Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 5:12-21
Corre el año 1025 antes de Cristo, más o menos. Estamos en el valle de Ela, una llanura de lo que hoy es Israel, a medio camino entre la costa y las montañas de Judá. Frente a frente, dos ejércitos. De un lado, los filisteos; del otro, el pueblo de Israel. Llevan cuarenta días desafiándose a muerte, acampados en dos colinas, con el valle de por medio. Son enemigos acérrimos y pelean por la tierra.
Y entonces, día tras día, del campamento filisteo baja un hombre. Mide casi tres metros. Lleva un casco de bronce, una cota de malla que pesa lo que cargaría un hombre adulto sobre los hombros, grebas de bronce en las piernas y una lanza cuya asta es como un rodillo de telar. Se llama Goliat. Y cada mañana lanza el mismo reto: que salga uno solo de Israel a pelear con él, y que eso decida la guerra. Eran las condiciones comunes en las batallas de aquel tiempo, una forma de evitar el desgaste de matarse todos. Manden al mejor de los suyos contra el mejor de los nuestros, y la victoria de ese soldado será la victoria de todo el pueblo. Cuarenta días, y nadie se atreve a salir.
De repente, de la nada, de entre las tropas sale un joven. No es un guerrero. Es un pastor de ovejas. No tiene entrenamiento militar, sus propios hermanos lo tienen en poco y, sin embargo, es el único con la valentía para dar un paso al frente. Todo lo que lleva en la mano es una honda y cinco piedras lisas. Pero lleva también una confianza inquebrantable en el Dios de los cielos. El rey decide confiar en él, y el destino entero de la nación queda puesto sobre los hombros de ese muchacho valiente y sin experiencia. Y él sale. Corre hacia el gigante, hace girar su honda, y una piedra se incrusta en la frente de Goliat. El gigante cae. Y con la propia espada del filisteo, el joven le corta la cabeza.
David vuelve a los suyos, y su victoria se ha convertido en la victoria del pueblo entero, sin que ellos hubieran tenido que lanzar una sola flecha. Uno peleó, y todos ganaron. Lo que ese hombre hizo en el valle se les contó como propio a miles que solo miraban desde la colina.
Quiero que se queden con esa imagen, porque es la llave para entender lo que Pablo nos va a decir hoy. La idea de que un hombre pueda pelear en lugar de todo un pueblo, y que su victoria cuente como la victoria de ellos, no es una idea con la que estemos muy cómodos. Vivimos en una cultura de la individualidad, donde cada quien responde por sí mismo y cada uno se gana lo suyo. Pero la Biblia se mueve con otra lógica, la lógica de la representación. Y sin esa lógica, el evangelio no se entiende.
Recordemos dónde estamos. En el sermón pasado vimos que nuestra esperanza descansa sobre la muerte de Cristo, esa prueba del amor de Dios que entregó a su Hijo por nosotros cuando todavía éramos enemigos. Quedó claro el fundamento. Pero quedó una pregunta sin responder. ¿Cómo es que esa muerte, ocurrida una sola vez, en una sola cruz, termina alcanzando a tantos?
Y es una duda razonable, de esas que cualquiera puede tener mirando su propia vida. Entiendo que Cristo murió; incluso entiendo que murió en lugar de otro. Pero ¿cómo es que su muerte tiene un beneficio a mi favor? ¿Cómo me alcanza a mí, que vivo dos mil años después, y al que está a mi lado, y al de más allá? Si en un tribunal cada quien responde por lo suyo, ¿cómo puede el sacrificio de uno valer por muchos? Esa es justamente la pregunta que Pablo contesta en este pasaje. Y lo hace con un recurso que ya conocemos por la historia de David, el de la representación. Va a mostrarnos que, así como el pecado de un solo hombre, Adán, nos alcanzó a todos, la obra de un solo hombre, Cristo, alcanza a todos los que son suyos.
El argumento de este sermón es el siguiente:
Tenemos esperanza segura porque Cristo, como nuestro representante, nos trajo la justicia y la vida.
Y lo vamos a ver siguiendo el avance del propio Pablo, en tres pasos.
· Por un solo hombre, la muerte alcanzó a todos (vv. 12-14)
· Por un solo hombre, la gracia sobreabundó (vv. 15-17)
· Por un solo hombre, vinieron la justicia y la vida (vv. 18-21)
1. POR UN SOLO HOMBRE, LA MUERTE ALCANZÓ A TODOS
(vv. 12-14)
Romanos 5:12-14 (RVR1960):
Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.
