Un análisis del pentecostalismo unicitario (Segunda parte)

Nota del editor: Este es el segundo artículo de la serie: un análisis del pentecostalismo unicitario. trabajo escrito en Inglés por Fred Sanders y traducido por el equipo de El Evangelio y Nada Más. 
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Una mala idea que siguió empeorando

El pentecostalismo unicitario comenzó en 1913 en una reunión en un campamento pentecostal en Arroyo Seco en el sur de California. Un evangelista llamado R. E. McAlister predicó acerca de la discrepancia entre el mandato en Mateo 28:19 de “bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, y la práctica relatada de los Apóstoles de bautizar en el nombre del Señor, o de Jesús (Hechos 2:38 entre otros). El sermón provocó al menos dos respuestas. Primero, un hombre llamado John Scheppe pasó la noche meditando en el asunto, y a primera hora de la mañana corrió por el campamento vociferando que le había sido dada una revelación: el bautismo en el nombre del Señor Jesucristo  era el verdadero bautismo.

La segunda respuesta fue más moderada, pero discurrió a lo largo de líneas similares. Frank J. Ewart comenzó a meditar en el sermón de McAlister y descubrió una forma de armonizar los dos bautismos: el nombre “Jesús” debe ser el nombre real del Padre, Hijo y Espíritu Santo, el único nombre en el cual debemos ser bautizados. Más tarde lo resumiría en las palabras, “Creo que los Apóstoles sabían cómo interpretar Mateo 28:19”, añadiendo que “si sólo un ejemplo del bautismo cristiano pudiera encontrarse en la Biblia para satisfacer la interpretación trinitaria de la Gran Comisión, habría una razón para que la gente inteligente la adoptara”. [1]

En las manos de Ewart, la doctrina unicitaria empezó a tomar forma. El descubrimiento del nombre correcto en el cual uno debe ser bautizado fue revolucionario. Si “Jesús” es el nombre del Padre, Hijo y Espíritu, entonces Jesús es Él mismo la exhaustiva totalidad de lo que ha sido erróneamente llamada la Trinidad. La antigua doctrina cristiana de Dios tendría que ser modificada drásticamente para encajar con el nuevo entendimiento “apostólico” del bautismo.

La enseñanza unicitaria se ha desarrollado desde el tiempo de Ewart, pero en su pensamiento están presentes los elementos básicos: el descubrimiento de una nueva fórmula para el bautismo y una revisión de la doctrina cristiana de la Trinidad para poner más énfasis en Jesús, cuyo nombre abarca todo acerca de Dios.

La combinación volátil de una nueva práctica (el rebautismo para alcanzar la teología correcta) y una nueva doctrina (el modalismo anti-trinitario centrado en Jesús) vino a ser conocido como “el Nuevo Asunto” (“the new issue”), una aseveración radical que demandaba una decisión, y se diseminó entre el pentecostalismo temprano como un fuego descontrolado.

El movimiento recién organizado de las Asambleas de Dios se vio obligado a llevar a cabo un número de reuniones del consejo general para emitir una opinión sobre “el Nuevo Asunto” y en octubre de 1916, los maestros de la Unicidad fueron expulsados.[2] Vale la pena observar que los primeros pentecostales estaban pasando por enormes tensiones en sus propias iglesias principales, y estaban fuertemente inclinados a permitir que una diversidad de opiniones existiera en cualquier área donde pareciera que el Espíritu pudiera estar moviéndose. Pero la negación unicitaria de la eterna preexistencia del Hijo cruzó una clara línea doctrinal y ello demandaba su expulsión aun de las Asambleas de Dios.

De dónde vino, a dónde fue, a dónde va

Existe una equivocación lógica llamada la falacia genética, que va más o menos así: “Ya que x vino de algo malo, x es malo”. Esta táctica es una falacia porque en lugar de evaluar x por sus propios méritos, intenta prejuzgar x con relación a sus orígenes, sin tomar en cuenta posibles cambios sustanciales desde su origen. Un ejemplo tonto sería, “¿Por qué debería escucharte, ya que todo el mundo sabe que cuando comenzaste tu carrera en la tierra eras un bebé babeante que no tenía control muscular?”

Sin embargo, señalar el origen del pentecostalismo unicitario no es lo mismo que cometer la falacia genética. Es justo criticar al pentecostalismo unicitario al apuntar a su origen, porque su historia subsecuente está marcada por racionalizaciones y justificaciones ad hoc[3] para la idea original. Una tradición puede bien empezar con una mala idea y gradualmente purificarse (como algunas formas del dispensacionalismo clásico que enseñaban doctrinas insostenibles, pero más tarde los dispensacionalistas las modificaron libremente a la luz del estudio posterior y al examinarlas con las Escrituras).

