que afuera todo esté tranquilo. Es una paz con Dios, una paz de fondo, que permanece aunque la superficie esté agitada.

¿Y de dónde viene esta paz? De que hemos sido reconciliados. Éramos enemigos de Dios. No es que estuviéramos un poco distanciados, estábamos bajo su ira, en oposición a Él. Y por medio de Cristo, esa enemistad terminó. La guerra acabó.

Dios y el pecador que cree están en paz, y no porque el pecador haya depuesto las armas por su cuenta, sino porque Cristo hizo la paz en la cruz.

Hermanos, déjenme aterrizar esto en algunas cosas concretas.

  • Lo primero es que nuestro mayor problema ya quedó resuelto. A veces vivimos angustiados por mil asuntos (el trabajo, la salud, el dinero, la familia), y son cosas que pesan; no las minimizo. Pero el problema más grande que un ser humano puede tener es estar en enemistad con su Creador. Y ese, si estás en Cristo, ya está resuelto. Lo más serio de tu vida ya fue atendido. Eso debería cambiar la forma en que cargamos todo lo demás.
  • Lo segundo es que, entre más pensamos en lo que el Señor hizo, más plenitud experimentamos. La paz no crece mirándonos a nosotros mismos ni midiendo nuestro desempeño. Crece cuando recordamos que fuimos reconciliados, que la deuda está saldada, que la relación está restaurada. La meditación en la obra de Cristo es alimento para el alma que busca reposo.
  • Y lo tercero es que esta paz con Dios nos habilita para estar en paz con los demás. El que ha sido reconciliado con Dios tiene de dónde sacar para reconciliarse con su hermano. Cuesta vivir en guerra con otros cuando uno ha entendido la magnitud de la paz que recibió sin merecerla. La paz vertical, con Dios, tiende a derramarse en paz horizontal, con la gente a nuestro alrededor.

2. LA JUSTIFICACIÓN NOS DA ENTRADA A LA GRACIA (v. 2)

Romanos 5:2 (RVR1690):

Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

El segundo resultado de la justificación es el acceso. “Tenemos entrada”, dice Pablo. La palabra que usa describe el privilegio de ser introducido ante alguien de gran dignidad, como quien tiene acceso a la presencia de un rey. Y lo que Pablo afirma es que el justificado tiene ese acceso a Dios mismo.

La carta a los Hebreos desarrolla esta misma realidad: por la sangre de Cristo tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo, podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia. Lo que en el Antiguo Testamento estaba reservado y cercado por un velo, ahora está abierto. El creyente entra.

Pero fíjense en algo que Pablo dice y que es fácil pasar por alto. No dice solamente que tenemos acceso a Dios. Dice que tenemos entrada “a esta gracia en la cual estamos firmes”.

La gracia aquí no es solo el favor con que Dios nos salvó una vez, allá en el pasado. Es el lugar donde ahora vivimos. Somos salvos por gracia, sí, pero además Dios nos invita a habitar en la gracia, a permanecer en ese estado. La gracia dejó de ser solo el medio de mi salvación y se volvió el terreno donde están parados mis pies.

Y ese terreno es firme. “En la cual estamos firmes.” La gracia es como una roca inconmovible, y por eso el creyente no será avergonzado. Es la imagen que aparece una y otra vez en los Salmos.

David clama: “Llévame a la roca que es más alta que yo” (Salmo 61:2), porque sabe que sus propias fuerzas no lo sostienen; necesita un lugar alto y seguro donde pararse. Y en otro lugar se dice: “Los que confían en el Señor son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre” (Salmo 125:1). Eso es la gracia para el creyente. La roca firme sobre la cual descansan nuestros pies temblorosos.

Porque seamos honestos: nuestros pies tiemblan. Hay días en que la fe flaquea, en que el pecado nos acusa, en que no sentimos nada y dudamos de todo. Si lo que me sostuviera fuera mi firmeza, ya me habría caído mil veces. Pero no es mi firmeza la que me sostiene. Es la gracia. Y esa roca no se mueve.

Hace casi dos siglos, un hombre llamado Edward Mote escribió un himno que decía justamente esto:

Mi esperanza está en Jesús,

sólo en su sangre y rectitud;

en nada más dependeré,

sólo en su nombre confiaré.

Sólo en Jesús firme estaré,

y lo demás arena es.

Al no poder su rostro ver,

descansaré en su gracia fiel;

en las tormentas confiaré,

mi ancla firme está en él.

Sólo en Jesús firme estaré,

y lo demás arena es.

“Y lo demás arena es.” Todo lo que no sea la gracia de Dios en Cristo es arena: se mueve, cede, se escurre entre los dedos cuando uno más necesita pisar firme. Mote lo entendió: en las tormentas, cuando ni siquiera podemos ver el rostro de Dios, descansamos en su gracia fiel. El ancla no está en lo que sentimos ni en lo que logramos. Está en él.

Así que, la justificación trae como fruto paz con Dios, entrada a la gracia, y ahora veremos que es también, esa justificación, el soporte de nuestra esperanza.

3. LA JUSTIFICACIÓN NOS DA ESPERANZA (vv. 3-5)

Romanos 5:3-5 (RVR1690):

Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Si lo pensamos, Pablo acaba de dejar una pregunta en el aire. Nos ha dicho que tenemos paz con Dios y que estamos firmes en la gracia. Bien. Pero entonces, ¿qué hacemos con las pruebas? ¿Qué hacemos con el sufrimiento que sigue tocando la puerta del creyente? Si de verdad estoy en un estado de gracia, ¿por qué la vida sigue doliendo? ¿Cómo le llamamos “gracia” a esto cuando todavía hay tribulación?