Pablo plantea una premisa que da por conocida, una que su audiencia ya manejaba, y la conecta con la figura de Adán, el primer hombre. La afirmación es clara, y es que por causa de un solo hombre, entró la muerte en el mundo.
Notemos bien lo que dice y lo que no dice. Pablo no está afirmando que Adán haya sido el origen del pecado. El pecado ya existía antes, en Satanás, que cayó antes que el hombre. Lo que Pablo dice es que fue por medio de Adán que el pecado entró en la humanidad. Y vale la pena desglosar lo que eso significa, porque encierra más de lo que parece.
Algunos lo entienden en el sentido de que Adán nos heredó el pecado, y eso es cierto. La misión de Adán era extender la imagen y la semejanza de Dios sobre la tierra; iba a llenar el mundo de portadores de esa imagen. Pero al caer en pecado, lo que quedó en él fue una imagen empañada, dañada por el pecado, y eso es lo que se transmite de generación en generación. Cada hijo de Adán nace con esa misma naturaleza torcida. Hasta ahí, todos podemos seguir el razonamiento.
Pero hay algo todavía más significativo, y que tampoco era desconocido para los lectores de Pablo. Adán funciona como representante de toda la humanidad. Su mismo nombre lo dice, porque “Adán” significa “hombre”; él no era un individuo más entre muchos, era el portador de la simiente, la cabeza de la raza. Y por eso, cuando Adán fracasó, todos los que estábamos representados en él fracasamos con él.
No fue solo que heredamos una tendencia. Fue que nuestro representante perdió, y su derrota se nos contó como propia, igual que la victoria de David se le contó a Israel sin que dispararan una flecha. Solo que aquí la historia es al revés, porque el representante cayó, y caímos todos con él. Esta idea es importante, porque es el punto de partida de todo el argumento que sigue.
Y aquí Pablo se detiene un momento, en los versículos 13 y 14, para cerrar una posible objeción. Alguien podría decir que el pecado solo cuenta donde hay una ley que transgredir, y que como la Ley de Moisés no existía todavía en aquellos siglos, entonces aquella gente no era realmente culpable. Pablo ya había tocado este punto antes en la carta, pero aquí lo remata con una prueba que no admite vuelta, y es la muerte misma. Desde Adán hasta Moisés, mucho antes de que se diera la Ley, la gente murió. Reinó la muerte, dice, aun sobre los que no pecaron exactamente como Adán.
Y si murieron, es porque el pecado estaba ahí, porque la muerte es la paga del pecado.
La muerte universal es la prueba del pecado universal. Todos estábamos bajo ella, todos separados de Dios, mucho antes de que hubiera una Ley escrita que señalara con el dedo.
Y al final del versículo 14, Pablo deja caer la palabra que abre la puerta a todo lo demás. Dice que Adán “es figura del que había de venir”. La palabra que usa es la que da origen a nuestra palabra “tipo”, un molde, un anticipo. Adán es el anticipo de Cristo. No porque se parezcan en lo que hicieron, sino porque ambos funcionan de la misma manera: como cabezas, como representantes de una humanidad entera. Lo que el uno hace, alcanza a todos los suyos. Adán nos enseña, sin quererlo, cómo iba a obrar Cristo.
Recojamos hasta aquí lo que llevamos, antes de avanzar.
- Pablo está afirmando que la caída de Adán nos afectó a todos, y lo hizo en dos sentidos: heredamos de él una naturaleza pecaminosa y, además, quedamos bajo condenación, porque como nuestro representante, él falló y nosotros con él.
- Está diciendo también que el pecado no es solo cuestión de transgredir la Ley de Moisés, sino algo más hondo, una rebeldía contra la ley de Dios que está escrita aun en nuestros propios corazones.
- Y nos ha mostrado que Adán fue un representante, tal como lo sería Cristo más adelante, pero en sentido opuesto, algo que vamos a desarrollar en un momento.
Pero antes de avanzar, pensemos en lo que esto significa para nosotros, aquí y ahora.
Lo primero es serio, y no deberíamos esquivarlo. Nadie puede pararse delante de Dios y decir que es justo por sí mismo. Nadie puede declararse fuera de este problema. No es que algunos nacieron en Adán y otros no; estamos todos adentro, sin excepción, y de ese estado de condenación nadie escapa por su cuenta. La muerte que nos alcanza a todos es la prueba de que el diagnóstico es universal. No hay quien se salve solo por ser un poco mejor que el vecino.