El pentecostalismo unicitario, por otra parte, se ha aferrado a su mala idea original más firmemente a medida que pasaron los años, y ha dejado que su compromiso lo lleve a hacer una revisión extensiva de las doctrinas cristianas de Dios y Cristo. El origen del pentecostalismo unicitario es relevante porque muestra que una nueva idea divisora se valió de un destello de revelación en 1914, y que esa idea [el bautismo sólo en el nombre de Jesús] se desarrolló al punto de convertirse en una revisión a gran escala de la doctrina cristiana de Dios. Este tipo de radicalismo es siempre una señal de una falta de equilibrio y perspectiva.

Lo que sucedió en la primera Navidad

La mejor forma de captar la desviación doctrinal central del pentecostalismo unicitario es enfocar la atención en lo que ocurrió en la encarnación. Debemos admitir que la primera Navidad fue una gran sorpresa para todos menos para Dios: a lo largo de toda Su historia con Su pueblo elegido, Dios se había revelado a Sí mismo íntimamente, y aún nunca había revelado en forma clara que tenía un Hijo. La eterna existencia del divino Hijo de Dios fue un secreto que Dios guardó aun de sus mejores amigos a quienes se reveló más claramente (Abraham, Moisés, David). Cuando el Hijo vino al mundo en forma humana, esta fue una nueva revelación de algo que había sido eternamente verdadero: Dios tiene un hijo. Como dice Hebreos 1:1, “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (RVR1960).

La primera Navidad fue una nueva revelación y una sorpresa definitiva en la historia de la salvación, la cual requirió que el pueblo de Dios corrigiera su teología del mero monoteísmo al monoteísmo trinitario. Los cristianos reconocen que admitir la divinidad de Cristo requiere que confesemos el hecho de que Él existía antes de su venida al mundo como hombre en la encarnación. En otras palabras, si Jesús es Dios, entonces el único Dios siempre ha incluido en su divina naturaleza al menos estas dos personas: Dios el Padre y Dios el Hijo. Decir esto es haber aceptado ya los elementos básicos de la doctrina de la Trinidad y haber ampliado el monoteísmo del Antiguo Testamento para dar lugar a lo que Dios ha revelado acerca de Sí mismo en el Nuevo Testamento.

Credos, confesiones y declaraciones doctrinales útiles

Dejando a un lado por un momento los antiguos credos de la iglesia cristiana, podemos notar al observar documentos más recientes, que los evangélicos han entendido la doctrina de Dios de esta forma. La declaración de fe de la Asociación Nacional de Evangélicos (National Association of Evangelicals, en Estados Unidos) claramente refleja esta creencia cuando dice “Creemos que hay un Dios, eternamente existente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo”. En otras palabras, Dios eternamente existió no solamente como Padre sino también como Hijo. Él no comenzó a ser hijo o tener un hijo en la primera Navidad, sino que siempre tuvo al Hijo con Él, “eternamente existente”.

Los pentecostales unicitarios se rehúsan a hacer este ajuste a su versión del monoteísmo del Antiguo Testamento. Enfrentados con la encarnación del Hijo de Dios en la primera Navidad, se rehúsan a extraer la conclusión de que el único Dios siempre ha tenido un Hijo. Con el objeto de evitar esta conclusión, postulan en su lugar que Dios ha entrado en una nueva forma de existencia en la encarnación. El Dios único, unipersonal continuó siendo Él mismo fuera del hombre Jesucristo, pero en ese punto en el tiempo Él comenzó una existencia nueva y simultánea en la forma de humanidad. Cuando Pablo dice que “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (RVR1960), los trinitarios deducen que Dios debía tener un Hijo para enviar cuando vino el tiempo. Los pentecostales unicitarios tiene que interpretar este lenguaje bíblico para dar a entender que cuando el tiempo vino, Dios puso en acción su plan de iniciar una nueva forma de existencia entre los hombres, la cual Él llamaría “el Hijo”. David K. Bernard lo llama “el principio del Hijo”, diciendo:

El papel del Hijo empezó con el niño que fue concebido en el vientre de María. Las Escrituras aclaran esto perfectamente. Gálatas 4:4 dice, “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley.” El Hijo vino en el cumplimiento del tiempo—no en la eternidad pasada. El Hijo fue nacido de una mujer—no engendrado eternamente. (David K. Bernard, La unicidad de Dios, traducido por  Robert L. Nix, Keith Nix y  Kelly Nix, Hazelwood, MO: World Aflame Press, p. 105).