Esa es la objeción que Pablo enfrenta aquí. Y no es menor. Es una de las dos grandes objeciones a lo que la justificación produce. La otra es el pecado (si soy salvo por gracia, ¿por qué sigo pecando, y qué hago con eso?), y a esa la responderá en los capítulos 6 y 7. Pero la primera la enfrenta ya y volverá a ella en el capítulo 8: si soy justificado, ¿por qué sufro?

El Apóstol no dice que el sufrimiento sea un mal necesario que hay que aguantar; aquí él no está promoviendo el sufrir como algo que todos debemos perseguir porque sea virtuoso, como una especie de masoquismo espiritual. Dice que nos gloriamos en las tribulaciones. Nos gozamos en ellas. ¿Por qué? Porque lejos de robarnos la esperanza, el sufrimiento la hace crecer.

Y Pablo traza una cadena para mostrarlo: la tribulación produce paciencia, la paciencia produce prueba (ese carácter probado de quien ha pasado por el fuego y ha salido), y esa prueba produce esperanza.

El dolor, cuando se atraviesa en manos de Dios, no nos deja igual. Nos deja con más esperanza que antes.

Vale la pena preguntarse qué tenía Pablo en mente. ¿Pensaba en las persecuciones que tantos cristianos ya estaban sufriendo por el nombre de Cristo? ¿Pensaba en las dificultades propias de los creyentes en los primeros años de la fe, cuando todo era nuevo y costoso? Probablemente en todo eso. Pero lo que escribe no se limita a un solo tipo de prueba. Sirve para el creyente perseguido y para el creyente que enfrenta la enfermedad, la pérdida, el desgaste de cada día. La lógica es la misma: en manos de Dios, la tribulación trabaja a favor de nuestra esperanza.

¿Y cómo es que el sufrimiento produce esperanza y no desesperación? La respuesta está en lo que sigue. La tribulación nos lleva a conocer algo que de otra manera no conoceríamos o al menos no con la misma intensidad, y es el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.

Es en medio de la prueba, cuando no nos queda nada a qué aferrarnos, que el Espíritu nos hace sentir cuán amados somos.

El amor de Dios no se nos da con cuentagotas. Pablo dice que está “derramado”, abundante, a borbotones. ¡Aleluya!

Y es el Espíritu mismo, que nos fue dado, quien hace esa obra en lo íntimo del corazón. Muchos creyentes podrían testificar que fue precisamente en sus horas más oscuras donde más cerca pudieron ver a Dios. Ese amor se traduce en consuelo, gozo, esperanza, descanso, paz y una inquebrantable cercanía con Cristo y sus padecimientos. Eso es el Espíritu Santo trabajando.

Por eso Pablo puede decir que “la esperanza no avergüenza”. Una esperanza puede avergonzar cuando resulta ser falsa, cuando uno esperó algo y al final quedó en ridículo porque no llegó. El que apuesta su vida a un equipo y pierde queda avergonzado.

El que pone su confianza en algo que se derrumba queda en evidencia. Pero la esperanza cristiana no termina así, porque no descansa en nuestras fuerzas ni en nuestras circunstancias. Descansa en el amor de Dios, y ese amor ya nos fue dado, ya lo tenemos como anticipo y garantía.

Ahora bien, aquí Pablo solo nos da la razón inmediata de por qué esa esperanza no defrauda, y es el amor de Dios derramado por el Espíritu. Pero todavía no nos ha mostrado del todo por qué podemos estar tan seguros de ese amor.

¿Cómo sé que Dios me ama de verdad, más allá de lo que yo sienta? Esa es justamente la pregunta que Pablo va a contestar en los versículos que siguen, del 6 al 11, cuando nos lleve a la cruz, a que Cristo murió por nosotros siendo aún pecadores, siendo aún enemigos. Ahí está el fundamento sólido de todo esto. Pero eso lo veremos, si Dios quiere, en el próximo sermón.

Por ahora basta con quedarnos en lo que el texto afirma: el creyente sufre, sí, pero su sufrimiento no lo deja sin esperanza. Lo deja sabiéndose amado.

Empezamos hablando de lo que la gente entiende por esperanza. La del estadio, la de la sala de espera del hospital, la que sostenemos con los dedos cruzados sin saber si se cumplirá. Y hemos visto que hay otra esperanza, la verdadera, la que tiene el que ha sido justificado por la fe. No es una esperanza vacía ni un optimismo que se inventa para no enfrentar la vida. Tampoco es una esperanza pequeña, de las que se agotan mañana. Es eterna. Y descansa sobre algo que ya ocurrió: la obra de Cristo a nuestro favor, y el hecho de que Dios ha derramado su amor y su Espíritu en nosotros.

Esa es la diferencia. El mundo vive como si no hubiera nada más allá, como si todo terminara con la muerte, y por eso vive sin reposo. Pero el creyente vive con paz, con descanso, con gozo incluso en medio de la prueba, porque su esperanza no flota en el aire. Está anclada. Y es la misma esperanza para todos los que creen, sin que nadie tenga más derecho a ella que otro. Judíos y gentiles, tú y yo, todos descansamos sobre la misma roca.

Por eso no tenemos que morir en la desesperanza. Y quizás alguien ha venido hoy con el corazón deshecho, pensando que ya todo se perdió, que no queda nada por delante. Si eres tú, escucha: el Señor te llama a esta esperanza fiel. Te llama a dejar de pararte sobre la arena de tus propias fuerzas, que se mueve, que cede, que nunca te sostendrá, y a confiar en él. A volverte de aquello en lo que has estado apoyando tu vida, y poner tus pies débiles sobre la roca que nunca se moverá. Esa roca es Cristo. Y el que se afirma en él jamás será avergonzado.