Y lo segundo se desprende justo de ahí, y es quizás lo más importante para entender el evangelio. Si nuestro problema es de representación, entonces no se arregla con esfuerzo propio.
Piénsalo. Si yo caí porque mi representante perdió la batalla, no hay nada que yo pueda hacer desde la colina para revertir esa derrota. No puedo esforzarme más, no puedo portarme mejor, no puedo limpiar lo que se dañó en la raíz.
Un problema de representación solo se resuelve con otro representante. Por eso el evangelio no es, en el fondo, una lista de cosas que tú debes hacer para mejorar. Es la noticia de que vino otro hombre a pelear la batalla que tú no podías pelear. Y a ese hombre es al que Pablo nos lleva ahora.
2. POR UN SOLO HOMBRE, LA GRACIA SOBREABUNDÓ
(vv. 15-17)
Romanos 5:15-17 (RVR1690):
Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.
Pablo había dicho, al final del versículo 14, que Adán es figura del que había de venir. Esa es una afirmación grande, de las que no se pueden soltar sin explicar, así que ahora se detiene a desarrollarla.
Y notemos algo sobre cómo escribe Pablo aquí, porque a primera vista el pasaje se siente enredado, lleno de idas y vueltas. Pero no es desorden. Es la manera en que fluye una conversación normal. Es lo que hacemos cuando decimos algo, sospechamos que el otro necesita una aclaración y nos desviamos un momento a explicar antes de seguir. Eso fue lo que hizo con la Ley en los versículos 13 y 14, ese pequeño rodeo para dejar claro que el pecado y la muerte son universales. Y ahora, aclarado el punto, retoma el rumbo y va a donde quería llegar desde el principio: a mostrar que Cristo es un representante mejor que Adán. Pero no solo mejor en grado. Mejor en una dimensión que desborda por completo el estrago de la caída.
Por eso lo primero que hace Pablo es marcar una diferencia. “El don no fue como la transgresión.” Cuidado con pensar que Adán y Cristo son dos piezas iguales en una balanza, uno de un lado y otro del otro, como si Cristo simplemente deshiciera lo que Adán hizo y quedáramos en empate, de vuelta al punto de partida. No es así. Se parecen en el mecanismo; los dos obran como representantes, pero el resultado de lo que hizo Cristo es incomparablemente mayor que el daño de Adán. Y Pablo lo va a repetir con esa expresión que ya le conocemos, “mucho más”.
Si por la transgresión de uno murieron los muchos, mucho más abundó para los muchos la gracia de Dios por medio de Jesucristo. La caída fue catastrófica y profunda, pero la gracia llegó más lejos todavía.
En el versículo 16, Pablo afina la diferencia, y aquí hay un detalle interesante: el juicio y la condenación vinieron a partir de un solo pecado, el de Adán. Una sola falta, y la sentencia cayó. Eso lo entendemos; un pecado merece juicio, hay una lógica que cierra. Pero el don no funcionó así. El don vino a partir de muchas transgresiones, y aun así produjo justificación.
Es decir, Dios no perdonó solamente la falta de Adán. Perdonó la montaña entera de pecados de toda la humanidad a lo largo de toda la historia, los tuyos y los míos incluidos, y de esa montaña sacó justificación.
Cranfield, un comentarista, lo dijo así:
Que a un solo pecado le responda el juicio es perfectamente comprensible; pero que la respuesta de Dios a todos los pecados y la culpa acumulados de todos los tiempos sea un don gratuito, eso es el milagro de los milagros, algo que excede por completo la comprensión humana. La aritmética no cuadra, y precisamente ahí está la gracia.
Ya en el versículo 17, Pablo lleva el contraste a su punto más alto. Dice que si por la transgresión de uno reinó la muerte, mucho más reinarán en vida los que reciben la abundancia de la gracia. Detengámonos en lo que no dijo.
Lo simétrico habría sido decir: si por Adán reinó la muerte, por Cristo reinará la vida. Muerte de un lado, vida del otro, parejo. Pero Pablo no dice eso. Dice que ahora reinaremos nosotros. Antes la muerte reinaba sobre nosotros y éramos sus súbditos, sometidos, sin poder hacer nada contra ella. Y la obra de Cristo no se limita a quitarnos de debajo de la muerte para dejarnos parados ahí, neutrales. Nos sienta a reinar. De súbditos de la muerte pasamos a reyes en vida. Eso es muchísimo más que recuperar lo perdido en el Edén. Es recibir más de lo que Adán jamás tuvo.