“El Hijo de Dios” para el pentecostalismo unicitario, es la nueva forma de existencia en  la que entró el único Dios en la encarnación. Esto trae a colación la pregunta más obvia que los trinitarios quieren hacerles a los pentecostales unicitarios:

¿A quién estaba orando Jesús?

La respuesta corta, para el pentecostalismo unicitario, seguramente debe ser “a Él mismo”. De hecho, muchos maestros unicitarios han dicho algo parecido, especificando que la naturaleza humana de Cristo estaba orando a su naturaleza divina. Eso ha sido ampliamente reconocido como una respuesta inaceptable, ya que convierte a Jesús en dos personas distintas, una humana y otra divina. Esta es la herejía del nestorianismo, y mientras varios maestros unicitarios incurren en ella, maestros más cuidadosos no lo hacen. En su lugar, describen la encarnación como aquello que causa una distinción personal real entre el Padre y el Hijo, una especie de separación entre la existencia de Dios en la forma de su ser eterno, y la existencia de Dios en la nueva forma de su naturaleza encarnada.

A fin de tener un buen entendimiento de la Trinidad, una de las mejores cosas que usted puede hacer es leer el evangelio según san Juan de corrido. Léalo tan rápido como le sea posible y todo de una vez, y de seguro se dará cuenta de que Jesucristo estaba prácticamente obsesionado con un tema: su santo Padre. Él ora al Padre, enseña acerca del Padre, explica el amor que Él y el Padre se tienen el uno al otro, afirma ser enviado por su Padre, anhela regresar al Padre, pide al Padre que le glorifique con la gloria que compartían antes de la fundación del mundo, etc. Es muy claro que Jesús está personalmente ante otra persona divina, el Padre.

Los pentecostales unicitarios tienen que explicar esto, y dadas sus creencias, tienen sólo dos opciones: pueden ignorar toda la distinción personal, y parafrasear los textos como metáforas poéticas útiles para enseñarnos cómo actuar hacia Dios, o pueden admitir que una comunicación interpersonal real está sucediendo aquí entre el Padre y el Hijo, pero afirmar que esta distinción personal vino a existir cuando Cristo nació entre nosotros. Esta última opción, la de tomar seriamente la interacción personal aun cuando están comprometidos con un Dios unipersonal, los deja en la posición de tener que decir que el Dios uni-personal se convirtió en bi-personal en la encarnación. En otras palabras, o pueden ignorar el diálogo interpersonal de Jesús con el Padre, o pueden decir que Dios se dividió a Sí mismo en dos personas por un período de tiempo, pero regresará a la unidad consigo mismo cuando el plan esté completo. (…)

 

[1] J. Ewart, The revelation of Jesus Christ [La revelación de Jesucristo], [St. Louis, Missouri: Pentecostal Publishing House, s.f.], p 16. Reimpreso en editorial Donald Dayton, Seven ‘Jesus Only’ Tracts [Siete tratados ‘solo Jesús’], [Nueva York: Garland Publishing, 1985].

[2] Una historia breve y confiable del movimiento puede encontrarse en el artículo “Oneness Pentecostalism” [Pentecostalismo unicitario] por D. A. Reed, Dictionary of Pentecostal and Charismatic Movements [Diccionario de los movimientos pentecostal  y carismático], editorial Stanley Burgess y Gary McGee [Grand Rapids: Zondervan, 1988].

[3] Nota: Ad hoc. Locución latina que significa literalmente ‘para esto’. Se emplea como locución adjetiva con el sentido de ‘adecuado, apropiado, dispuesto especialmente para un fin’ (Diccionario panhispánico de dudas, 2005. Real Academia Española). En el contexto dado, podría decirse que una “justificación ad hoc” es una excusa o argumento creado para mantener la suposición doctrinal que se defiende y que ésta no pueda ser refutada.


Fred Sanders es teólogo sistemático con un énfasis en la doctrina de la Trinidad y profesor de Biola University. Él y su esposa Susan tienen dos hijos, Freddy y Phoebe, y son miembros de Grace Evangelical Free Church de La Mirada, California. Fred escribió este artículo en 2005 y luego se publicó en la revista Countercult Apologetics Journal en 2006. Se hizo la traducción con base en la versión publicada en Scriptorium Daily el 3 de mayo de 2014 en http://scriptoriumdaily.com/oneness-pentecostalism-an-analysis/ Ha sido traducido con el permiso del autor.

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