Y ese es el corazón de este punto. Donde Adán dejó ruina, Cristo no vino simplemente a reparar el daño y devolvernos al inicio. Vino a darnos más. La gracia no empata el marcador. Lo desborda.
Hermanos, déjenme aterrizar esto en dos cosas.
La primera tiene que ver con algo que me he propuesto en estos últimos sermones, y es usar las ideas de Pablo para que entendamos mejor nuestra propia salvación. Miren todo lo que llevamos.
Entendimos que somos pecadores. Que por la muerte de Cristo somos justificados.
Que tenemos una esperanza segura de vida eterna.
Que la base de esa esperanza es el amor infinito de Dios, un amor que nunca va a cambiar.
Y hoy, que todo esto se trata realmente de mí, porque Cristo ha sido mi representante. Cada pieza encaja con la anterior, y juntas me ponen en una posición distinta para escuchar el evangelio. Porque cuando alguien te dice “Cristo murió por tus pecados”, ahora puedes aterrizarlo de otra manera. No es solo que tus pecados fueron cubiertos a duras penas, como quien apenas alcanza a pagar una deuda. Es que Cristo proveyó una gracia más abundante que todos tus pecados juntos. Sobró gracia. Esa es la diferencia entre vivir agradecido y vivir apenas aliviado.
Y la segunda se desprende de ahí. Si la gracia sobreabunda, entonces no hay pecado que el Señor no pueda perdonar. Muchos cargamos sobre los hombros la culpa de pecados escandalosos del pasado, y en el fondo pensamos que el perdón de Dios alcanza para ciertas cosas, pero no para otras, que hay faltas demasiado grandes para su gracia. Pero pensemos en lo que de verdad ocurrió.
No es que Dios haya tomado nuestros pecados y los haya ido purgando uno por uno, gastando más sangre en los graves y menos en los leves, como si algunos costaran más que otros.
La Escritura dice que con una sola ofrenda nos hizo perfectos para siempre, y que clavó en la cruz el acta entera de lo que debíamos. Lo que Cristo cargó fue real, llevó nuestros pecados en su cuerpo, pero los llevó todos, de una vez. Y el resultado para nosotros fue un cambio de posición (2 Cor 5:21). Estábamos del lado de los condenados, en Adán, y por la fe pasamos al lado de los justos, hechos herederos de la gracia, en Cristo. Eso es lo que de verdad significa el perdón. No un cálculo pecado por pecado, sino el traslado de un hombre a otro, de una cabeza a otra, de la muerte a la vida.
3. POR UN SOLO HOMBRE, NINIERON LA JUSTICIA Y LA VIDA (vv. 18-21)
Romanos 5:18-21 (RVR1690):
Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.
Y por fin Pablo vuelve a conectar con la idea que dejó suspendida allá en el versículo 12. Los versículos del 13 al 17 fueron ese rodeo necesario para explicar y para asomar las ideas, por decirlo así, pero aquí por fin las concreta.
Toda la comparación que había quedado a medias se completa: como por la transgresión de uno vino la condenación a todos, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos la justificación de vida. Ese era el destino de todo el argumento. Pablo se valió del contraste con Adán para mostrar, con todas sus letras, la manera en que la obra de Cristo resuelve de una vez por toda nuestra condición.
Y aquí encontramos la respuesta a la pregunta con que abrimos. ¿Cómo es que la obra de uno alcanza a muchos? Por representación, igual que el pecado de Adán.
Así como la transgresión de Adán nos alcanzó a todos los que estábamos en él, la justicia de Cristo alcanza a todos los que están en él. Mismo mecanismo, resultado opuesto. No es un reparto de tribunal donde cada quien responde por lo suyo; es la unión con un representante cuya obra se nos cuenta como propia.
Pero hay que tener cuidado con esa palabra, “todos”, para no decir más de lo que Pablo dice. Él no está enseñando que absolutamente todas las personas serán salvas sin distinción. El mismo versículo 17, un poco antes, lo había precisado al hablar de “los que reciben” la abundancia de la gracia, los que la toman por fe. Es algo que Pablo desarrolla a lo largo de toda la carta: la justicia de Cristo es para todo el que cree. El “todos” de Cristo no es la humanidad entera de manera automática, sino todos los que son suyos, todos los que están en él. Y en el contexto de Roma esto tenía un filo muy concreto. Esa gracia no era propiedad de un grupo. Alcanzaba por igual a judíos y a gentiles, sin que ninguno pudiera reclamar un lugar de privilegio. Un solo representante, una sola humanidad nueva, hecha de los que creen, vengan de donde vengan.
Por último, Pablo retoma una vez más el tema de la Ley, y lo hace para cerrar una curiosidad que podía quedar dando vueltas. Si todos somos pecadores ya desde Adán, entonces ¿para qué sirvió la Ley?, ¿qué papel jugó? Y la respuesta es sorprendente. La Ley, dice, se introdujo para que el pecado abundara. No vino a arreglar nuestra condición, vino a hacerla más evidente. Al poner mandamientos concretos, convirtió esa rebeldía de fondo en transgresiones específicas, visibles, señaladas con el dedo. Pero esto no fue para sepultarnos bajo la culpa. Fue para que, cuando el pecado abundó, sobreabundara la gracia. La Ley hizo que el diagnóstico fuera dolorosamente claro, para que la cura pudiera ser celebrada en toda su dimensión. Y así Pablo cierra el capítulo donde quería llegar: como el pecado reinó para muerte, ahora la gracia reina por la justicia para vida eterna, por Jesucristo. Donde más espeso era el pecado, ahí mismo se derramó más gracia.
Mis amados hermanos, cuando miramos hacia atrás en nuestra vida y vemos tantas transgresiones, tantos pecados, eso no debería producir en nosotros otra cosa que una profunda alabanza por la escandalosa gracia de Dios. Porque cuanto más sucia estaba nuestra vida, mayor asombro produce la blancura de nuestra limpieza. El contexto de la gracia es nuestro pecado. Si tú no te ves como un pecador redimido, no vas a poder disfrutar de la gracia; te va a parecer un trámite. Así que piensa ahora mismo, en serio.
¿De dónde te sacó el Señor? ¿Cuáles eran tus pecados? ¿Qué tan profundo habías llegado? Trae eso a la memoria, no para revolcarte en la culpa, sino para medir el tamaño del rescate. Y que de ahí no salga sino esto: alabado sea el nombre del Señor por su bendita y asombrosa gracia.
Volvamos por un momento al valle. Éramos como aquel ejército, pobres y débiles, escondidos en la colina, sin atrevernos a bajar. Teníamos delante un gigante más grande que nosotros, nuestra propia condición caída, la muerte que reinaba desde Adán, y no podíamos hacer nada para pelear contra él. Pero en el momento oportuno salió al frente alguien por nosotros. No el hijo de Isaí esta vez, sino el gran Hijo de David que vendría de aquella misma línea, la de Booz y Rut, la del pastor de Belén. Y salió a pelear, pero no con armadura, ni con fuerza, ni con espada. Salió clavado en un madero desnudo, sin más arma que su obediencia al Padre y su confianza en la justicia de Dios. Y ahí, en aparente debilidad, derrotó al gigante de la muerte. Clavó en la cruz el acta de decretos que nos era contraria. Nos dio la victoria sin que tuviéramos que lanzar una sola flecha. Él es nuestro representante. Él nos dio la vida.
Donde Adán falló, Cristo venció. Donde Adán desobedeció, Cristo obedeció. Donde Adán trajo muerte, Cristo trajo vida. Esa es la historia de los dos hombres, y de ella depende la tuya.
Mi amigo, ¿qué esperas para venir a Cristo? Espero que en todo esto hayas podido ver dos cosas.
La primera, que no puedes resolver este problema con tus propias fuerzas, porque es un problema de raíz, de representación, y no hay esfuerzo que lo alcance.
La segunda, que hay una condena que pesa sobre tus hombros, una que quizás sientes injusta, porque dirás que tú no eres Adán y que no deberías cargar con lo que él hizo. Pero así funciona la justicia de Dios, por representación. Y aquí está la buena noticia, porque así también funciona su misericordia. Ese mismo Dios ha provisto en Cristo la salvación para todo el que cree. Solo tienes que venir a él. Vuélvete de tu pecado, confía en Cristo, y él hará que la condena que pesaba en tu contra sea quitada, y tendrás vida eterna. Pasa de estar en Adán a estar en Cristo. Bájate de la colina y ponte detrás del único representante que nunca pierde.



